el manipulador de mariposas

Él dijo que yo había soltado la letanía de la humanidad en el breve lapso en que descubrimos juntos quién soy. Creo inaceptable que intente torturarme al disfrazar así su manera irónica de rechazar lo que le dije. Si al menos hubiese esperado a que yo firmara el contrato y eligiera la vivienda. Espero no molestar con mis gestos de ilusión. No me doy cuenta de hacer lo que me parece pero si le molesto… si le molestase esperaría ver la noche negrazul desde un incómodo ataúd de castigo bien barato. La lástima que me daría. Siento amor que compartir. Si se lo digo estoy seguro que también le ofendo. Desearía que se muriesen unos cuantos enemigos personajes que tuve la suerte de tratar como mis mejores amigos durante unos cuantos años. Seguro que se ofenderían. Y como se enteren algunos de que les acaricié furtivamente. Se les calentarían los cascos. Me insultarían y la emprenderían a golpes contra mí. Criticarían todo lo que de mí recordasen o creyesen tener en cuenta. Lo harían a mis espaldas. Quizá entre amigos míos y entonando las vejaciones a coro como si se tratase de un brindis. Si me alejase… sólo me lo permitirían viajando con la muerte… solo.

La prisión de oro

A Marie Cecile Ruiz

La historia atribuye a ciertos personajes la responsabilidad de protagonizar los mitos, lo cierto es que aunque de la sensación de que nunca sabremos si sucedieron o no, podemos albergar la certeza de que la realidad subyace en cada uno de ellos como las ruinas culturales profundamente enterradas y hace mucho tiempo ya olvidadas de una civilización precedente de experiencias y de lucha por el conocimiento.

Narra uno de estos relatos que, al poco tiempo de creado el universo, contaba la tierra con tan solo dos pobladores, semilla de Dios recién germinada.

Uno era un viejo maduro y ducho en sabiduría, aunque ajeno a toda aventura improvisada. Era el viejo generoso en arrugas, que decoraban con la armonía azarosa de sus incontables formas barrocas su rostro de fina piel, mecido por el solano del bien y acariciada por el líquido de la verdad. Su compañera era una paloma de blanco plumaje, silencioso batir de alas y belleza singular.

Ambos disponían por hogar de una zona cubierta de arena dorada, de extenso radio, delimitada por el ordenado caos de una tierra yerma y baldía.

Vivían estos seres de la más perfecta generosidad imaginable, la divina, que les agasajaba en cada uno de sus días con regalados dones, permitiéndoles subsistir dentro de aquel círculo.

En ocasiones, solía contar el anciano a la paloma que sus arrugas eran la marca imborrable, la prueba acusadora de un mal llevado a cabo sentido de la libertad por aquellos que les precedieron habitando el círculo dorado. Cada uno de los surcos que serpenteaban por su cara, decía, fue la ruta escogida por sus antecesores quienes, con humana pasión, buscaron la salida de ese maná dorado.

De ellos nunca más se supo.

Y el anciano, apasionado en extremo, relataba a su blanca compañera estos cuentos de experiencias pasadas insistiendo en la catarsis.

A pesar de todo, la paloma reaccionaba interrumpiendo sus relatos con infinita curiosidad, agasajando con ingenuidad al anciano con intrigantes preguntas reveladoras de un ser noble y aventurero.

Un día entre tantos de aquellos de apasionados coloquios, mientras el ave planeaba el círculo dorado, siguió a una nube que surcaba los cielos.

Paloma y cúmulo se perdieron tras el horizonte gris de aquellos yermos que les confinaban y, alcanzando el horizonte, parecían no tener fin.

Cuando el anciano, tras muchas horas de espera en vano, se dio cuenta de su soledad, lloró amargamente muy angustiado. Una lágrima resbaló por uno de los muchos caudales de su mejilla, fundiéndose al caer con el fino polvillo dorado que la esperaba en el suelo. Aquella arena, aglutinándose en aquella lágrima, sintió que se unía a su llanto inconsolable, plañendo junto a él la falta de su compañera.

A la noche, aún lejos de haber regresado a la tranquilidad, el viejo siguió llorando y llorando. Pasó mucho tiempo para que, con las lágrimas resecas sobre su piel y su ropa, sobre sus pies y la arena a su alrededor, agotado, cayera profundamente dormido y dejara de llorar.

En sus desordenados sueños se alzaron las imágenes como una visión.

Vio el horizonte abierto, más allá de aquel yermo circundante, donde yacían los cuerpos descarnados de sus impulsivos ancestros. Todos etiquetados con los graves cargos que, en sus vidas, habían forjado aquel destino. Vanidad, afán de lucro, éxito y gloria desmedidos por sobre todo. Secretas intenciones que habían lastrado desde el comienzo sus aventuras, condenándolos para siempre.

Vio a la paloma triunfando, alcanzando el paraíso hecho a medida de la sinceridad y la nobleza.

Y se vio a si mismo muerto en la pena de la soledad, angustiado de por vida, siempre temeroso.

Y despertó.

Las estrellas le velaban en silencio, entonando su nana de luz en susurrados destellos. También algo había despertado en su inteligencia, alejándole paulatinamente de aquellos temores inmemoriales.

Fue en ese momento cuando la frágil belleza de su compañera regresó para conjurar el último atisbo de horror en la mente del anciano, consumando un hechizo inexorable.

Luego lo tomó por la ropa con su pico, como si aquel hombre fuese tan ligero como una ramita de olivo, y lo elevó por los aires más allá del círculo de arena dorada, más allá del yermo desierto que los había confinado y que parecía no tener fin.

Pero que lo tenía.

Fin de la narración.

Abril de 1988

a las doce menos cuarto en Roxy

Desde que somos novios, aunque a estas alturas debería decir éramos, no ha sido puntual ni una sola vez el tío. Ni una. Desde el comienzo, cuando empezamos a salir, yo llegaba entre cinco y diez minutos antes y él entre quince y treinta después de la hora de la cita.

Lo que comenzaba siendo un placentero momento de soledad en el que discutir pausadamente asuntos pendientes conmigo misma se transformaba en inquietud y disgusto conforme se iban sucediendo los minutos a ritmo cada vez más lento. Tras los cinco primeros, nada; tras los diez, dudas, de si la cita sería aquí y ahora; luego más y más dudas, en parte incontrolables y compulsivas dudas irracionales de si realmente él quería venir o me habría mentido conscientemente para que le dejase en paz. De los veinte a los cuarenta auténticas paranoias, complejas conspiraciones y miedos, terribles miedos que digerir en silencio frente a la gente, algunos incluso conocidos que me saludaban, que pasaban por allí ajenos a mis delirios. La certeza de tener que volverme sola a casa, la indignación para con él y su desconsideración, la pena por mí misma, sustituían las trivialidades en que pensaba al comienzo de la espera. Entonces él llegaba más chulo que un ocho.

He llegado al punto de casi mearme encima, de hacérmelo todo en mitad de la calle, de sentir que iba a desmayarme o incluso de pensar en caer muerta delante de los que pasasen en ese momento por allí. Así de exageradamente mal lo paso yo cuando alguien se retrasa.

En una ocasión ocurrió que yo, desesperada, le estuve esperando cerca de una hora y cuarto sin que me diera ninguna explicación convincente o simplemente considerada de por qué llegaba tan tarde cuando por fin lo hizo. Tonta de mí, en lugar de reprochárselo no pude sino sentirme avergonzada de mi pensamiento. Como una loca, pensé, te inventas historias como una loca para simplificar un mundo que no entiendes y que no tienes las narices de afrontar. Aquel día me di cuenta lo difícil que es para mí encarar situaciones sencillas con personas conocidas. Con un desconocido nada de eso hubiera ocurrido. También eran otros tiempos.

En aquella época yo no usaba teléfono móvil ni sabía de nadie que lo tuviese. Eran los 80, los días en que aquellos desconsiderados triunfadores modelo baby rigan del otro lado del atlántico al estilo del protagonista de american psaico, se pasaban todo el día jugando con los telefonitos y movían el mundo a su antojo mientras se forraban en conversaciones a tres bandas. Pero lo que es yo ya podía organizarlo todo bien antes de salir a una cita y lograr coordinarme con la otra persona. Todo solía salir bien, no como ahora, aún así de vez en cuando tocaba buscar una cabina, o volver a casa, encontrar al otro, pedir o dar las explicaciones pertinentes, quedar de nuevo o quedar otro día. Lo que fuese. Todo eso lo conocemos bien y tampoco nos importaba demasiado los que no hemos nacido con la necesidad creada del puñetero artilugio. Lo añoramos, incluso…

Aquel día decidí volver a casa y llamarle, ya había confianza, le iba a poner a caldo.

Cuando llegaba a la altura del parque, al encontrarme casualmente con unos amigos suyos, decidí ponerme a imaginar sin poder remediarlo. Yo saludaba, pero ellos traían la cara descompuesta y una mirada triste y extraña, de miedo, como de estar a punto de toser con tres costillas rotas. Me miraban durante un lapso de tiempo que a mí se me hacía demasiado largo sin decir nada en absoluto. Yo les preguntaba que si les ocurría algo, que si podía saberse que pasaba. Ellos no me daban tiempo a preguntar nada más. Me contaban que él había tenido un accidente, iban soltándolo poco a poco, como anticipando y previniéndose de un eventual ataque de nervios por mi parte. No era así. Él estaba muerto y yo comenzaba a sentir una plácida sensación de consciencia. Todo tenía sentido de nuevo.

¡Adiós Lara!

Adiós, adiós…

A veces creo que soy una enferma. Nunca se lo he dicho a nadie, nunca le he contado a nadie lo que pasa por mi cabeza cuando pierdo el equilibrio de mi pensamiento, cuando me pierdo en la vida y me siento más sola y desamparada que nunca. Nunca me he atrevido a reconocerlo, menuda rayada.

Ayer me enteré que el muy cabrón se está follando a una de mis hermanas, a una de mis amigas, a una de mis enemigas declaradas y a una camarera que ha debido conocer en alguna de sus innumerables escapadas nocturnas de las que nunca me ha hablado. A cuántas más se follará el hijoputa no lo sé, pero no lo puedo soportar. Es algo que se me clava y se me clava, que se me hunde no en la piel, sino en la cabeza. Porque, aunque tengo amigas que le hacen eso y mucho más a sus novios, yo nunca le he sido infiel. Ambos nos contratamos en exclusiva desde el comienzo, o eso me decía, y desde entonces nos hemos permitido incluso el lujo de mantener conversaciones enteras juzgando a otras parejas por lo que hacían o dejaban de hacer. Como hace todo el mundo, vamos. Como harán los demás con nosotros.

Lo de los cuernos: si yo no se los pongo a él, él no puede ponérmelos a mí. Así de simple.

No me lo esperaba y enterarme ha sido lo más doloroso que me ha ocurrido en la vida hasta el momento. Me cago en la madre que lo parió.

Cabrón.

No quiero saber más de él ni de sus tardanzas ni de sus chistes ni de su barba ni de su aliento ni de sus ojos ni de sus pedos ni de su cinismo ni de su mala leche ni de sus putas mentiras.

Justo antes de enterarme de la jugada, esa misma mañana que me lo contaron pero antes de que lo hicieran, le estuve chupando la polla al muy hijoputa durante casi una hora, hasta que entró a trabajar. Mientras se corría en mi boca yo continuaba lamiendo suavemente, para que el orgasmo descendiese planeando, luego volvía a chupar hasta que se corría de nuevo atrapado por mis labios de lo excitado que estaba. El muy cabrón se corrió tres veces y yo, tocándome como podía, cuatro o cinco. Me encantó que se corriese en mi boca una y otra vez. ¡Qué sensación de control! Hasta ese día por la mañana nunca se la había chupado, debió alucinar el muy cabrón. A mí esas cosas siempre me han dado mucho corte y un poco de asco, a pesar de que a veces me masturbaba por la noche, en mi habitación, imaginando que los chicos con los que salía se ponían tan pesados que tenía que hacérselo en cualquier lugar, incluso en sitios públicos, amenazada por la posibilidad de que nos pillasen y me viese cualquiera. Siempre acababan corriéndose en mi boca y yo chupaba y chupaba ese néctar que no sabía ni qué gusto tenía pero que en esos momentos imaginaba delicioso y embriagador, excitándome hasta provocar un orgasmo intenso, casi doloroso, inacabable, que acababa dejándome exhausta y avergonzada. Lo que está claro es que ayer comprobé que el semen no sabe en la realidad como en mi imaginación. Qué se le va a hacer.

Como cuatro horas después del lanzarme en picado sobre su rabo me entero de que ni chupo esa polla en exclusiva ni de que, muy probablemente, soy la única en tragar su puto y amargo semen. De ganas no volvía a chupar una polla en mi puta vida. No, mejor, de ganas me ponía a chupársela a todos los peregrinos del Camino de Santiago para que aprendiese, pero haciendo la ruta en sentido inverso para encontrarme con más tíos a los que chupársela. De ganas… Yo que sé lo que hacía de ganas… ¿Por qué tiene una que joderse así? Cerdo cabrón… Tonta del culo…

Hoy llego yo tarde, hoy me toca a mí hacerle esperar. La que le va a caer… ¡Que se joda el muy cabrón!

Lo más jodido es que llevamos un mes viviendo juntos aunque apenas nos vemos por culpa del trabajo… y lo que no es el trabajo. Hace un mes les dije a mis padres que me iba a vivir con él les gustase o no. Casi ni les dije adiós. Casi ni les he visto desde entonces. Tenía muchas ilusiones, imaginaba estando sola en el piso. Que si casarnos, no por la iglesia, por supuesto, pero casarnos, que si tener un hijo, que si clavarle un cuchillo en los cojones. Yo que nos veía a los tres de vacaciones tomando un avión y yéndonos a cualquier sitio a tomar el sol en la playa todo el día… como una reina. Como la reina de las cornudas, me cago en la puta.

Pero es que me ha enseñado tantas cosas. Me ha ayudado, directa o indirectamente, a darme cuenta un poco mejor del mundo en el que vivo, de cómo es la gente, cómo somos las personas. La condición humana, dice él. Claro que, se ha lucido el cabronazo. En el fondo es un hipócrita que hace lo que le da la gana y encima va de bueno, dándoselas de santo. Él es diferente, no como los otros…

Mierda.

Vaya.

Ahí está, esperando como un gilipollas. No parece muy contento, será que le jode esperar.

¡Jódete cabrón!

¿Puedo? Es inevitable, es ley o algo así

Todos los pasos que he dado en toda mi vida me han depositado, al fin, en este banco. Parece un banco, pero es tan solo una recreación a la que todos los procesos de mi existencia han guiado hasta mi culo.

Todas las vivencias de esa sucia señora del kiosco han terminado en que dirija su mirada hacia mí, como si ello conllevase alguna trascendencia.

Todos los instintos de ese perro, viejo de tratos y maltrecho de vida, todos, le han conducido, como si ello me importara lo más mínimo, a mear junto al árbol de mi derecha.

Y todas no, pero algunas de las moscas que vuelan impulsadas por sus perfectos conversores de la luz del sol que decolora las superficies, se posan, al final de este tramo, en mis hombros, en mi pernera, con sus patitas peludas enmascaradas por los restos de otra caca que colonizaron hará menos de treinta segundos. Supongo.

Me tengo que levantar, si no nunca romperé este fin de trayecto y la agonía se apoderará de nuevo de mí, encajándose como pueda entre mis vísceras, rompiéndome las entrañas, cortándolas ansiosa mientras se preocupa tan sólo por capturarme como a un buen atún y sacarme del agua en la red, y de la red mientras me asfixio sin miramientos.

No simpatizo con personificar ni la agonía ni nada, pero así me incorporo antes.

Ahora, ya en movimiento, todo parece menos determinista, más caótico, no aleatorio sino caótico, un pensamiento inspirado por algo que seguro he leído en algún libro de divulgación. Matemáticas o física cuántica o fractales o la cuadratura de mis huevos.

El mundo es cuántico, si señor, un cuántico al amor y la paz, un cuantico cojonudo. El universo ya no gira a mi alrededor, estamos ambos más bien en movimiento conjunto, tenemos ambos cierto ramalazo a Relatividad Especial by Einstein otrora. A supercuerdas o de vez en cuando a supercerdas. Otra lectura con regusto a maratón cognitivo.

Ahora (digo ahora mismo, ya no) todos nos movemos inevitablemente y tal y como parece que debe ser, por fin. Bueno, quizá no tan absolutamente así, es como si notara a mi alrededor una cierta aceleración, una precipitación en los acontecimientos. Es curioso, antes el entorno me resultaba excesivamente promiscuo, todo se me iba enredando mientras sucedía, ahora ya no. Me siento de otro modo, quizá mejor, me siento un ser inmutable, más inmutable que la roca más dura que se me ocurra imaginar, más inmutable que el reflejo en un espejo del aire que respiro, y como si todo deviniera en sentido contrario al natural, como si devolviera o se defuera o vete tú a saber.

El paisano que pronto me cruzaré, por ejemplo, no me atrevería a predecir que me lo voy a cruzar en algún momento durante los próximos diez segundos, que sería lo normal, no lo más normal sino lo absolutamente normal, lo ineludiblemente normal. El tipo da la sensación de expandirse, ya digo, ilógicamente anormal, pero letalmente real. Juraría que toda su estructura se desmorona y vuelve –vuelve hacia una estrella, o a la nube de gas interestelar que la parió, billete de vuelta destino la Gran Explosión-.

Y aquel niño, con su globo. Y las tetas de su madre. Vaya mazas.

Ya no hay globo…

¿Qué está pasando? Mirándome las palmas de las manos juraría que no pasa nada, que nada sucede de lo que creo que sucede. Pero ahí fuera, al otro lado de mi puta calavera casi no queda nadie, ¡fuera de mí, quiero decir! Supongo que todo esto no se entiende. Supongo que yo no tengo la culpa aunque la verdad es que si así fuese me daría igual. Yo no puedo ser el causante y aunque tienda a creer que sí no puedo ser yo la causa, el espectador único, el ser supremo, el loco. Yo sólo puedo construir esto o lo otro para mí pero destruir… Tampoco puedo. Reflexión inconsciente.

Es que casi no veo ya ni las casas, todo estrambóticamente arrastrado por una incertidumbre incapaz de alterar mi clausura sensitiva. Y siento ausencia de dolores por la nostalgia de lo que no está y debería echar de menos. Menos mal, nada es más que algo. O así me lo parece aquí, ahora, en este caso.

Ya ni suelo ni blanco ni negro, ni alrededor, ni entorno, ni circunstancia ni gaitas; yo solo, sólo yo solo. Exclusivo pero obligado a ello. La dicha de la ignorancia en la que también pienso.

De pronto alguien me sacude y al ver que reacciono se dirige a mí con cierta violencia condescendiente, si eso puede ser posible, y me dice: perohombrededios quehace hombrededios quehace. Así, un par de veces. Mamarracho, no puedo evitar pensar. Y todo vuelve a estar en su sitio –lo primero en lo que me fijo es en las tetas de la madre del muchacho, vaya mazas, ya digo-.

¡Qué gracia! Al individuo que me mira mientras me increpa furibundo lo voy recomponiendo poco a poco, es un modo de hablar, un brazo por aquí una oreja por allá, y mi actitud, extraña para él que no puede echarle una ojeada a mis pensamientos ni de coña, hace que se quede apijotado mirándome cada vez más extrañado. Para mí su mirada es de por sí bastante extraña pues es la primera vez que lo veo en mi vida y yo tampoco poseo ninguna capacidad para saber lo que piensa.

Y le digo:

Yo devaneo me desmayo o me aturdo porque quiero y no lo hago como lo haces tú, que me parece comprender que eso es lo que pretendes.

Déjale, le dicen, que está como una puta cabra.

Déjame, le digo, que siga siendo yo.