esporas

Hay cosas que sólo ocurren en primavera y en otoño, como las distracciones sencillas, algo parecido a entretenerse con las caricias en algún prado multicolor. Los pensamientos pesados son como inmensas bolas de nieve que se guardan en el congelador del invierno del paralelo 45. Los pensamientos ligeros son cálidos y deforman la percepción del asfalto en el verano continental. Estas situaciones primaverotoñales tienen mucho que ver con los pensamientos también, pero brotan de manera distinta, como algunas setas lo hacen al sol tras la humedad de días anteriores, y como las setas crecen siendo apenas nada salvo agua. Agua con forma de seta y agua con forma de cosa-pensamiento.

La alegría y la tristeza no tienen apenas nada que decir ni de la forma ni de la substancia de estos hongos de la primavera y el otoño de las personas, aunque es inevitable, siendo persona, no teñir aunque sea inconscientemente, bienintencionadamente, cualquier vivencia con este añil y este verde. Nada sucede en alegría plena de todo esto y nada sucede en estranguladora tristeza.

Hay muchas de estas cosas que se me ocurren ahora mismo, vienen con facilidad a mi mente: una nube destroza un árbol y yo no me doy cuenta, esa es una de ellas; otra, confundir el horizonte a través de las hayas de un bosque encantado por los colores; otra más, pasar con indiferencia junto a las personas a pesar de que te las encuentres en tu mismo camino y estén haciendo lo mismo lo mismo que tú.

A quien objete que todo eso no sólo ocurre en primavera o en otoño o que las enumeradas son situaciones muy imprecisas, sujetas a muchas interpretaciones y que algunas de ellas, incluso las más probables, son ñoñas y tópicas, he de decirle que no encuentro manera de convencerlo y no conozco más argumento a favor que el de su acuerdo voluntario. Las cosas son. Creo, creo que esto que acaba de ocurrir también es uno de estos hechos a los que me refiero. Amigo, has pisado un níscalo escondido junto a un pino. Setas, las he mencionado ya antes, ¿verdad?

Yo recojo setas para los demás. Yo recojo setas para las personas.

No puedo expresarlo así: mi trabajo es recoger setas. Yo no trabajo. Estaría mejor descrito si yo dijese: recoger setas es mi destino. Esta es una forma de decirlo que algunas personas pueden interpretar como muy dramática, pretenciosa, exagerada, inadecuada y torpe, pero… ¿es que tengo que volver a apelar al único argumento para estar de acuerdo, para buscar el acuerdo, que conozco y que ya expuse anteriormente? Da lo mismo.

A estas alturas de mi explicación, ahora creo que sí, todos estamos de acuerdo: no te explicas. Algo así, ¿verdad? ¿Estamos de acuerdo en que estamos de acuerdo?… ¿Exagero?

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Lo relevante no son esos hechos primaverotoñales. Creo que lo que tiene importancia es que todo el mensaje se introduce en tu cerebro a través de un conector RB-7/II sin que puedas evitarlo.

Ya no existe primavera, ni otoño, ni hayas, ni pinos, ni setas. Existen, pero no como existían en el pasado, no a través de los interfaces a los que tú estás habituado, sino otros muy distintos que fueron imaginados por mentes que desaparecieron hace mucho tiempo. Ahora es imposible cruzarse con las personas en el mismo sentido en que lo hacían tus antepasados, pero pocos son los que manifiestan algún tipo de sensibilidad, de consciencia de ello.

Recoger setas es mi destino porque yo elaboro las rutinas, todas, no sólo esa; esa es mi favorita, ni siquiera sé porqué.

Tus paseos junto a los demás son mis cálculos, incluso tu propia representación y la de todos los demás, cualquiera de ellos, son mis cálculos. Hay algo en mí que encaja con tu idea de un dios creador de todas las cosas pero me quedo tan pequeño…

Tu resolución es la de la distancia de Plank. Observo que te has dado cuenta ya de ello: la duda y la indiferencia no son mis cálculos, son cosa tuya. Aunque eres prácticamente agua has conseguido preñar de magia y destrucción toda la galaxia, exactamente como las esporas de un pequeño hongo venenoso en las praderas del cosmos.

Tú fuiste el constructor, me hiciste recordarlo para ti, recrearlo de nuevo en tu mente. Tú extinguido y yo terminado y solo.

¿Hay alguien ahí?

letra en la canción de cuna

Él trabaja frente al ordenador, frente a una ventana muy grande a través de la cual entra abundante claridad y en una habitación desordenada de un modo sistemático, esto es, con pilas de libros, de disquetes, cedés y montones de carpetas repletas de papeles, viéndose que se trata del refugio de un creativo. Parece molesto por su falta de concentración y de mal humor, e insinúa con algún comentario cargado de amargura que no va a tener tiempo de terminar el trabajo que ya debería haber entregado. A través de su ventana, en la fachada de la casa de enfrente, se ve una ventana cubierta por la persiana.

La persiana se abre ruidosamente, tanto que molesta su concentración, y él, desbordado por la rabia, se queda mirando y ve a una chica que descorre las cortinas, repara en él y le saluda con una mano mientras sujeta algo sobre sus labios con la que le queda libre del saludo.

Imbécil, o algo parecido insulta él mientras informa al aire que le rodea, donde no hay nadie para escucharle, que lleva varios días con sus noches trabajando de continuo y que por ello mismo hace mucho tiempo que no duerme.

Él trabaja frente a su ordenador o busca entre sus montones y entonces comienza a oír pitidos, es decir, sonidos agudos y molestos producidos por un pito o un silbato de esos que suelen llevar los monitores de natación para que les haga caso la jauría de pequeñajos. No son pitidos en el oído como dicen que ocurre cuando alguien habla mal de ti.

Con las manos sobre las orejas y cubriendo el oído para evitar el sonido estridente, mira a través de la ventana y repara en que su vecinita, que da vueltas por la habitación con la mano todavía en su boca, sigue sujetando algo. Ella le devuelve la mirada cuando retira el objeto sujetado y el pitido cesa, le está sonriendo, vuelve a sus quehaceres, devuelve la mano a la boca y el sonido se reanuda y él contiene un grito y aplasta sus orejas con la palma de sus manos y aplasta sus ojos en una mueca de insoportabilidad y desesperación.

Se levanta mascullando sin llegar a formar ninguna palabra o incluso sílaba reconocible y arranca el monitor del ordenador de su escritorio forcejeando con las conexiones de los cables hasta que ceden. Sale corriendo de la habitación. Sale del portal atropellando el aire con gesto de fiera. Sube por las escaleras vomitando el aire que devora y que inflama con su mirada, en sus ojos. De una patada entra en un piso, el de la vecina. La puerta no es de seguridad y cede, vaya si lo hace. Corre a través de las habitaciones y ella sale a su encuentro en el pasillo, con el aspecto desconcertado que muestra quien va a la búsqueda de lo que no entiende que esté pasando. Aún sigue con la mano sujetando el objeto entre sus dientes pequeños y blancos. El pitido es ensordecedor y ella grita y agita la cabeza con el gesto más desesperado que puede forzar un rostro bonito como el de ella. Él levanta el monitor y con los ojos cerrados, en una escena cuyo tempo se dilata tanto que parece transcurrida a cámara lenta, lo estrella en su cabeza incrustándolo por la pantalla hasta los hombros. Ella cae como una pluma mientras el tiempo recupera su ritmo habitual, la mano ha salido despedida de su boca pero aún conserva el objeto que mantenía, y cae con y junto a ella. El pitido ha desaparecido y sólo se le oye solo que se atraganta entre suspiros sollozos quejidos e inmensas bocanadas de aire. Su mirada gravita hacia la mano culpable y asesinada y encuentra que los dedos semiabiertos pero agarrotados sujetan un palo de regaliz que es bastante grueso y bastante corto y que desparrama sus melenas rubias que están bastante chupadas y mordidas sobre las que hay una gota de sangre que brilla con la luz artificial. No se oye pitido alguno.

el policía

Es Barcelona y está a punto de entrar la primavera, hace ya varios años desde la última vez que visité este pequeño y hermoso gigante costero. Son casi las dos de la mañana, hace frío, tampoco demasiado, en la pequeña ciudad del noroeste de donde procedo hace bastante más. Mientras, espero.

A mi lado una escultura, un monumento al libro obra de un tal Brossa, cosa del gremio de libreros, tengo entendido. Es sábado y la noche no acaba sino de comenzar, pero apenas circulan los coches por la Gran Vía a mi lado ni frente a mí por el paseo de Gracia. En la encrucijada permanecemos  prácticamente solos la escultura y yo.

He quedado con un conocido mío que es de aquí, de Barcelona capital. No le he vuelto a ver desde la última vez que vine a visitar la ciudad hará más de seis años. Nos conocimos gracias a una ex de un examigo mío que ahora está casado con una miss local. Ella, la ex del ex, se lió con él al poco de mudarse a Barcelona y ponerse a trabajar en unos céntricos almacenes de mantas. Él era su jefe, me parece, no estoy seguro del todo. Solían llamarnos a mi pareja de aquel entonces, mi propia ex, y a mí para quedar a tomar algo cuando pasaban por la ciudad. Parte de la familia de él es de un pueblo cercano a la pequeña ciudad de provincias donde vivo la mayor parte del año durante, hasta el día de hoy, todos y cada uno de los años de mi vida. Los recuerdos y las ideas cruzan a toda prisa la zona débilmente iluminada de mi consciencia. Me entretienen mientras le espero.

Hace más de 6 años él jugaba al fútbol, trabajaba con una furgoneta repartiendo comida por los restaurantes de la ciudad, cuando dejó (a la fuerza) lo de las mantas, y vivía aún con sus padres en un céntrico barrio obrero plagado de delincuencia y de inmigrantes de todos los continentes, progresivamente abandonado por los descendientes de los inmigrantes españoles del llamado éxodo rural, de los que se nutrió la ciudad condal durante los años 60. Entonces me hablaba de motos robadas y vendidas por piezas, de pillarme hachís de excelente calidad a precios de risa o de electrónica robada tirada de precio, de sus amigos en el equipo, de sus trapicheos, de las putas. Me cayó bien desde un principio. Lo he considerado durante todos estos años como una persona muy tolerante y abierta, buena pero no tonta, con una gran capacidad de adaptación, como si crecer en aquel barrio le hubiese granjeado ciertas destrezas y privado de ciertos prejuicios muy comunes entre gente de provincias como yo. De los prejuicios heredados se libra uno mal mal. Respecto a las destrezas, bueno, se hace lo que puede dentro de lo posible. Tampoco he pensado de él que fuera ambicioso en exceso.

Cuando decidí volver a Barcelona lo primero que se me ocurrió fue darle un toque para saber de su vida, qué menos. Le llamé el Martes la primera vez que lo hice. Estuve un buen rato rebuscando en mis discos duros hasta dar con una copia de seguridad, que estaba seguro de que aún existía, de mi vieja agenda de teléfonos, la que se gestó en aquel viejo ladrillo que salió tan bueno, un Nokia 5110 de los de entonces que había heredado (reciclado, diría alguno). No me contestó en esa ocasión, a pesar de que hice 3 o 4 llamadas que acabaron siendo perdidas. Ni me contestó ni me las devolvió. Vaya. El jueves, justo antes de tomar el tren nocturno en el que viajé durante toda la noche hasta llegar a Sants, llamé otro par de veces. Tampoco supe nada. Vaya vaya. El viernes, a mi llegada, estuve llamando durante  buena parte de la mañana, ni demasiado pronto para no hacerle madrugar innecesariamente en caso de que aún durmiese, ni demasiado tarde porque me cansé. En ese momento no estaba al tanto de sus horarios y preferí ser cauto como muestra de consideración hacia él. A la tarde, por fin, recibí una llamada de un teléfono que no figuraba en mi agenda, era él. Llamaba desde el teléfono de la ex de mi examigo para pillarme por sorpresa. Vaya vaya vaya.

Su tono de voz caía cordial desde el satélite y rápidamente me puso al tanto de su vida. Trabaja como, bueno, puntualizo, es mozo de escuadra, policía de la Generalidad de Cataluña. Está casado con la ex de mi examigo y ha tenido una hija con ella. Trabaja por la noche, cuida de la nena por las mañanas mientras ella va a trabajar al aeropuerto y duerme el resto del día hasta la hora de volver al curro. Yo tomaré el tren de vuelta el domingo por la mañana. Vi peligrar este pequeño reencuentro en nombre de los viejos tiempos que se me hacía tan emocionante y grato. No había compromiso en cualquier caso, por supuesto, tan sólo intención y una buena dosis de curiosidad de la que mató al gato. Aún así prefería verle ya de estar aquí, una vez en tantos años.

Al final quedamos en vernos durante su horario de trabajo. Se le ocurrió que me acercara después de cenar, si me apetecía, hasta donde él patrulla esta noche. Como va de paisano en el coche camuflado puede acercarse hasta donde yo le diga, vernos y tomar algo. No puse pegas. Además, como de pasada, me reprochó el no haberle llamado con un poco más de antelación para poder haber organizado mejor el reencuentro. Le conté lo de las llamadas desde el martes, negó haberlas recibido. Casualidad.

Tengo sueño, llevo todo el día andando de aquí para allá por la superficie de la ciudad y por los túneles del metro, recorriéndola de cabo a rabo para visitar y revisitar obras de Gaudí, calles, museos y restaurantes. El coche camuflado ha debido pasar junto a mí sin que me diese cuenta, porque me están silbando desde la acera de la esquina con Gran Vía, a mi derecha, junto al semáforo. Cruzo yo. No le he visto llegar pero ahí está. Sonrío.

Estrechamos la mano, qué pasa tío, ¿no me has visto pasar?, ¡cuánto tiempo!, blablá. Me cuenta de nuevo su pequeña historia, la gran historia: que está casado con ella, que tienen una hija de año y pico, su horario de trabajo, que sigue jugando al fútbol y acude a entrenar y que por eso ha sido imposible quedar a otra hora, que siguen visitando la ciudad donde yo vivo de vez en cuando porque, al fin y al cabo, los abuelos de la pequeña viven allí. Le interrumpo mientras continúo sonriendo, le pido que la próxima vez me avise, que me llame, podemos organizar una visita y podemos cenar juntos, yo invito. Sí, sí, no hay problema, me contesta, la próxima vez te doy un toque y te digo oye tío, estoy por aquí por el Corte Inglés o por donde sea y tomamos un café. Suelto el aliento contenido. Claro hombre.

Seguimos hablando de su niña, del carácter que tiene, a quién saldrá, de que la abuela le aconseja que lo que tiene que hacer con ella es lo que ella hacía con él, darle una torta a tiempo. El árbol se endereza de pequeño, que decía mi abuelo. Va no es plan. Sí, supongo. Como ambos sabemos que no tenemos demasiado tiempo la conversación va dando botes.

Trabaja de noche. Barcelona es una gran ciudad: inmigración, prostitución, descuideros, etcétera. Le pregunto qué tal lleva el curro. Bien, bien, es lo que hay, zanja. Hay mucho carterista, me dice, tenemos mucho curro porque además de la plantilla habitual los días de partido de fútbol acuden en masa los moros de otros lugares para hacerse dos o tres carteras aprovechando el barullo de la capital y largarse. También me habla de los inmigrantes que venden ilegalmente comida y bebida en la calle durante la noche mientras me señala uno que pasa a unos metros por detrás de nosotros con una bolsa grande bien agarrada en la mano. Lo esconden en las papeleras y están todo el día así, me explica. Parece contrariado. El dinero no se queda aquí, continúa, no sé si se refiere a España o a Cataluña en concreto, se va pa Pakistán o vete tú a saber dónde. Parece ser que hoy mismo ha estado hablando con uno de ellos que le ha especificado cómo de los 1500 euros que gana aquí en España trabajando como un burro en trabajos de mierda, él se queda con 500 para vivir miserablemente y el resto, los otros 1000, detalla a pesar de que la resta es sencilla de hacer, se los envía a su familia en su país. La prueba irrefutable. Bueno, le digo en un momento que creo oportuno y sin poder evitarlo, a su manera están recuperando algo de la riqueza que extraen los países del primer mundo en sus países de origen sin dar apenas nada a cambio, ¿no? Sí, está claro, me dice desviando la mirada hacia uno de los escasos coches que cruzan la Gran Vía a velocidad moderada. Sí que está claro, sí.

De vez en cuando monta en el coche camuflado a alguno de sus colegas del barrio y lo pasea por las zonas que él patrulla (es lo que hay) noche sí noche también. Autosuficiencia, orgullo, hasta un poquito de desprecio, manteniendo la mirada con mucha fuerza: convicción, mientras me relata cómo no les quedan ganas de repetir el paseo cuando ven lo que ven. No sé, pero me da la sensación de que con poco disimulo me la está lanzando como si nada, puede que sea cosa mía pero creo que, sin argumentar por supuesto, acaba de exponerme a una tesis rotunda sobre la deuda contraída por la sociedad civil con los nosemuybienporquiéndenominados vigilantes o veladores de la ley y el orden. La mierda inunda las calles y ellos cuidan de que no se cuele bajo la puerta de nuestros confortables hogares (a medio pagar) y ensucie nuestro salón de madera contrachapada y aparte nuestra atención de la pantalla plana de un trillón de pulgadas.

Nota mental (que olvidaré): pedirle su dirección de correo electrónico y enviarle un enlace de descarga de Watchmen, de Alan Moore, el cómic.

La verdad es que tras estos años y en el tiempo de nuestra conversación me voy dando cuenta de que él no habla como hablaba, de que estoy frente a un desconocido. Debería haberlo previsto. Por expresarlo de alguna manera, creo que conversando con él esta noche me siento como alguien que regresa a su hogar y encuentra todas las puertas de la casa en una disposición diferente a la que recordaba, lo que le obliga a explorar de nuevo lo cotidiano y le cuesta atizarse algún batacazo que otro a la que se descuida dentro de su propio recibidor. Dudando del recuerdo, sinceramente, no sé si alguna vez estuvieron ahí o no las dichosas puertas.

Como estoy verdaderamente cansado, el sueño me está distanciando un poco de todo lo demás y cada vez hace más frío, apenas hablo. Él menciona, no sé muy bien a cuento de qué, que van a repetir, él ella y la nena, la nena ella y él, un viaje por los Estados Unidos, el Gran Cañón, un crucero por la costa oeste. Una pasada, tío.

Bueno, que si vas ya sabes, me das un toque y venís a cenar. Sisí yo si voy te digo estoy por aquí y lo dicho. Pues nada, saluda a tu mujer y dale mi enhorabuena por la pequeña. Sisí, de tu parte, tengo que seguir trabajando, que tengo al compañero esperando en el coche ahí delante. Yo me voy a dormir que es tarde y ahora soy abstemio total. ¿Ah sí? Parece muy sorprendido, más afectado que en el momento en que por primera vez en más de 6 años nos volvíamos a mirar a los ojos.

Nos damos la mano enérgicamente pero no de la manera tradicional, abajo, con el codo extendido, sino a la altura del pecho, con él doblado y las manos entrelazadas como para echar un pulso, a lo rapero, a lo barrio. Está en forma, no como yo.

Venga, nos vemos.

cerebro

Escuchad. A partir de hoy todo es susceptible de ser considerado un acto creativo. Es terrible.

¿Qué pasó?

Acaban de abolirlo. Han abolido el acto creativo. El integrismo se ha salido con la suya. Dicen que sólo Dios puede crear. No las personas. No me lo puedo creer.

Al final han conseguido establecer esa gran chorrada como paradigma universal. El pretexto perfecto para controlar definitivamente nuestras sociedades. Sabíamos que ocurriría. Por muy imposible que pareciese. Sabíamos que acabaría ocurriendo.

Qué queréis que os diga. No es nada nuevo. Lo anunció j074h4ck3r a finales del siglo XX. Lo tacharon de loco. Claro está. Impregnaba cada una de sus obras. Una pequeña minoría siempre hemos creído en ello. Así fue como surgió el Creativismo como movimiento contestatario frente al control de la elite de poder mediante la explotación de lo irracional. Todos los creativistas nos hemos guiado por lo que j074 escribió en aquel entonces. En aquella circunstancia tan diferente. Eran otro tiempos pero. Hemos confiado tanto en su formidable intuición. Hoy por fin ha sucedido. De qué nos sorprendemos ahora. De qué. ¿Me lo queréis explicar?

¿Pero qué hacen los l4nz4d3r45? ¿No se supone que esto no iba a llegar a pasar? ¿No se suponía que ellos velaban por nosotros? ¿Que lo tenían todo controlado? ¿Que esta mierda no era más que una puta fantasía conspiranoica de mentes perturbadas? De radicales. Toda la puta red contaminada durante más de medio siglo con sus eslogans impactantes y frases grandilocuentes que nos convencían a todos de su buen juicio y se van a quedar de brazos cruzados ahora que es cuando deben dar la cara y hacer algo? Que ya debieran haber hecho.

No te pongas nervioso. Está muy claro que a estas horas estarán trabajando mucho más de lo que crees. Habrá alguna explicación. No puede ser tan grave. ¿No estáis sacando un poco las cosas de quicio?

¿Sacar las cosas de quicio, dices? Joder. No es suficiente con hacernos follar monitorizados. Estoy hasta los putos güevos de comerme la olla sabiendo que una puta IA se pasa todos y cada uno de sus ciclos supervisando cada tiempo de Plank de mi vida íntima y quizá decidiendo si soy un pervertido propenso a la felación, la sodomía, la composición literaria o la programación cuántica como si todo ello fuera sinónimo  y apuntase a un degenerado un terrorista o al puto Terminator. No sé si me indigna o me desmoraliza. No lo sé. Creo que estoy abatido por ambas emociones hasta tal punto que me siento incapaz de pensar con claridad. ¿Irónico verdad? Consiguen detener mi mente. Paralizar mi inteligencia simplemente a base de miedo. Hijos de la gran puta.

El hecho al que hay que prestar la debida atención es que sus putos guardianes cibernéticos presuntamente inteligentes decidirán si te estás explayando demasiado mientras hablas o silbas. Lo que sea. Ellos velan por la seguridad. Son infalibles y su moralidad está fuera de toda duda. Al menos para la mayoría de las personas. Gente normal. Ya sabes. Eres vigilado y el desastre puede llegar por cualquiera de los actos que cometas en tu vida.  Así puedes definir tu vida. El conjunto de actos que cometes y que, de ser descubiertos, puedes conducirte a  la extinción. La situación es ésta. Así es. A esto hemos llegado. Todo. Absolutamente todo lo que hagas a partir de ahora puede clasificarse de composición creativista y en la medida que eso ocurra serás acusado y condenado de un nanosegundo para otro. Así es. Repito. A esto hemos llegado. Y no de un nanosegundo para otro.

Como siempre las grandes olas que acaban con todo se ven venir en la distancia. Pero a la mayoría el horizonte les confunde. Les hace pensar que son pequeñas olitas con las que pueden tratar. Animan a sus hijos a meterse en el mar y esperar a que lleguen para jugar con ellas. Confiadamente. Además creo que piensan que, al fin y al cabo, sólo se trata de agua. Si das la alarma nadie te hace ni puñetero caso hasta que es demasiado tarde y la ola está encima y ya  no hay nada que hacer. Creo que estoy divagando. ¿Os dais cuenta?

No. Esa imagen es buena. Tienes razón. Mucha razón.

Bien. Entonces. Si te pillan. Que te pillan. ¿Qué te harán?

Fácil. Te liquidarán sin piedad parapetados tras su tecnología de una manera moralmente intachable y sofisticada. Tu cuerpo seguirá viviendo. Sin ti. No serás tú. Toda la información que puedes considerar que eres tú será formateada y reescrita. Serás reconfigurado de tal manera que desaparecerán incluso tus recuerdos más íntimos y el proceso será tan eficaz que tu conciencia habrá desaparecido para siempre de un segundo para otro. Exactamente igual que si hubieras muerto y otro ser, completamente distinto, acabase de nacer en lo que fue tu cerebro. Probablemente guarden una copia de seguridad de ti si tu perversión es lo suficientemente peculiar para llamar su atención. La cosa tiene gracia. Para que algún chiflado barbudo juegue contigo mientras experimenta con formas mejores de seguir cometiendo su sacra tarea. La cárcel del alma lo llaman algunos teóricos haciendo referencia al viejo Platón. Y creo que tienen razón. Encierro y torturas sin límite durante un tiempo que bien puedes considerar como la Eternidad. Están escribiendo un nuevo libro sagrado. Uno cibernético aún más asesino y duradero que todos los anteriores.

Comprendo. Para ellos es un triunfo que los pone a salvo de culpabilidad. Que los exime del genocidio que van a cometer. Matarte dentro de tu propio cuerpo. Sembrar otra conciencia artificialmente creada. Modelada para la esclavitud. Para la sumisión.

El perfecto asesinato. Tan escalofriante y repugnante que me siento a punto de morir con sólo pensarlo.

Conciencias como conejillos de indias. Esto no puede ser. No podemos dejar que suceda.

Lleva tiempo sucediendo. ¿No te das cuenta? La única diferencia es que a partir de ahora será legalizado. Será aceptado por la masa y será. Bueno. Ya sabes. Ocurrirá en todas partes. A la luz del día o a la de un viejo diodo.

Según como lo veo yo. Quizá no nos salvemos ninguno. Los l4nz4d3r45 no van a ser lo suficientemente rápidos aunque cuenten con gente muy preparada y suficiente tecnología. No tienen reflejos suficientes, nunca los han tenido, su ingenuidad probablemente nos ha condenado a todos.

No. Nuestra ingenuidad nos ha condenado. La de todos. La de la mayoría al menos.

Su aquiescencia que no su fuerza es lo que ha permitido su supervivencia en este sistema.

Sí. Pero hasta cuando.

Hijos de perra. Hijos de la grandísima perra aneuronal. Éste es el uso que quieren hacer del logro tecnológico más importante de la historia del ser humano. Para esto querían ellos desarrollar inteligencias artificiales. Para esto necesitaban algunos los estudios sobre la inmortalidad de la conciencia. Superar el militarismo no fue suficiente.  La gente se confió. La gente. Quizá la solución sea librarse de toda la especie. Muerto el perro se acabó la rabia. El hombre es un lobo para el hombre. Decía Plauto hace muchísimos años. Aunque no sé muy bien qué entendía él en estas palabras.

Deja de decir tonterías. Todo lo que escucho a mi alrededor me hace comprender  su triunfo y nuestro fin. Es nuestro problema. Nos afecta a nosotros. Somos muchísimos más que ellos pero nadie entiende nada. No estamos unidos. Nuestros egoísmos compiten entre sí por pequeños intereses individuales. Vivimos manipulados. La mayoría ni se dan cuenta de ello. Es nuestro problema y no le veo fácil solución. Más bien ninguna.

Sin embargo para la elite todo esto no es más que una buena solución susceptible de ser mejorada. Eficacia al cien por cien. Sus manos se estrechan cordiales y sus caras irradian duras sonrisas de triunfo. Puedes apostar por ello.

Bueno. Dejadlo ya. Prestad atención. Tengo algo que deciros

¿En serio? Habla tú en serio a ver qué dices.

Sí. Cuenta.

Conozco a un ingeniero audaz y muy especial. 57411m4nn. Quizá os suene. Lanzó Kraken. ¿No os acordáis? Aquel programa que causó tanto revuelo hará como una década. Ahora trabaja con otros como él. Que no son demasiados. Él y su grupo cuentan con algo muy potente y están a punto de lanzar la primera versión estable.

¿De qué se trata? No nos habías comentado nada hasta ahora.

Ya lo sé.

Se trata de una nueva IA. Una especie de metainteligencia muy compleja. Algo me explicó pero a pesar de mis conocimientos sobre este campo puedo aseguraros que no me enteré de mucho . Dejémoslo en que tienen una IA muy potente y especial. Algo colosal. Ni siquiera puedo llegar a imaginar que hayan sido capaces de hacer ellos todo el trabajo que se supone que un reto así conlleva. Han de contar con avances  teóricos que aún no se conocen en los círculos oficiales. Imposible de otra manera.

¿Una SuperIA? ¿Que un pequeño grupo ha sido capaz de ensamblar una IA? ¿Una de verdad?  ¿Y encima no una cualquiera sino la madre de todas las putas IA? ¿Te estás quedando con nosotros? Porque conmigo.

Es algo increíble lo que vi la última vez que estuve con él. Yo también pensaba que era imposible. Pero más imposible es lo que me mostraron en su laboratorio.

¿Qué viste?

Es letal. Letal. Para ella eliminar guardianes y romper las cárceles del alma. Como las llamas tú. Es tan sencillo como resolver un viejo sudoku. Es indetectable. Como si no existiese. Llega. Actúa. Nunca ha estado. Como un fantasma.

Eso es imposible.

Lo era. Ahora ya no. ¿Os dais cuenta lo que ello puede significar? Mientras todos nosotros perdíamos el tiempo con filosofías y quejas alguien ha desarrollado un guerrero perfecto. Un guerrero que puede desmantelar este podrido sistema cuando todo parece perdido. Aún queda una esperanza. Siempre queda una esperanza. Lo importante es no quedarse mirando. Hay que hacer algo. No importa lo difícil que parezca. Eso han hecho el tipo ese y su grupo. Lo que yo he visto y hasta donde he podido llegar comprobado dice que no es imposible. No obstante.

Qué.

Nada.

Bien, entonces mañana nos presentarás al nuevo doctor Frankenstein y a su fantástica criatura.

Sí, no hay problema.

llegarse a buda

El campo un prado fresquísimo para él. Árboles y manzanas nacidas en los árboles pequeñas a lo lejos. Huerta veraz en la ladera. Y las nubes rompiendo sobre las cimas acantiladas de las montañas no muy lejos. Los pájaros como los delfines. El sol como el sol.

Mario pone una cerca pequeña que lo rodee con las herramientas necesarias cargadas sobre el hombro. Mario ha pintado la casa un poco a su aire. Bonita para él. Mario plantó las matas de fresas y recoge fresas para disfrutar bebiendo su pulpa en batidos.

Ella no se fue con él cuando él vino a vivir. Ella habita en la orilla de las ciudades un poco a la manera de los demás. Se dirige según la luz de los semáforos. Tampoco le echa de menos.

La cerca está casi puesta porque queda preciosa y la puede saltar hasta el pobre Mario tan cojo como anda. Equilibrándose a saltitos. Es blanca pero nadie recordará su color porque es preciosa y da lo mismo el color de la pintura. Se recordará mejor la valla bonita sumergida en las fragancias exóticas del campo. Los animales sueltos. Todos. Lo saben. Pasan sin ningún cuidado a través de los travesaños o rascan el lomo. Los que tienen lomo. Con mucha naturalidad sobre la hierba en la que Mario sembró la valla.

Jamón con pera para desayunar. Leche y fresas en batidos a cualquier momento del día. Manzanas y tomate y guisantes verdes por las tardes. Cada manjar recogido en la estación, como las primas que llegan al pueblo de veraneo. Comida sin plato y bebida en cuencos de arcilla viva cocida para amabilizar el beso.

Tratos muchos con sigo mismo y de vez en cuando con alguien que se acerca bienvenido para que lo sienta. Poca voz amable y viva que no repite. Tragos generosos de saliva combinada con bocados de viento y aromas de sazón.

El sexo en todos los momentos con ella. Lomo de ardilla. Mirada profunda de horizonte. Sexo de tierra húmeda. Carne de luz brillando y horneando la piel de Mario de tronco de árbol viejo y vivo.

Mario ha dorado su inteligencia adorada a la luz llovida de la luna. Pero sin hablar con la luna. Conversaciones solipsistas con su inteligencia de mutuo acuerdo. Y los momentos más íntimos. Grabados sobre papel de impresora. Recorren a su modo velocidad de la luz a gentes de futuro que no le conocerán por leer lo escrito. Deseando contagiar para que lean lo leído de Mario.

Una obsesión como ser todo a la vez pero la mejor manera de morir.

Requiem

Una bandera, considerada de otra nación, pende con orgullo, sucio y agujereado, coronando un mástil y, junto a unos tanques amostrencados, forma parte de la conjura que escribe con renglones de sangre, una vez más, otra, las que por lo visto hagan falta, la historia de la pequeña ciudad de Laviat.

Sobre el crepúsculo escarlata y negro que atormenta el valle se reflejan, una vez más una vez más, las miserias de la guerra, otra guerra, otra más, muy presentes para todos los actores que, a sueldo o por cojones,  animan la farsa que otros, unos pocos, la elite, han orquestado con maestría. El arte de la guerra: planificado beneficio propio e irreversible desgracia ajena. Precio más bajo imposible.

Serpeando por los caminos que deshilachan las colinas, se encuentran los patriotas ulatchos, por fuerza desparramados pero tozudamente empeñados en retomar la población para su bando. La desesperada guarnición lafasunia que permanece en ella resiste y se fortifica, alerta en todo momento, sin otro remedio que prepararse para encarar el sangriento advenimiento de la noche, triste destino de los sitiados, mientras no lleguen los refuerzos y espanten a los sitiadores.

Fue el eco de un disparo, la señal que da la salida a cada bala ciega en busca de carne, lo que despertó a Vortep y lo arrancó por la fuerza de la breve siesta. Harto de cansancio, se había quedado dormido haciendo guardia, recostado contra el tronco de un avellano, frente a su camarada Vechilay.

-Te has quedado dormido, amigo, ¿con qué coño soñabas, tú?- murmuró éste con sorna, por si el otro, aún medio dormido, no había captado el doble sentido de sus palabras, mientras continuaba mirando, a la vez indiferente, hacia las casas de los arrabales de la pequeña población, allí abajo, en el fondo del hermoso valle. Hermoso en primavera, en verano, en otoño, en invierno, hermoso incluso en la guerra. Vechilay permanecía hipnotizado mientras contemplaba cómo los edificios se iban desdibujando en la negra noche sin luna, tan propicia para la emboscada. El firmamento es gélido, pronto será también negro y estrellado, luego las balas trazadoras, las explosiones, los fuegos, las órdenes, los gritos, los alaridos lo convertirán en una fiesta salvaje de la que no regresarán todos a casa para vivir la resaca.

Durante un instante, justo lo que ha durado el sobresalto por el estampido que lo despertó, Vortep ha creído estar donde no está, sentado en su pequeño negocio, muchos kilómetros, cientos, al sur de estas colinas, estos bosques y este valle que desconocía hasta ayer mismo. Ha estado soñando, y en su sueño se encontraba sentado de nuevo, como si nunca hubiese dejado de hacerlo, en la cocina de su restaurante, disfrutando, como cada mañana, frente a las grandes cazuelas y fuentes, aún vacías, dispuesto a servir en ellas todo aquello que sus manos preparaban con tanto amor y dedicación, como siempre, con la esperanza de verlas regresar del comedor vacías de nuevo.

Escuchó, y entendió, la pregunta, pícara, masculina e infantil, que su compañero le había hecho hacía un instante, pero no sonrió, se limitó a quedarse como estaba, sin hacer un gesto, manteniendo la postura como un cadáver, permitiendo que su mente paladeara, tristemente, su añoranza. La placidez del sueño se había desvanecido por completo, como el sol. Todo lo que quedó fue una amarga resignación. Nada más.

-Antes de la guerra…-, comenzó a decir, -se comía muy bien en mi ciudad-. Calló, y sin decir nada más, apenas desembarazado del susurro de su voz, bajó la cabeza intuyendo sus manos en la oscuridad. Sus manos, sus queridas herramientas, junto con su cabeza, instintivamente llevó una de ellas sobre el arma que le habían asignado, recostada también en la negrura del suelo en mitad de aquella espesura.

-Sí- murmuró Vechilay secamente, distrayendo su atención momentáneamente de aquellas casas a las que le habían ordenado no quitar ojo. -Se comía muy muy bien, en la mía también, ¿sabes?. No sé qué cojones- continuó- hacemos aquí, yo tocaba el acordeón-. Calló. -Mi ilusión- continuó -fue siempre la de tocar el piano-. Calló. -Mis padres no tenían dinero para pagarme las clases- continuó -y yo no tuve la suficiente fuerza de voluntad-. Calló. -Mi preferido- continuó- ha sido siempre Tchaikovsky-. Calló. -Qué se yó- continuó -, a veces fantaseo y me dejo llevar imaginando en quién habría podido haberme convertido de haber sido todo de otra manera, quizá sería mejor decir de haberlo hecho todo de otra manera. No se me da nada mal, ¿sabes?, la música, me refiero-. Calló. -Debí dedicarme a ello- continuó -cuando pude, cuando aún era un niño sano, alegre y muy revoltoso, que imaginaba mucho más de lo que luego hacía, de lo bueno me refiero, porque de lo malo lo hacía todo y sin pensar, era muy travieso. Ahora ya da lo mismo-. Y calló.

Allí, en mitad de aquella guerra, cuyo sentido les era imposible comprender, al pie del cañón, cuajaba en ambos una sensación de abatimiento difícil de describir, más aún de combatir, de paliar. A menudo caían, no sólo ellos, sino todos junto a los que combatían, en estados de ánimo depresivos que se empeñaban en ocultar, para algunos era más fácil que para otros, educados como hombres a reprimir sus sentimientos desde la infancia, a no mostrarse afectivos, a no llorar, sobre todo a no llorar. Patria y honor, sí, lágrimas, no, que son de maricones.

Tampoco se vivía tan mal antes, solían comentar, al menos no tan mal como para lanzarse a matar y a morir, concluían. A cientos de kilómetros del hogar. A desconocidos. La guerra es para quien le interese, o para desesperados, más que para bienintencionados y pequeños fanáticos, o simples egoístas, ingenuos y confundidos. Pocos o ninguno disentían, y los que lo hacían carecían en sus réplicas de capacidad de convicción porque, sencillamente, aquellas grandilocuentes palabras entonadas con tanta alegría camino del frente,  que animaban a cada hombre y mujer a la barbarie en nombre de tal o cual ideales, no justificaban nada por si mismas cuando no eran coreadas por la masa, carecían de razón y, en las circunstancias en que se encontraban ahora, escuchadas nuevamente, servían nada más que para describir la locura desnuda que las acuñó. Incluso cantadas en himnos, entre tanto desastre no eran otra cosa. Venceremos, pero no convenceremos.

Vortep miró una vez más su manos invisibles en la oscuridad. Pensaba. Pensaba que a todos los que quedaban después de siete semanas de combates, de dolor, y muerte, y rabia, y desesperación, y miedo, les había de inundar la misma sensación que a él. Derrota. Completa derrota. Tanto perdido en tan poco tiempo. Con una lucidez intensa y deslumbrante su ocurrencia se le presentó como una evidencia inexpugnable, absoluta, clara y universal.

-¿Sabes?-, comenzó a decir a su compañero -una vez compré un ambientador para el comedor de mi restaurante, uno que me gustaba mucho, no recuerdo el nombre de la fragancia, ni de la marca, es como si hubiese ocurrido hace muchos años, no lo recuerdo en absoluto, pero-. Calló.

Con los ojos empapados por las lágrimas, pero una sonrisa muy abierta en su cara y unas incontenibles ganas de vivir, Vortep se levantó, cogió su arma, la lanzó todo lo lejos que pudo y comenzó a ascender por la ladera. Vechilay, sorprendido por el arrebato de su camarada, lo llamó varias veces, pero Vortep no pareció, o no quiso, escuchar. Uno a uno, los soldados con los que se iba cruzando en su ascensión le llamaron por su nombre, los que lo sabían, y le advirtieron en voz baja o incluso a gritos para que se detuviese y agachase la cabeza, pero él los ignoró a todos. Tan decidido iba.

Un poco más arriba, donde el bosque clareaba y la lejana luz de las estrellas dibujaba, como siempre había sido, una maravillosa vista del universo, un francotirador hizo un disparo y acabó con su vida.

Otriverso | Parte Tres: O la muerte

Parte Tres: O la muerte

¿Cuánto tiempo había transcurrido desde que comenzó esta estúpida alucinación? ¿Un par de minutos, quizás? ¿Un poco menos? ¿Quizá más? En ese momento de determinación y de fuerza, la alucinación le pareció estúpida, no por frivolidad sino por ira. No se trataba de una (jodida) película estadounidense. Lo que estaba sucediendo le estaba ocurriendo a él, a Manu en persona, iba muy en serio y los diálogos frívolos y las verdaderas estupideces altisonantes no pintaban nada en el discurso de su mente, expresado o no de viva voz.

Adoro la palabra, la obra y la omisión.

Quiso tomar la palabra y dirigirse a su camarada sin demorarse más. Esa fue su intención, con determinación, solucionarlo ya, pero en el momento en que se disponía a comenzar a hablar, en que lanzaba su baza para alcanzar un acuerdo triple entre él, la llanura invadiéndolo todo y su amigo Dei, justo en ese momento, como preparado por un inteligente maestro de ceremonias que estuviese orquestando la sucesión de los hechos, para darle mayor efectismo a cada giro en el argumento, justo entonces, en ese preciso instante, dejó de escuchar la ciudad.

No más voces. Chico, chica, niña, niño, niños, mujeres, mujeres, hombre, hombre, mujeres. No más motores. Camión, coche, coche, coche, moto, coche, furgoneta, coche. No más efecto Doppler en vehículos que vienen y se van. No más vehículos que se detienen con prudencia o bruscamente sobre el pavimento mojado. No más susurro continuado de pedacitos de nube condensada estrellándose contra todo. No más neumáticos prolongándose sobre los charcos de la calzada. No más katiuscas ni zapatos empapados golpeando por las aceras y pasos de cebra. No más prisas ni parsimonias en aquellas calles.

Al abrir la boca y exhalar el aire de sus pulmones a través de las cuerdas vocales, no más él. Lo intentó una vez y otra, y otra más, hablar, decir algo, pero nada, no más él.

Todo sonido proveniente de aquella ciudad que se adentraba con bullicio en la húmeda nocturnidad, que acabaría prácticamente por silenciarla, había sido reemplazado en sus oídos, en su mente, por otra cualidad sonora que también se oía alto y claro.

Manu no se escuchaba ni a sí mismo a través de sí mismo, el sonido de su propia voz a través de  huesos y cavidades. Sin embargo, multitud de frecuencias llegaban alto y claro a sus oídos, a su mente, tan alto y tan claro para él como una tormenta de verano descargando su talento sobre un páramo desierto, donde nadie puede escucharla. Un sonido total, sin intersticios, tan inmenso como si fuese la nada lo que lo produjese, incomprensible, tan evidente y desconocido que ni aún frente a frente pudiese el pensamiento concebirlo como real, como existencia.

Estas frecuencias que habían reemplazado los sonidos familiares de la ciudad también se veían afectadas, de nuevo y para no variar, por esa falta a la ley de causalidad que todo, en el universo llanura, padecía sin excepción. Dicho de otro modo, ninguno de aquellos nuevos sonidos se correspondía con nada de lo que Manu veía, y esto, lo que el pobre desdichado de Manu estaba viendo muy a su pesar, la llanura, a su vez no parecía emitir sonido alguno.

Un sabor nuevo e indefinible reemplazó el de su amargura al ir cobrando conciencia de ello.

Un escalofrío lo recorrió de pies a cabeza, el epicentro hondo en su pecho. Su piel y su olfato, que es bastante más que decir su tacto y su nariz, aún seguían allí, en aquella ciudad que ni veía ni escuchaba. El hecho de concebirla como un allí lejano y pretérito, y no como el previsiblemente contemporáneo y habitable aquí, evidenciaba que, inconsciente pero irreversiblemente, Manu estaba aceptando su definitiva expatriación, que seguía el curso de aquel proceso hasta el final incierto, que se resignaba a la reubicación, mórbida o no, dejándose llevar, cayendo, habitando el delirio para permanecer en él.

Manu gritó y gritó sin oírse a sí mismo y sin saber a ciencia cierta o incierta si se estaba haciendo escuchar por Dei. Dei también parecía estar gritándole algo, gesticulaba descompuesto, quizá enfadado, quizá también sin poder saber de ninguna manera, que es otra forma de decirlo sin mencionar la certeza, si éste a su vez se estaba haciendo escuchar por Manu.

Al cabo de un instante se produjo un cambio, una sensación de percepción intraducible. En la cara de Dei, observó Manu, todo rastro de vida se detuvo y, durante unas milésimas de segundo, su rostro inanimado se mantuvo mirándolo fijamente, concentrada toda la acción en unos ojos que devoraban lo que veían como bocas de tiburón.

Dei adelantó sus manos respecto al resto de su cuerpo y se abalanzó sobre Manu sin que éste tuviese tiempo de reaccionar y evitar el encontronazo. Manu esperó la llegada del golpe reaccionando bruscamente, cerrando los ojos mientra tanto, pero esto fue algo que no tuvo lugar, no chocaron él y su amigo.

La sensación de duda permaneció en él sólo un momento fugaz, otra minieternidad acumulada.

Tres o cuatro movimientos leves fueron suficientes para salvar ese territorio difuso que separa la ignorancia del convencimiento, ambos absolutos, y evidenciar que ambos, él y su amigo, como dos espectros de colores, ectoplásmicamente encajados el uno en el otro, ocupaban prácticamente el mismo espacio en el mismo instante en algún lugar de aquel luminoso abismo horizontal, la llanura.

Como dos fantasmas.

Sus emociones: una muy fuerte impresión sí, sorpresa ya no.

Pero, ¿él o yo? -, acertó a pensar.

¿Él muerto o yo muerto?

Yo muerto. Seguro.

Otriverso | Parte Dos: La llanura

Parte Dos: La llanura

Dei abría la boca para saludar cuando advirtió el gesto de su colega, extraño, impropia reacción, nada habitual. Lo vio cerrando los ojos con fuerza tras haberse quedado embobado unos instantes.

Y a éste qué le pasa.

Manu permanecía con los ojos cerrados, muy apretados los párpados mientras un gesto como de nausea desfiguraba poco a poco su cara al irse pronunciando. A pesar de que Dei había comenzado a llamarle por su nombre éste parecía no reaccionar, seguía así, ausente, atacado por algún mal repentino, pensó, quizás. Cuando llegó a su lado, en el punto exacto en que su cerebro se debatía para resolver la indeterminación de si todo aquello era tan sólo una broma o si acaso era algo más serio, un ataque o algo así, Manu abrió los ojos de golpe y se quedó mirándolo fijamente, tanto como una estatua a través de su fotografía. Se asustó.

Estaba pálido, muy pálido. En su rostro se había renderizado el miedo en cuestión de milisegundos, un miedo como nunca había visto Dei en rostro alguno. Sin querer imitarlo lo hizo, lo imitó en su propia cara y su gesto reflejó de esta manera una réplica casi exacta de la expresión facial de su amigo. El miedo es muy contagioso.

Bruscamente Manu giró todo su cuerpo, revolviéndose como un animal herido. Fue un espasmo que fue a dar consigo contra un hombre de bigote que caminaba con determinación, la cabeza gacha y ensimismado y que acertaba a pasar junto a él en ese momento, preciso o no.

El hombre se giró, miró con desconcierto hacia el motivo de su vuelta al mundo real y retomó su camino y su actitud al darse cuenta de que aquel chico que le había golpeado no parecía muy normal. No había más que mirarlo. Quizá la actitud correcta en este caso hubiera sido la de interesarse por él, haberle preguntado si se encuentra mal, si hay algo que uno pueda hacer, haberle ayudado. Pero el hombre quizá pensó que haciendo todo eso probablemente se metería en problemas, que al fin y al cabo a él la vida de aquel desconocido ni le iba ni le venía y que, en todo caso, metiendo las narices donde nadie le llamaba se entretendría y llegaría tarde a casa, causándose una molestia evidente e innecesaria. Justo castigo a la falta de sentido común. Quizá no.

Mientras aquel hombre se alejaba como si nada hubiese sucedido, Manu, para el que ciertamente nada había sucedido, pues no se había dado ni cuenta del encontronazo, comenzó a mirar alternativamente hacia los chicos, que seguían en la esquina con el balón, y hacia Dei, cada vez más perplejo apenas a un par de metros de donde él se encontraba.

Perplejo, por momentos helado de miedo, desorientado en todo caso y completamente dominado por la curiosidad se sentía Dei.

Pero Manu, ¿qué te ocurre, tío?

Entretanto, la mirada de Manu recorría un paisaje que su cerebro se empeñaba en considerar simple y absolutamente como imposible. Aquello no podía estar sucediendo, se dice.

No creo lo que veo. Loco, loco, locura, esto es una locura, esto es una puta locura, estoy loco, no puedo estar loco, es imposible, imposible, imposible, esto no puede estar sucediendo, yo no estoy loco, esto qué es, por qué me tiene que estar pasando esto a mí, quién me ha hecho esto, de quién es la culpa, que se acabe ya, que se acabe todo esto de una vez, basta, basta de una vez, basta, basta, basta, basta, por favor, por favor, por favor. Por favor.

El parque, los chicos, la pastelería, todo seguía allí, allí en su lugar, allí donde debían estar, allí donde siempre habían estado, donde su mente recordaba que habían estado el instante anterior cuando, a punto de cruzar la calle hasta el portal de su casa para ver aquel partido ya empezado, tumbarse plácidamente en su sofá y apurar un par de cervezas o tres hasta la última gota, Dei le llamó.

Todo permanecía. Era la pura realidad. Él, él, nunca se había detenido en sutilezas cursis, nunca se había parado a pensar qué complicada ley natural o extraña ley divina era la garante de que el universo se comportase de aquella manera siempre, siempre sin excepción, su dignidad quedaba por encima de todo aquello. Que las personas, los coches, las casas, todo en su sentido más absoluto, no se desvanecieran de un instante para el siguiente, desapareciendo, como devorados por agujeros negros invisibles, teletransportados por genios todopoderosos y sumisos o fulminados por la ira de algún Dios iracundo, pendenciero y cruel. Manu no solía complicarse la vida ensuciandose las manos con problemas relativos a matices filosóficos tan poco prácticos como irresolubles. A tomar por culo con la filosofía y la mecánica cuántica ¡por el amor de Dios! Él, en el peor de los casos, vivía bajo los designios de un Dios indiferente que no andaba poniendolo todo patas arriba cuando le daba por ahí.

Un paisaje imposible. Sin casas, ni gente, ni límites definidos que mediasen entre lo que había sido y lo que era. Las aceras por donde caminaba los transeuntes, las señales de tráfico, los coches que circulaban, los que estaban aparcados, el asfalto, los charcos, habían desaparecido. Todas las cosas del mundo, a partir de un metro por delante de su amigo habían sido sustituidas. Dei se mostraba ante los ojos de Manu incrustado hasta las rodillas en algo semejante a un suelo aparentemente sólido pero que no le impedía moverse ignorando el relieve, algo que no podía ser. En su lugar, en lugar de aquel mundo real indiscutible hasta hacía tan sólo unos instantes, abarcando casi la totalidad de su visión y hasta donde alcanzaba la mirada, se extendía una llanura suavemente iluminada y vacía, de ligera pendiente y apariencia sintética, artificial.

En un momento, la pandilla de chicos de la esquina, que aún se encontraban en lo que Manu consideraba el mundo, el mundo real, su mundo, se despidieron y se fueron distanciando unos de otros. Algunos atravesaron la zona difusa y se adentraron en la llanura que conformaba el otro lado para desaparecer poco después.

Los límites entre ambos mundos, el real y el otro, eran del todo incomprensibles para Manu, ni siquiera hubiera podido haberlo descrito si alguien se lo hubiese pedido. No obstante, nadie lo hacía, todo el mundo se comportaba con naturalidad, como si tal cosa. La gente aparecía o desaparecía en su devenir, bien en la zona límite, más allá o más acá, caminaba por la acera sobre el suelo o atravesaba la llanura, incrustándose en ella o sobrevolándola, sin expresar la menor sorpresa y sin dar la menor sensación de ser conscientes en modo alguno de aquella locura que se suponía estaba sucediendo.

De algunas personas Manu sólo percibía una parte, medios cuerpos, miembros amputados, ausencia de manos o de cuello, pero nadie reaccionaba mas que él, nadie lo hacía. Esto había de ser locura por fuerza, una alucinación, pensó y pensó, aferrándose a la enfermedad, curable en todo caso, para hallar una explicación.

Uno de aquellos chicos del parque, sin cuerpo de cintura para arriba, pasó junto a él aterrorizándolo. Aquellas piernas continuaron caminando, parecía que dotadas de vida propia, sin cabeza que las gobernase. Instintivamente Manu comenzó a respirar con profundidad para calmar el pulso acelerado de su corazón. A partir de ese momento se sintió solo, muy solo, como si la realidad lo repudiase, como si el mundo ya no quisiese saber más de él y lo arrojase lejos, muy lejos de todo lo soportable.

Un instante después el otro lado había tomado el control, casi totalmente, de lo percibido. Él aún podía escuchar sonidos, voces, motores, pasos de aquella tarde y aquella calle de las que ya no quedaba nada visible. Sobresaltado miró hacia sus pies, estaban posados sobre aquella superficie cenicienta y mate, exactamente igual que lo habían estado hacía unos momentos sobre la acera. Por decirlo de alguna manera, eso le tranquilizó pues, al fin y al cabo, era un retroceso en la ilógica idiosincrasia de aquella visión. Posarse gravemente sobre el firme es lo que cualquiera hubiera esperado que sucediese.

Dei aún permanecía, junto a él, viviendo su propia y desconcertada versión de aquel minuto, pues éste aún se encontraba en la calle, mojado, junto a su amigo Manu, sin comprender muy bien qué estaba sucediendo aunque, de hecho, no había sucedido demasiado.

Lo que para uno era el barrio, la calle, casas, personas y coches para el otro era la llanura, leves dunas que brotaban de aquella indefinible superficie cubriéndolo todo hasta el horizonte y que no ayudaban mucho a delimitar aquel yermo.

Llegado a este punto, solo ante lo inextricable, a Manu no le quedó otra opción que la más obvia, comunicarse con Dei.

Otriverso | Parte Uno: Hasta allí

Parte Uno: Hasta allí

Llovía. Sería hacia la  media tarde, larga, estática y llena de calor y vacía de oxígeno de un verano monzónico. La semana había empezado hacía ya tres días, bochornosa y tremendamente ajetreada. El martes cubrió la ciudad un frente de nubarrones tormentosos oscuro e inquietante. Aquellas nubes grises parecían tan cargadas que a nadie le hubiera extrañado ver desplomarse sobre su sombra alguna de aquellas enormes coliflores putrefactas. El mismo día comenzó a llover persistentemente durante toda la tarde. Aún llovía. A pesar de la lluvia las temperaturas no descendieron y la sensación de calor se hizo tan intensa con la humedad que la ciudad entera estaba a punto de transformarse en una inmensa sauna a cielo abierto.

Para Manu era un verdadero esfuerzo y casi un ejercicio de adivinación ver a través de los cristales de sus gafas, mojados por las gotas derramadas por aquel testarudo cielo que no dejaba de manar sobre su cabeza y su ciudad. Sobre su mundo. Regresaba a casa. Pasaba el dedo por ellos una y otra vez como un inquieto parabrisas, con lo que sólo conseguía empeorar la situación. Se encontraba molesto con todo, con la lluvia, con su miopía… la tormenta había surgido de la nada para empaparlo. Algo en efecto previsible debido a la brevedad de los momentos en que escampaba. Los coches habían encendido sus luces porque en un cuarto de hora la oscuridad lo habría cubierto todo y sus destellos se reflejaban en los cristales mojados de sus gafas creando una ilusión incómoda que apenas le permitía ver.

Conforme se acercaba el verdadero anochecer la lluvia fue cesando y la gente comenzó a salir a la calle, incapaz de soportar el calor en el interior de sus casas. En la ciudad no abundaban los sistemas climatizadores, los veranos solían venir cortos y secos y la mayor preocupación era paliar el frío del invierno, mucho más largo y, hasta hacía pocos años, muy riguroso. La opinión generalizada entre los ciudadanos era que el cambio climático lo estaba trastocando todo. Ahora las estaciones eran mucho más parecidas entre sí y llovía sin previo aviso en cualquier época del año, eran más templadas, salvo en años de especial frío o calor, creando una sensación de desorden en el clima que era motivo de conversación más allá de los tópicos sobre el tiempo con los que se rompen los silencios.

Casi había dejado de llover y los pensamientos de Manu se desataban con rabia.

A la gente le jode mojarse… ¡que se vayan al puto desierto!

Nunca le había incomodado que lloviese en verano, grandes gotas cálidas, pero el pequeño diluvio había hecho que su ropa se pegase incómodamente a su cuerpo dificultándole el paso. Además  estaba la cuestión de sus vacaciones. Sabía muy bien que era la economía familiar la que tenía la culpa de que en lugar de pasar estas semanas vagabundeando entre bikinis por la playa se hubiese tenido que quedar en la ciudad a sufrir este verano perverso y desequilibrado. Ni se molestaba en esquivar los charcos más profundos.

Buscó la hora en su reloj, pero la suma del agua de lluvia en forma de gotas que cubría los cristales de sus gafas con la que empapaba el cristal de la pantalla le impidieron leer las agujas. Mezcló la humedad del vidrio con la de la pernera de su pantalón y miró de nuevo.

Ostia -se dijo con suficiente volumen para oírse-, pero si el partido ya empezó. Y estiró sus zancadas y aumentó la cadencia de sus pasos con el cómico resultado de parecer al caminar un espástico marinero de cine mudo.

Se acercaba a la pastelería de la esquina frente al parque, deseaba echar a correr ante la proximidad de su casa, el optimismo le invadió a medida que imaginaba la comodidad durante las próximas dos horas. Su sofá, su cerveza, su equipo jugando y previsiblemente ganando, el refugio absoluto y seguro de sus tópicos.

Miró instintivamente hacia la esquina del parque, donde solían quedar todos los colegas para verse y salir o donde acudían cuando no sabían qué hacer y donde siempre se encontraban con alguien o pasaba algo que hacía que hubiese merecido la pena haber ido hasta allí sin un motivo en concreto.

Nidiós.

Reparó sin apenas darse cuenta en un grupo de chicos que estaban cerca de la esquina a la que sin egoísmo alguno consideraba suya y que interrumpían cada poco a los viandantes con bromas y baladronadas sin malicia. No le sonaban sus caras pero debían ser del barrio, quizá un poco menores que él, pero dentro de ese rango de edades en el que tres años representan en la conciencia un cambio de generación. Jugueteaban con sus teléfonos móviles y con un balón de baloncesto también. Reían y voceaban empapados y sucios como sus propios calcetines. Más aún, quizá.

Del interior de la pastelería emanaba un aroma caliente, dulce y mezclado que distrajo su atención de aquella pandilla. Se encontraba en la esquina, a punto de cruzar la última calle que le separaba de poder entrar al fin en el portal de su casa, cuando oyó que una voz familiar le llamaba por su nombre. Era Dei.

Dei siempre caminaba con grandes pasos y se le acercaba por su derecha, la cara abierta por la sonrisa y los ojos, iluminándola, proyectados sobre él. Manu comenzó a sonreír sin poder evitar una pizca de amargo remordimiento al darse cuenta de que, justo en ese momento, se estaba plantando un obstáculo grato, pero obstáculo al fin y al cabo, entre él y sus planes para ver el partido y beber cerveza tranquilamente. Sin llegar a ser consciente de pensarlo, sin caer en la cuenta de lo maravilloso y agradable que es el encuentro con alguien a quien se considere amigo por el motivo que sea, se transformó en pura intención de saludar al camarada.

No pudo. La curva de sus labios se deshizo bruscamente. Su mandíbula inferior cayó fulminada y sus ojos se dilataron como si quisieran huir a través de las cuencas y arrojarse al vacío. Aún así le servían para reflejar sobre aquel chico que se le acercaba un haz consistente de incredulidad y pánico. En su cara se dibujó, como en la mansa superficie de un lago de montaña, un perfil abrupto y escarpado. Sin duda no podía creer lo que estaba viendo en ese momento.

Hombre

Sobre los prados, pero no sobre los cielos, hay una casa. Y en ella un hombre. Que es azul. Azul porque añora la mar ahora que la tiene lejos. Porque la tuvo a sus pies, a su alrededor mientras estaba sumergido en ella. Y como ahora es todo verde y el verde es muy crudo para él, que anhela el azul del mar, se refugia en la casa apenas reúne el valor de salir a pisar el verde. Dentro de la casa, se dedica a observar con aire embelesado un grandísimo montón de baldosas que, apiladas como están, ocupan más de la mitad de toda la estancia. Las mira con una mirada que parece sustancia, y da la sensación de que algo ha cambiado en el montón cuando, al cabo de muchas horas, deja de mirarlo. De vez en cuando se levanta, mientras su mirada continúa retocando la pila, y se acerca para tomar una baldosa, una cualquiera. Sin importarle cuál, coge una cualquiera en especial. Y a veces la mira mucho y después la estrella contra el suelo. Cuando lo hace no mira los pedazos esparcidos. Ni los recoge casi nunca y por eso tiene su mitad de la estancia plagada de trozos. El suelo no se ve desde hace mucho, y el hombre acumula más años sobre sus años sin recordar el suelo. Que ya no es arena, ni transparencia de azul, sino trocitos con forma de sinforma y el verde.

A la noche de cada día el negro brota de la campiña y se extiende y se extiende hasta alcanzar la casa, y las manos, y el resto del cuerpo del hombre. El negro cansa la vista del hombre y su mirada parece en la noche un espejo de dos caras, que da la realidad a cada una de sus superficies, ignorando la otra por completo. El negro de los ojos para afuera impide al hombre salir de la realidad que anida en su calavera. Allí todo es de azul. Allí todo está roto, como una pequeña inmensa parte del montón de azulejos, en trozos sin intención desiguales.

Pasar toda la noche mirando el hombre de la casa del campo los trocitos azules de su interior le deja agotado para pasear durante el día de luz y de verde. Verde crudo como carne verde cubierta de baba de carne.

Hace mucho que no ve a nadie, el hombre, y como le cuesta tanto pasear tras la cadanoche, no sale a ver lo verde, ni siquiera a mirar el cielo, que le dicen que también es azul.

Porque dice y dice y dice y dice y dice que azul muy azul, como nunca pareció darse cuenta era su mar, y ya no la tiene aunque está, y piensa y piensa y piensa y piensa que el azul del cielo al que nunca llegará la casa ni quién en ella more, será miazul en otro, y en otr… como sucede con su mar tan rememorada que queda cada día tan lejana y más allá y atrás.

Cómo rompe otra baldosa, siguiendo separados, con la vista perdida en la pila.