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La pragmapausa cambia de residencia habitual, pero esta de aquí no se desvanece. Es la pragmapausa estática y por siempre lo será en WordPress.com

Para asomarse y habitar la pragmapausa cinética entra por aquí.

Gracias a todos los que os asomasteis y os sigáis asomando.

Dios es porcelana viva – Epílogo

La flor se abre. Valeria escapa como un vilano enamorado. Se acerca callada a una ventana, una que acaba de cerrar en su interior, y grita con todo su corazón, tan segura de que no llorará luego, mientras el silencio se inunda de sollozos:

-Abuelo, güelito, te quiero.

Dios es porcelana viva – Capítulo 8

Al despertarse alcanza la nada con un gesto inútil y la precipitación por abandonar la pesadilla que estaba soñando le arroja paralizado sobre la cama. El sueño se aleja infinitamente veloz hacia el olvido, pero el cuerpo de Jaime permanece bañado en sudor por el infame remanente que todavía bloquea su cerebro. Su boca está muy seca, dolorida de lo seca. Jaime se encuentra mal y la sensación no se desvanece conforme recupera la conciencia.

Dictada por un tartamudo con nódulos en la garganta va percibiendo la tenue y oscura realidad que lo envuelve, la habitación y los últimos recuerdos. La parálisis se diluye a medida que se le van aclarando las ideas y la sensación de pesadilla cicatriza por fin completamente.

Ve y escucha, oscuridad y silencio.

El cacofónico tic-tac de los cuatro grandes relojes que hay en la casa se pasea por las estancias, animado en la penumbra. A estas horas suena casi aterrador, como un susurro gigantesco.

Al escucharlo Jaime se pregunta por la hora. Se siente dueño del cúmulo de malestares que lo conforman. Al instante obtiene como respuesta el sonido de cuatro campanadas y que acaban siendo dieciséis para abarrotar cada rincón de la casa en silencio.

Recuerda el desmayo y las desagradables circunstancias. Hacia atrás y recuerda la muñeca y lo planeado. Hacia delante y no recuerda nada. Puede haberse arruinado el plan y la angustia no se contradice con su estado general.

Sus pupilas se dilatan, horrorizado por el pensamiento, escrutando la nada. La fatiga y el mareo no sólo no desaparecen sino que tienen cada vez más control sobre él. No puede evitar ordenar, volcar, reordenar y volver a volcar sus confusas ideas en espera de encontrar la solución.

Al instante siguiente todo ha sido ya decidido, todo.

Aunque tarde, él va a regalarle la muñeca a la muchacha. Las ideas se renuevan y vigorizan y la prisa le obsesiona.

Su vista ya se ha acostumbrado lo suficiente a la oscuridad y se da cuenta sorprendido de que su rabillo del ojo le está señalando hacia la izquierda donde, muy próxima a la cabecera de la cama, duerme Rosa en un sillón, incómodamente arrebujada.

Tras la sorpresa inicial se tranquiliza, porque, a pesar de la postura, parece profundamente dormida.

Como no esperaba ni mucho menos encontrarla allí junto a él, donde no esperaba encontrarse, no agradece su presencia ni le seduce la situación.

Jaime se incorpora muy decidido, aunque frenado por una sensación de abandono, de fin. Se levanta todo lo aprisa que puede, ni la mitad de lo que lo intenta y, al fin y al cabo, lo suficientemente lento para no emitir ruido alguno que no provenga salvo de su vieja caja torácica.

Se encamina sigilosamente hacia el armario mientras se da cuenta de que no lleva puestos los zapatos, a pesar de que continúa vestido con el traje del día anterior. Lo agradece, si no tendría que habérselos quitado él mismo para evitar el molesto rechinar que producen al andar y que ahora podría delatarle. Abre la puerta con velocidad geológica y saca el paquete que contiene la muñeca y lo deposita sobre la cama, junto al arrugado disfraz de Papá Noel sobre el que se ha despertado. De vez en cuando deja caer una ojeada sobre Rosa, para cerciorarse de que sigue dormida.

Primero se viste, colocando las amplias vestimentas rojas sobre su propia ropa, con mucha calma y cuidado.

De repente Rosa se vuelve sobre el sillón, dándole la espalda y rezongando en sueños. Jaime se paraliza, pero al ver que continúa dormida se tranquiliza poco a poco. Todo iría bien, piensa para sí, si no fuera porque se encuentra a cada momento más y más enfermo.

Se ajusta el cinturón de cuero que no pertenece al disfraz, hundiéndolo entre los pliegues rojos. Se para y escucha en silencio.

Fuera sigue lloviendo, y la ciudad es ya de nuevo un armazón cubierto de cemento y asfalto.

Se encasqueta el gorro y descubre por el dolor al contacto con la prenda que un chichón se eleva entre su rala cabellera. Lo deja para otro momento, para el de las explicaciones.

La noche está callada, piensa, demasiado quizá. Vestida de silencio permanece alerta a los que aún se mueven en la oscuridad, como si lo hicieran a plena luz del día.

En el otro extremo del pasillo, Valeria se asegura tras la puerta, oculta todavía, de lo que va a hacer.

Se ha encajado en el pelo su diadema dorada, la que le regaló Sara esta misma noche. Está acuclillada, envuelta en su camisón blanco y descalza, con los pies abrazados. Entre sus manos calienta un reloj al que da cuerda.

Es un reloj de faltriquera, pequeño y plateado, que ha comprado con sus aún más pequeños ahorros para regalárselo esta noche a su abuelo, sabe que a él le encantan los relojes de bolsillo. No es muy caro, pero nadie ha dicho que un regalo con alma deba además costar una fortuna. Y si lo ha dicho alguien está claro que es un imbécil.

La noche trastocada temprano avanza cada vez más aprisa hacia la salida de Sol. Aunque ha tardado en decidirse, piensa llevarlo hasta la habitación donde duerme su abuelo y dejárselo en la almohada, junto a su cabeza de Papá Noel.

Abre la puerta deseando ni siquiera remover el aire que le rodea. Sale de puntillas al pasillo, recogiendo muy expectante cada sonido que pudiera delatar su presencia o la de otra persona. Su corazón parece dictarle telegráficamente la marcha, pero ambos se detienen paralizados cuando, a mitad de camino, escucha cómo alguien abre con mucho sigilo una puerta en esta misma planta.

No reacciona, sino que espera involuntariamente unos segundos hasta ver si su plan fracasa.

Entonces ve salir a través de la puerta de la habitación en la que reposa su abuelo una gruesa figura vestida de rojo de pies a cabeza, como el fantasma de un diablo.

Jaime se vuelve tras entornar la puerta y pierde su vista pasillo adelante hasta posarla en la pálida mancha blanca que está a mitad de camino. Su sombra enorme se arrastra por el oscuro suelo hasta casi tocar los pies del pequeño ángel que se interpone.

Una fuerte nausea le sacude con fiereza mientras se acerca asustado y maravillado al pequeño ser. Mientras se acerca se va sintiendo menos dueño de sí mismo.

Las voces del silencio se ocultan y ya no llegan casi a los oídos de su interior. Su vista se apaga levemente en la penumbra. Siente calambres por todo el cuerpo, calambres dolorosos que le agitan aunque nada pueda hacer. Se acerca y se planta frente al ángel.

Sus ojos recorren desfallecidos la cara de la niña, de Valeria. Y siente los ojos del ángel sobre su alma, porque ya es casi alma, incapaz de retener ni la conciencia. Es Valeria, acierta a pensar, pero no la puede ver tal cual. Es Valeria, pero un débil resplandor de oro ilumina su cabecita y en su rostro brillan fulgurantes estrellas de cielo. Es un ser celestial, cree.

-Valeria… -alcanza a decir Jaime con un gesto, pues su boca no pronunciará más palabras.

Cae de rodillas, pero con la vista fija, imantada en la bella y sobrecogedora faz de su nieta.

-Valeria -piensa-. Dios mío Valeria, ángel mío.

Primero agotó las palabras, luego los pensamientos y ahora le toca el turno a los gestos. Con el último saca la muñeca y se la tiende.

El ángel, redoblado en destellos, alarga su mano y Jaime nota cómo le es arrebatada la muñeca. En su mano, un pequeño frío reemplaza al juguete, y Jaime se mira el frío. Asombrado, cálida y entregadamente asombrado, cree ver un reloj de luz que su ángel ha dejado entre sus viejos dedos. Se lo acerca sin voluntad a los ojos, deslumbrado por la luz del ángel y el reloj.

Busca bajo la esfera de luz una hora, pero descubre con tranquilidad que en el reloj no hay horas, ni minutos, ni queda siquiera un segundo. Y comprende… y muere más feliz de lo que podía haber vivido durante la vida de una estrella.

Dios es porcelana viva – Capítulo 7

Sara envuelve a Jaime con su mirada trastornada por el asombro y la incredulidad. El susto ha anulado su capacidad de reacción aunque poco a poco comienza a sentirse de nuevo dueña de sí misma. Pero estalla afectada por una vena histérica que inunda su interior y que la descontrola con una rapidez impaciente.

Se inclina, arrojándose sobre sus propios pies al encuentro de su padre, que yace en el suelo inconsciente, e intenta devolverle la conciencia a empellones, mientras lo baña con sus lágrimas.

-¡Padre! -lo llama entre hipos y gemidos- padre por favor dime algo…

Sara pega la cabeza al viejo pecho de Jaime instintivamente, como si sus llantos pudieran dejarle escuchar los latidos del corazón de su padre.

No puede escuchar tampoco el tropel que asciende por las escaleras. La puerta se vuelve a abrir con precipitación, pero esta vez entran dos personas y cuatro cabezas asoman, y todos proyectan desde sus ojos intensos haces de curiosidad. Al final todos los ojos bajan a posar la mirada en el suelo, sobre Jaime, y las mandíbulas caen.

-¡Dios mío! -es Jorge quien reacciona primero- ¡papá! -y se lanza junto a su padre.

Juan Carlos y Rosa permanecen quietos mirando desde la puerta, perplejos, aún sin darse cuenta de que la Nochebuena acaba de irse al carajo.

Jorge comprueba que su padre respira, le agarra de la cabeza, le golpea en las mejillas buscando una reacción, y al fondo Valeria, con las manos puestas sobre la cara, tapando sus ojos, siente cómo sus ideas se esclarecen y se da cuenta de lo que ha sucedido. Es la única que ya sabe lo que pasó, exceptuando a Sara y a Jaime.

Se adueña de ella la obsesión de que debió haber sido más inteligente a tiempo y haber evitado que sucediera, haber hecho al menos lo que hubiera podido por evitarlo. Valeria se desespera.

Una mano muy pequeña la agarra y pega tirones, y hace que al abrir los ojos Valeria salga de sus pensamientos y se encuentre de nuevo junto a los demás.

-No pasa nada, pequeños -les dice fingiendo que no pasa nada.

Ahora teme de nuevo no actuar a tiempo correctamente. Decide llevarse a los niños de vuelta al piso de abajo.

-Vamos, vamos, todos abajo que hay que dejar que Papá Noel trabaje tranquilo, vamos…

-¿Es de veras Papá Noel? -los ánimos de los pequeños saltan por los aires- ¡pero yo quiero verlo…!

Los niños bajan barridos por los brazos de Valeria que les obliga a volver de nuevo al salón. Su cara les habla con mucha dulzura, afanada en distraerlos de lo que pasa en el piso de arriba, pero en su interior sólo amarga.

-¡Su corazón late! -dice Jorge con el rostro profundamente serio y distraído de a quién se lo dice-. Vamos, ayudadme a subirlo a la cama, ¡joder como pesa el condenao! -exclama.

Juan Carlos, Sara y Rosa se acercan y entre los cuatro lo alzan en vilo con mucho cuidado. Sin demasiado esfuerzo lo acuestan en la cama, sobre el traje rojo de Papá Noel. Todos caen en la cuenta de lo poco que les ha costado cargar con él mientras se fijan en lo quieto, como muerto, que está. A todos les reconforta que no pese como un muerto, aunque parezca un chiste extraño y para muchos de mal gusto.

Al caer en la cuenta del traje, Juan Carlos se vuelve hacia Sara y le pregunta:

-Sara, ¿qué ha ocurrido aquí, qué le ha pasado a Jaime y qué coño hace ahí el esmoquin de Santa Claus!

Sara responde algo que nadie entiende, porque lo balbucea mientras continúa llorando.

-¡No la atosiguéis! -interrumpe Rosa para poner por las bravas un poco de calma. Se acerca a Sara y la abraza, le pide que se calme, le dice que no se preocupe, que todo va a salir bien. Y le pide que les cuente lo sucedido.

La atención se ha desviado de Jaime, nadie mira en ese momento hacia él. Entonces dice, aún inconsciente, con un susurro de voz muy quebrada:

-La muñeca…

Aunque apenas audible todos ellos se giran instantáneamente al oírlo. Se inclinan sobre él cerrando al unísono un cáliz de amor y preocupación.

-La muñeca… -repite.

Ellos prestan la máxima atención pero no comprenden lo que dice.

-¿Qué ha dicho? -uno.

-¿Habéis oído? -otro.

-Ha dicho la muñeca… se ha hecho daño en la muñeca. Seguro que se la ha roto en la caída -ella.

-Pues no parece que le pase nada en la muñeca -Juan Carlos.

-¿En ninguna de las dos? -Rosa.

-La muñeca…

-Creo que debemos estar haciéndole daño, si no es que ha perdido la cabeza –suelta Jorge cada vez más nervioso, agarrando alternativamente por las muñecas a Jaime para asegurarse de que no hay moratones, ni inflamación, ni nada que pueda delatar que están fracturadas o contusionadas.

Jaime abre la boca y traga ruidosamente una bocanada de aire. Abre primero un ojo y luego, tras unos instantes, el otro. Ellos se miran unos a otros, como la tripulación del Apolo XIII. Han superado la crisis aunque la sorpresa no se ha borrado de sus caras. “Houston, hemos solucionado el problema.”

-¿Qué… qué ha pasado? -pregunta Jaime totalmente desorientado-. ¿Dónde estoy?

-¡Joder papá, vaya susto nos has dado, creíamos que de ésta no salías? -espeta Jorge.

-¡Pero tú que dices! -le corta Rosa-, tú lo que diga éste ni caso… dejadle tranquilo que se acabe de recuperar!

Mientras se repone Jaime cae en la cuenta de lo que ocurría justo antes de que se despertara sobre la cama, y gira su dolorido cuello hasta que por fin ve a Sara. Parece descompuesta y el rimel se ha disuelto con las lágrimas y ha dibujado en su cara la expresión de un payaso ridículo, acentuada por la bola redonda en que termina su nariz, con la que nació, roja como un tomate. Por si fuera poco está sonriendo al verle reaccionar.

Jaime aparta la mirada de ella y pregunta por la hora, hace ademán de sentarse pero los brazos de Jorge se lo impiden y éste le pide calma.

-Tranquilo papá, parece que ya estás mejor, pero has perdido el conocimiento y creo que te conviene, como mínimo, permanecer acostado. Rosa -dice dirigiendo su mirada hacia ella- quédate tú con él… y ayúdale a desvestirse y que se meta dentro de la cama -dice enfatizando la palabra dentro-. Nosotros vamos a ver qué hacen los niños y qué hacemos nosotros -e indica a los otros dos con un gesto con la cabeza que es hora de volver abajo. Al salir se detienen en el pasillo, a una distancia prudencial de la habitación en la que han quedado Rosa y Jaime.

-Bueno, ¿qué hacemos? -pregunta Juan Carlos.

-Mirad -dice Jorge- no se lo que os parecerá pero yo opino que Sara debería contarnos qué hacía ella con nuestro padre y por qué le ha dado el pampurrio, vamos, si no es mucho pedir.

Al decirlo sus palabras se van cargando de ironía y evita mirar directamente a Sara. Ella, sorprendida por el repentino acoso, se muestra dócil al responder.

-Yo… yo, bueno, es que… discutimos. Discutíamos cuando él… él… -y rompe a llorar.

-Venga, no te preocupes, ya pasó todo -le dice Juan Carlos y la abraza con mucha dulzura-. A ver si de una vez por todas nos ponemos de acuerdo -recrimina a Jorge-, ya nos lo contará ella, joder, que no ha llegado la sangre al río! De cualquier modo -continúa- se habrá mareado por algo que le haya sentado mal… si discutieron… se acalorarían, y hace un calor del carajo en esta casa, ¡el caso es que no pasó ná de ná! -termina diciendo para relajar la tensión.

-¿Estáis de acuerdo en que mañana por la mañana llamemos al médico para que venga y le haga una revisión, por si acaso? -pregunta intentando complacer a todos.

-Bien, no se… -duda Jorge.

-Venga, joder -corta Juan Carlos de nuevo- vamos a darle los regalos a los enanos, que ya son… -y consulta la hora en su teléfono móvil- ¡las doce y diez! -exclama sorprendido.

-Bueno, yo voy a ver si Rosa ya acostó al viejo -dice Jorge, visiblemente calmado y satisfecho por las sugerencias de Juan Carlos.

Cuando entra en la habitación se detiene un momento para observar a Rosa al lado de la cama donde ya está acostado Jaime. Está inclinada sobre su rostro, besándole. Él tiene los ojos cerrados y parece que duerme plácidamente aunque su respiración suena más fuerte de lo habitual.

-Acaba de dormirse como un bebé -susurra ella al percatarse de su presencia-. No me ha dado tiempo ni a desvestirle. Le he echado una colcha por encima…

-¿Quieres que me quede yo con él? Al fin y al cabo soy su hijo. Ve tú con los demás…

-No -corta Rosa iluminándole con una dulce mirada-. Soy yo la que quiere quedarse con él. Si necesito algo o surge algún imprevisto te avisaré, te lo prometo -le dice.

-Pero… -comienza a protestar él.

-No hay peros ni peras -corta ella sonriendo-. Además tu organizas mejor que yo y eres más capaz de tranquilizar a los demás. Tú preocúpate de que los niños reciban los regalos y de que se acuesten sin enterarse de nada.

Le besa con sus labios de terciopelo en la boca, anulando cualquier reacción que él pudiera tener.

-Vamos, que hay que dejarle dormir -susurra ella señalándole hacia Jaime dormido. Le despide con la mano y su boca gesticula un buenas noches.

Un poco desconcertado le devuelve el deseo y cierra muy despacito la puerta. La certeza de que a pesar de lo que le Rosa ha dicho él no ha tomado ninguna decisión esta noche da paso en sus pensamientos a la pregunta que todavía no se ha contestado: ¿qué estaban haciendo Sara y Jaime aquí arriba?

Sin saber que pensar baja por las escaleras a reunirse con los demás.

Dios es porcelana viva – Capítulo 6

El sonido procedente de la biblioteca se desgasta en ecos contra el silencio de la calle. En el centro de la ciudad la fiesta invade las aceras como un carnaval brasileño por culpa de las aglomeraciónes que se producen en las fiestas privadas, porque la noche, aunque ha templado con la lluvia, es desapacible y fría.

Dentro de la sala la intimidad y la música aíslan a Jorge, Rosa, Juan Carlos y los niños de los dos que discuten en el piso de arriba.

Hace ya bastantes años que la biblioteca sólo funciona como salón. Se diseñó originalmente con la intención de que fuese un entorno ideal para el que se refugiase en ella a fecundar la imaginación con la sabiduría de viejos autores inteligentes y casi siempre muertos. La lectura se impregnaba del recinto y contribuía al disfrute. Podría pensarse que ahora la estancia se empeña en sobrevivir fuera ya de su tiempo, al no haber podido satisfacer las necesidades de los últimos años de euforia audiovisual y multimedia. Su aspecto, aún así, sigue siendo el de una vieja dama muy elegante y que debió de estar muy bien en sus tiempos.

Su mobiliario se conserva prácticamente intacto, una decoración que, al igual que la del resto de la casa, está pasada de moda, no es diseño nórdico ni japonés, pero fue el orgullo de Mercedes y Jaime entonces, cuando vivieron sus primeros años juntos en la casa. Fue la habitación donde se recibieron las visitas, amigos y parientes de aquellos años, y por eso se intentó que la biblioteca fuese la estancia más elegante y cómoda a la vez de toda la casa, ideal para reconfortar a sus habitantes mientras la admiraban.

Sus techos son muy altos, bastante más que los de las construcciones de los últimos años, y sus largas paredes, tan altas hasta que los alcanzan, aquietan el tiempo en esta pieza. Todas menos la que rompe la puerta están literalmente forradas con unas sencillas y gruesas estanterías de nogal, en las que se amontonan miles de volúmenes que incluyen algunos muy antiguos y casi ninguno reciente.

Situándose en la puerta y mirando hacia el interior es desde donde mejor se comprende el porte de la habitación. Una preciosa caja ornamentada con diamantes de madera y metal. El mobiliario parece recluido en una campana que lo preserva del paso del tiempo, desgranando los años sin saberlo y depositándolos como el polvo en su solera. Todo el patrimonio de una familia, esperado, bendecido, llorado y olvidado, transformándose en pieza de museo por la edad.

Durante el día la luz desborda el marco de la única ventana y arroja sombras y claros desde el sur. No obstante es un lugar destinado para la luz eléctrica, y los candelabros simplemente decoran sobre la chimenea, desde donde elevan sus bonitos brazos. Entre ambos un reloj de sobremesa francés, una joya de bronce con agujas que ha cronometrado muchas horas de lectura y que aún funciona. Sobre él, en el lugar preciso, un retrato donde permanece más congelado que vigilando el abuelo de Jaime, Don Vicente. A la derecha, después de una silla tapizada de terciopelo rojo y patas torneadas, junto a la esquina, se encuentra el escritorio. Es un autentico buró de época que contiene en sus cajones cientos de cartas estrujadas cuyos interlocutores han dejado de sentir hace mucho tiempo todo lo que escribieron en ellas. El mueble también hace mucho tiempo que ha dejado de usarse.

Una enorme lámpara de lágrimas de cristal pende del techo artesonado. Desde ella la luz se desparrama y se comparte por las estanterías y los libros, la mesa tallada y los sillones orejeros tapizados de verde esmeralda que miran hacia la chimenea, las finas porcelanas chinas que coronan sendas columnas a ambos lados de la puerta y el tocadiscos que trajo Sara a los diecisiete, el reloj de ataúd con mecanismo autómata y las preciosas alfombras de lana que recogen los pasos esta noche.

Rosa y Jorge están sentados en el tresillo, tararean la pieza que suena con sus párpados desplomados y agarrados de la mano. Juan Carlos baila mientras con Valeria, que ha dejado a los pequeños en su castillo, entre las columnas de la entrada, defendiendo el desfiladero que se abre en la puerta y buscando refuerzos frente a la chimenea con el escenario ensangrentado por las llamas.

-¿Qué ha sido de Sara, sabes dónde ha ido? Hace rato que no la veo –pregunta Juan Carlos a la chica. Ella le responde negativamente con la cabeza y luego encoge sus hombros en un gesto de duda. Él sonríe quitándole importancia y continúan bailando. Cuando están frente a Jorge y Rosa les pregunta de nuevo por Sara. Tampoco saben. Le dicen que piensan que se haya ido a la cocina, que tal vez esté recogiendo alguna cosa. Se levantan y comienzan a bailar también ellos.

-No importa -se dice.

-Cuando llegue Sara, ¿te importa que baile con ella? -pregunta afectadamente a Valeria, entonando sus palabras con un despreocupado y teatral desdén.

-Ni lo sueñes -responde ella tímidamente, arrojando su mirada al suelo, fingiendo mejor que él.

La música, cada vez más tranquila, es tan suave y uniforme que da la sensación de llenar cada rincón. Se amalgama con los gritos y risotadas de los pequeños, que se enfadan, discuten, se contentan y retoman la acción como las puras estructuras de fantasía que son. El barullo de la habitación refuerza la curiosidad de Valeria sobre lo que sucede fuera. Supone que Sara y el abuelo están juntos, porque supone que Sara ha ido a decirle algo al abuelo. Como sabe cómo son ambos teme qué puede haberle ido a decir. Ella lo llama el peligro de la nochebuena. Una familia se reúne para pasarlo bien juntos esa noche y alguien hace un reproche de los que hay siempre entre familiares y se lió.

Mira el reloj, sólo hace diez minutos que desapareció Sara, no es mucho pero se percata de que falta poco para las doce y hay que dar los regalos. Parece que esta noche andan todos un poco despistados.

Lo que le regalen a ella la trae sin cuidado, lo que desea realmente es que la noche quede intacta. Los demás ni se han percatado de que el abuelo no está. Vaya con la tradición, piensa, si vienes a casa de tu padre a pasar una velada familiar y ni te acuerdas de que no está a tu lado. Ella tiene necesidad de estar a su lado, de notarles a todos, y eso a pesar de ser consciente de que lo de la familia tiene algo de convencional, porque a ella no le consultaron nunca para elegir padre o abuelos. ¡Quien le dice además que para ellos era ella y no otra la que querían en su lugar? Razonar así le ha llevado a considerar si en el futuro, en su futuro, las personas que la rodeen se sentirán obligados a quererla o sólo lo fingirán y la engañarán, y no querrán o se cansarán de ser queridos por ella. Tapa y destapa la caja de los afectos con la misma incertidumbre que, supone, representa el mito de Pandora en el momento de liberar todos los males. Su inspiración recorre de cabo a rabo el texto de sus pensamientos y la conduce de modo imprevisible a su abuelo. Él ha entretejido hacia ella una estructura tierna y comunicativa que Valeria lee cuando la mira en sus ojos de anciano.

Juan Carlos se suelta de ella, besa su mano con afectada galantería y se inclina cortésmente en una ridícula reverencia. Mientras le ve salir por la puerta desea que regrese con Sara y el abuelo cogidos de la mano, aunque nunca ha visto al abuelo cogido de la mano de nadie, por eso le gustaría más todavía. Es que Sara está muy equivocada con el abuelo, piensa. Está muy equivocada, debería aceptarle y no ponerse fuera de sí con sus manías. Aceptarle como acepta a sus hijos, con los que se comporta de un modo mucho más tolerante, con ellos juega a educarlos sin intentar comprenderlos del todo.

En seguida entra Juan Carlos solo. Viene sorprendido y de su cara se han desvanecido por completo los efectos de la modorra. La llama con un gesto para que se acerque a él pero evitando que los demás se percaten.

-Oye Valeria, bonita -le susurra al oído-, tú eres toda una jovencita responsable y supongo que puedo hablar contigo con toda confianza…

Ella sonríe procurando conscientemente no caer en la perspicacia de imaginarse nada malo.

Le cuenta que van a ser las doce, la hora de los regalos. Ella sonríe más sinceramente que antes. Le cuenta que no encuentra las llaves del coche y que debe de tenerlas Sara.

-¡Claro, ahora recuerdo que le vino Doña Jimena! -dice para sí mismo-, seguro que esta arriba, acostada…

Valeria asiente mientras suelta una risita que se desvanece con rápidez sobre un gesto mucho más adulto, uno de hacerse absolutamente cargo del problema. Respira con alivio y se alegra de que sus premoniciones carecieran de fundamento.

-Mira lo que vamos a hacer -le dice Juan Carlos- yo cambio el disco por uno de villancicos para que los enanos se distraigan, y nada más que veamos que no se dan cuenta subo a ver si me da las llaves y meto los regalos sin que se den cuenta. Tú me los entretienes por si acaso…¿de acuerdo?.

Valeria asiente y él da media vuelta hacia el tocadiscos.

La música se detiene un instante que tarda en sonar el primer villancico y Valeria se acerca a los niños para proponerles algo que llame su atención.

Juan Carlos se dispone a salir en busca de Sara y gesticula hacia Valeria, abriendo mucho la boca, la palabra vigílamelos, cuando un golpe sordo y amortiguado, pero lo suficientemente fuerte como para que lo oigan todos, suena sobre sus cabezas, en el piso de arriba. Instintivamente clavan sus miradas en el techo.

Uno de ellos apaga el tocadiscos.

Dios es porcelana viva – Capítulo 5

De pronto la puerta se abre muy rápidamente y el aire de la estancia se balancea vertiginoso. Tras ella, casi a la vez, aparece Sara con el rostro desencajado que, sin desviar la mirada de Jaime, cierra de un portazo. Él levanta la cabeza en un gesto de vuelta la mundo real, bastante más asustado que sorprendido, enarcando mucho sus cejas. La sangre le palpita con fuerza en las sienes mientras pasa de sentirse desvalido a considerarse intimidado y ofendido. Su mirada arremete contra la de Sara. Ella sigue mirando invulnerable a las fieras pupilas de Jaime. Está fuera de sí, repasando por última vez cada afilado reproche con que piensa despedazarle. Su cara es la de un volcán repleto de magma abrasador que tiene en sus labios tensos, perdido el color por la expresión de la mueca, un cráter que no va a tardar en explotar y verterlo al exterior.

-¡Pero que diabl…! -comienza a gritar Jaime.

-¡Esta vez me vas a escuchar a mí! -corta Sara de un grito con voz estridente y distorsionada por la ira.

Jaime se calla al instante, la boca de su hija le recuerda a la de un tiburón. Le muestra sus dientes, que gotean de una mirada presagio de dolorosos bocados.

-¡Déjame hablar a mí por esta vez, padre! -le dice bajando el tono.

Sara se percata de que el factor sorpresa ha jugado a su favor, o por lo menos él aparenta dejarle dominar la situación por el momento. En cualquier caso también sabe que debe aprovecharlo.

-¿No crees que ya está bien de aislarte dentro de ti mismo? -le reprocha-, ¿no crees que ya es hora de compartir algo con los que te queremos?

Pero no le da tiempo a que responda, continúa gesticulando y reprochando.

-¡Ni siquiera te dejas querer a la manera de una muñeca de trapo…!

Al oírlo Jaime, la imagen de la muñeca que piensa regalarle a Valeria se forma nítidamente en sus pensamientos, preciosa e intacta hasta en el más mínimo detalle.

Un vértigo le aleja de la porcelana y siente cómo cae hacia Sara. Una náusea le descompone la garganta, intenta forzar sus pulmones a soplar y decirle a su hija que espere un poco más para reprocharle, tan sólo un instante, que hay un símbolo, una bonita muñeca, que les va a unir más a todos, que esperen una muñeca para que vean cómo se redime.

Por un instante ha estado a punto de rendirse ante Sara, de reconocerle que ya está bien y que tiene razón, que les quiere mucho a todos y que el resto sobra, siempre ha sobrado, que su carga no tiene ya sentido, que no lo tuvo. Pero el miedo le deslumbra, le intimida, viejo y petrificado Jaime sólo siente miedo a solas. Y calla. La cobardía viene aferrada de la mano del miedo y entre los dos le erizan el lomo, como a un gato vagabundo y cobarde. Le ponen a patalear panza arriba, riéndose de él al ver cómo mira asustado hacia la realidad que se invierte mientras aúlla. Ambos saben que su poder no ha cesado sobre Jaime, y que al menos aún esta noche va a ser suyo. Es lo único que les interesa porque el mañana es dudoso y se impone tensar las garras en cada presente y ponerlo de tu parte.

-¡No digas estupideces niña! -exclama airado por el ataque de cobardía y violentado por el miedo en sus pensamientos.

-¿Qué sabrás tú? -le espeta desafiante con la única intención de que Sara se retire impresionada, de que se rinda sin luchar. No quiere discutir, enzarzarse en una guerra sin pocas opciones de aniquilación mutua. Su furia es del todo inestable, se asienta en un cieno residual que ampara los restos de su gran guerra interior.

Sara encuentra al Jaime que esperaba, al que se lanza al ataque ciegamente, le ve lanzarse al ataque de nuevo, como siempre ha hecho, él es así. ¿Una víctima de su personalidad? Le conoce bien, pero se conocen bien.

-¡Pero que gilipolleces dices! -exclama virulenta, encendida y requemada-, ¡eres un ingrato, y si no fuera por el recuerdo de mamá supongo que hace ya tiempo que te hubiéramos mandado a la mierda!, además, ¿POR-QUÉ-CO-JO-NES no has querido rezar una puta oración por ella en la cena?…

Como ametrallado por los alfilerazos de una gran coleccionista de ingratitudes como Sara, Jaime siente su espalda desgarrada, pinchada en un enorme cartón que lleva escrito con letras muy grandes y apresuradas su nombre.

-¡Y a ti que te importa! -exclama resoplando, furibundo aunque intentando aparentar serenidad. Siente su resistencia, inagotable en otros tiempos, muy menguada. Su cerebro se bate en dos frentes, espalda con espalda y cuerpo a cuerpo, dispuesto ya sólo a muerte o rendición.

-¡Que qué me importa, dice!. -Sara grita. Le gustaría hacer que su padre por fin comprendiese que ya es toda una mujer confirmada en todo un mundo, y muy capaz de herirle mortalmente, si así lo quisiera.

-¿Por qué no reconoces que lo único que pasa es que eres un sucio egoísta redomado y asqueroso que no quieres compartir con nosotros el recuerdo de mamá que ni siquiera te atreves a reconocer ante los demás y que no tienes ningún derecho a monopolizar!, ¡de tu mujer y nuestra madre, te recuerdo! -continúa gritando-, ¡no entiendo porqué ni siquiera fuiste capaz de demostrarle tu amor en público, yo que sé…!. -Toma aliento y traga saliva. Está muy acalorada, está reposada sobre la superficie del sol. Una vena de ira purpúrea zigzaguea sobre su frente. En el salón, bajo sus pies, suena música desde hace rato.

-¡Tú no tienes ninguna autoridad para hablar así sobre mí! -grita Jaime coreado por sus sienes, que martillean su cerebro imponiendo un agotador ritmo de persecución, apto sólo para mantener no más allá de unos segundos. El tiempo suficiente para aturdirla y huir.

-¡TODOS queríamos… queremos a mamá, TO-DOS, te enteras!

En los pocos minutos que ha durado la bronca padre vs. hija Sara no ha reparado en el traje sobre la cama, ahora lo ve.

-¿Y esto que coño es?… -le pregunta.

-Nada que a ti te interese… de momento -responde Jaime en un susurro. El sonido fuerte de su respiración crece a medida que siente dificultad para inspirar, y una punzada en la cabeza que le desorienta anuncia la retirada.

-Es para darle una sorpresa a los niños -continúa contestándole aún más suavemente.

-¿Para los niños?… ¡¿qué sorpresa?!… será la primera vez -le pregunta Sara sorprendida y temiéndose una estrategia. Se mantiene alerta por si acaso, tensa, como un perfecto arco de precisión que apunta directamente al objetivo.

No, no les he comprado nada, bueno, para Valeria hay algo, pero…en realidad mi intención es la de disfrazarme de Papá Noel y entregarles yo los regalos que les habéis traído. Iba a bajar ahora a decíroslo a Jorge y a ti para que los subierais a esta habitación y luego pensaba ponerme el traje y prepararlo todo para las doce,- le puntualiza Jaime.

Sara cierra los ojos y ve una diana fácil. Apunta y dispara:

-¡Que les quieres entregar tú los regalos a los niños!… ¡tú no estás bien de la cabeza! -y continúa lanzando los dardos-, así que, además de no comprarles nada, tienes la santa cara de preparar una estúpida comedia, sin consultar con nadie por supuesto, para ser tú el protagonista de la noche… ¡tú chocheas! -exclama concentrando la mayor crueldad de que se siente capaz en lo despectivo del tono, moldeando su cara en una mueca de asco.

Jaime, cabizbajo, arrastra la mirada en torno a sus zapatillas y el suelo de madera, que se le hace frío y áspero para tener que habitarlo tan de cerca.

-¡Y tienes la santa cara de decirme a la mía que para Valeria hay sorpresita y para mis hijos NO!, ¡pues para que te enteres son MIS hijos y TAN nietos tuyos como ella, contra la que, por cierto, no tengo nada!.

Es su voz de madre que ha sustituido a su voz de hija la que chilla en estos momentos. No se había preparado para la discusión en estos términos, pero encuentra también por este cauce su desahogo, después de tantos años de agotar su sensibilidad en berrinches inútiles. Más que nunca cansada de pagar con su mal humor el cariño de su marido y de sus hijos, de su madre, de cualquiera de los que quiere… más que nunca cansada de saberse culpable de preocupar y atosigar con penas cuyos culpables son otros a los que más la quieren y que no la quisieron mal, intencionadamente, nunca.

-¡No me digas tú a mí lo que debo hacer y no intentes comparar a Valeria con tus tres pequeñas bestias, ostia! -el miedo le devuelve a ese páramo seco y sin argumentos donde sólo sobreviven alimañas como la ira. Quiere herirla y herirla y que se vaya llorando a rezongar sus sentimentalismos a otra parte. ¿Por qué ha tenido que ser así? Siempre es así.

-¡Sucio viejo cobarde y ofensivo! -le esputa entre salivazos, a punto de escupirle conscientemente en la cara.

-¡Me cago en…! -y la adrenalina levanta la mano de Jaime y estrella su coraje en la mejilla de Sara con una contundencia seca que parte la situación y detiene los pensamientos de ambos.

Silencio de pedazos de situación y comienza ella a decir algo:

-Me… me has pegado. Te has atrevido a ponerme la mano encima. -Sus palabras salen apenas audibles produciendo un sonido de gas que escapa a través de un agujero irregular porque se ha hecho de un solo golpe de cortafríos-. Es la primera vez… -le dice bañando su mirada en él, por él, mientras levanta su mano derecha y la posa en la mejilla colorada.

Jaime permanece rígido mientras se desmorona por dentro. Su apariencia es la de un seco armazón que sujeta su mirada vidriosa. No escucha sus latidos ni siente su respiración.

-Yo… -comienza a decir.

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la rosa

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