Dios es porcelana viva – Capítulo 8

Al despertarse alcanza la nada con un gesto inútil y la precipitación por abandonar la pesadilla que estaba soñando le arroja paralizado sobre la cama. El sueño se aleja infinitamente veloz hacia el olvido, pero el cuerpo de Jaime permanece bañado en sudor por el infame remanente que todavía bloquea su cerebro. Su boca está muy seca, dolorida de lo seca. Jaime se encuentra mal y la sensación no se desvanece conforme recupera la conciencia.

Dictada por un tartamudo con nódulos en la garganta va percibiendo la tenue y oscura realidad que lo envuelve, la habitación y los últimos recuerdos. La parálisis se diluye a medida que se le van aclarando las ideas y la sensación de pesadilla cicatriza por fin completamente.

Ve y escucha, oscuridad y silencio.

El cacofónico tic-tac de los cuatro grandes relojes que hay en la casa se pasea por las estancias, animado en la penumbra. A estas horas suena casi aterrador, como un susurro gigantesco.

Al escucharlo Jaime se pregunta por la hora. Se siente dueño del cúmulo de malestares que lo conforman. Al instante obtiene como respuesta el sonido de cuatro campanadas y que acaban siendo dieciséis para abarrotar cada rincón de la casa en silencio.

Recuerda el desmayo y las desagradables circunstancias. Hacia atrás y recuerda la muñeca y lo planeado. Hacia delante y no recuerda nada. Puede haberse arruinado el plan y la angustia no se contradice con su estado general.

Sus pupilas se dilatan, horrorizado por el pensamiento, escrutando la nada. La fatiga y el mareo no sólo no desaparecen sino que tienen cada vez más control sobre él. No puede evitar ordenar, volcar, reordenar y volver a volcar sus confusas ideas en espera de encontrar la solución.

Al instante siguiente todo ha sido ya decidido, todo.

Aunque tarde, él va a regalarle la muñeca a la muchacha. Las ideas se renuevan y vigorizan y la prisa le obsesiona.

Su vista ya se ha acostumbrado lo suficiente a la oscuridad y se da cuenta sorprendido de que su rabillo del ojo le está señalando hacia la izquierda donde, muy próxima a la cabecera de la cama, duerme Rosa en un sillón, incómodamente arrebujada.

Tras la sorpresa inicial se tranquiliza, porque, a pesar de la postura, parece profundamente dormida.

Como no esperaba ni mucho menos encontrarla allí junto a él, donde no esperaba encontrarse, no agradece su presencia ni le seduce la situación.

Jaime se incorpora muy decidido, aunque frenado por una sensación de abandono, de fin. Se levanta todo lo aprisa que puede, ni la mitad de lo que lo intenta y, al fin y al cabo, lo suficientemente lento para no emitir ruido alguno que no provenga salvo de su vieja caja torácica.

Se encamina sigilosamente hacia el armario mientras se da cuenta de que no lleva puestos los zapatos, a pesar de que continúa vestido con el traje del día anterior. Lo agradece, si no tendría que habérselos quitado él mismo para evitar el molesto rechinar que producen al andar y que ahora podría delatarle. Abre la puerta con velocidad geológica y saca el paquete que contiene la muñeca y lo deposita sobre la cama, junto al arrugado disfraz de Papá Noel sobre el que se ha despertado. De vez en cuando deja caer una ojeada sobre Rosa, para cerciorarse de que sigue dormida.

Primero se viste, colocando las amplias vestimentas rojas sobre su propia ropa, con mucha calma y cuidado.

De repente Rosa se vuelve sobre el sillón, dándole la espalda y rezongando en sueños. Jaime se paraliza, pero al ver que continúa dormida se tranquiliza poco a poco. Todo iría bien, piensa para sí, si no fuera porque se encuentra a cada momento más y más enfermo.

Se ajusta el cinturón de cuero que no pertenece al disfraz, hundiéndolo entre los pliegues rojos. Se para y escucha en silencio.

Fuera sigue lloviendo, y la ciudad es ya de nuevo un armazón cubierto de cemento y asfalto.

Se encasqueta el gorro y descubre por el dolor al contacto con la prenda que un chichón se eleva entre su rala cabellera. Lo deja para otro momento, para el de las explicaciones.

La noche está callada, piensa, demasiado quizá. Vestida de silencio permanece alerta a los que aún se mueven en la oscuridad, como si lo hicieran a plena luz del día.

En el otro extremo del pasillo, Valeria se asegura tras la puerta, oculta todavía, de lo que va a hacer.

Se ha encajado en el pelo su diadema dorada, la que le regaló Sara esta misma noche. Está acuclillada, envuelta en su camisón blanco y descalza, con los pies abrazados. Entre sus manos calienta un reloj al que da cuerda.

Es un reloj de faltriquera, pequeño y plateado, que ha comprado con sus aún más pequeños ahorros para regalárselo esta noche a su abuelo, sabe que a él le encantan los relojes de bolsillo. No es muy caro, pero nadie ha dicho que un regalo con alma deba además costar una fortuna. Y si lo ha dicho alguien está claro que es un imbécil.

La noche trastocada temprano avanza cada vez más aprisa hacia la salida de Sol. Aunque ha tardado en decidirse, piensa llevarlo hasta la habitación donde duerme su abuelo y dejárselo en la almohada, junto a su cabeza de Papá Noel.

Abre la puerta deseando ni siquiera remover el aire que le rodea. Sale de puntillas al pasillo, recogiendo muy expectante cada sonido que pudiera delatar su presencia o la de otra persona. Su corazón parece dictarle telegráficamente la marcha, pero ambos se detienen paralizados cuando, a mitad de camino, escucha cómo alguien abre con mucho sigilo una puerta en esta misma planta.

No reacciona, sino que espera involuntariamente unos segundos hasta ver si su plan fracasa.

Entonces ve salir a través de la puerta de la habitación en la que reposa su abuelo una gruesa figura vestida de rojo de pies a cabeza, como el fantasma de un diablo.

Jaime se vuelve tras entornar la puerta y pierde su vista pasillo adelante hasta posarla en la pálida mancha blanca que está a mitad de camino. Su sombra enorme se arrastra por el oscuro suelo hasta casi tocar los pies del pequeño ángel que se interpone.

Una fuerte nausea le sacude con fiereza mientras se acerca asustado y maravillado al pequeño ser. Mientras se acerca se va sintiendo menos dueño de sí mismo.

Las voces del silencio se ocultan y ya no llegan casi a los oídos de su interior. Su vista se apaga levemente en la penumbra. Siente calambres por todo el cuerpo, calambres dolorosos que le agitan aunque nada pueda hacer. Se acerca y se planta frente al ángel.

Sus ojos recorren desfallecidos la cara de la niña, de Valeria. Y siente los ojos del ángel sobre su alma, porque ya es casi alma, incapaz de retener ni la conciencia. Es Valeria, acierta a pensar, pero no la puede ver tal cual. Es Valeria, pero un débil resplandor de oro ilumina su cabecita y en su rostro brillan fulgurantes estrellas de cielo. Es un ser celestial, cree.

-Valeria… -alcanza a decir Jaime con un gesto, pues su boca no pronunciará más palabras.

Cae de rodillas, pero con la vista fija, imantada en la bella y sobrecogedora faz de su nieta.

-Valeria -piensa-. Dios mío Valeria, ángel mío.

Primero agotó las palabras, luego los pensamientos y ahora le toca el turno a los gestos. Con el último saca la muñeca y se la tiende.

El ángel, redoblado en destellos, alarga su mano y Jaime nota cómo le es arrebatada la muñeca. En su mano, un pequeño frío reemplaza al juguete, y Jaime se mira el frío. Asombrado, cálida y entregadamente asombrado, cree ver un reloj de luz que su ángel ha dejado entre sus viejos dedos. Se lo acerca sin voluntad a los ojos, deslumbrado por la luz del ángel y el reloj.

Busca bajo la esfera de luz una hora, pero descubre con tranquilidad que en el reloj no hay horas, ni minutos, ni queda siquiera un segundo. Y comprende… y muere más feliz de lo que podía haber vivido durante la vida de una estrella.

Dios es porcelana viva – Capítulo 7

Sara envuelve a Jaime con su mirada trastornada por el asombro y la incredulidad. El susto ha anulado su capacidad de reacción aunque poco a poco comienza a sentirse de nuevo dueña de sí misma. Pero estalla afectada por una vena histérica que inunda su interior y que la descontrola con una rapidez impaciente.

Se inclina, arrojándose sobre sus propios pies al encuentro de su padre, que yace en el suelo inconsciente, e intenta devolverle la conciencia a empellones, mientras lo baña con sus lágrimas.

-¡Padre! -lo llama entre hipos y gemidos- padre por favor dime algo…

Sara pega la cabeza al viejo pecho de Jaime instintivamente, como si sus llantos pudieran dejarle escuchar los latidos del corazón de su padre.

No puede escuchar tampoco el tropel que asciende por las escaleras. La puerta se vuelve a abrir con precipitación, pero esta vez entran dos personas y cuatro cabezas asoman, y todos proyectan desde sus ojos intensos haces de curiosidad. Al final todos los ojos bajan a posar la mirada en el suelo, sobre Jaime, y las mandíbulas caen.

-¡Dios mío! -es Jorge quien reacciona primero- ¡papá! -y se lanza junto a su padre.

Juan Carlos y Rosa permanecen quietos mirando desde la puerta, perplejos, aún sin darse cuenta de que la Nochebuena acaba de irse al carajo.

Jorge comprueba que su padre respira, le agarra de la cabeza, le golpea en las mejillas buscando una reacción, y al fondo Valeria, con las manos puestas sobre la cara, tapando sus ojos, siente cómo sus ideas se esclarecen y se da cuenta de lo que ha sucedido. Es la única que ya sabe lo que pasó, exceptuando a Sara y a Jaime.

Se adueña de ella la obsesión de que debió haber sido más inteligente a tiempo y haber evitado que sucediera, haber hecho al menos lo que hubiera podido por evitarlo. Valeria se desespera.

Una mano muy pequeña la agarra y pega tirones, y hace que al abrir los ojos Valeria salga de sus pensamientos y se encuentre de nuevo junto a los demás.

-No pasa nada, pequeños -les dice fingiendo que no pasa nada.

Ahora teme de nuevo no actuar a tiempo correctamente. Decide llevarse a los niños de vuelta al piso de abajo.

-Vamos, vamos, todos abajo que hay que dejar que Papá Noel trabaje tranquilo, vamos…

-¿Es de veras Papá Noel? -los ánimos de los pequeños saltan por los aires- ¡pero yo quiero verlo…!

Los niños bajan barridos por los brazos de Valeria que les obliga a volver de nuevo al salón. Su cara les habla con mucha dulzura, afanada en distraerlos de lo que pasa en el piso de arriba, pero en su interior sólo amarga.

-¡Su corazón late! -dice Jorge con el rostro profundamente serio y distraído de a quién se lo dice-. Vamos, ayudadme a subirlo a la cama, ¡joder como pesa el condenao! -exclama.

Juan Carlos, Sara y Rosa se acercan y entre los cuatro lo alzan en vilo con mucho cuidado. Sin demasiado esfuerzo lo acuestan en la cama, sobre el traje rojo de Papá Noel. Todos caen en la cuenta de lo poco que les ha costado cargar con él mientras se fijan en lo quieto, como muerto, que está. A todos les reconforta que no pese como un muerto, aunque parezca un chiste extraño y para muchos de mal gusto.

Al caer en la cuenta del traje, Juan Carlos se vuelve hacia Sara y le pregunta:

-Sara, ¿qué ha ocurrido aquí, qué le ha pasado a Jaime y qué coño hace ahí el esmoquin de Santa Claus!

Sara responde algo que nadie entiende, porque lo balbucea mientras continúa llorando.

-¡No la atosiguéis! -interrumpe Rosa para poner por las bravas un poco de calma. Se acerca a Sara y la abraza, le pide que se calme, le dice que no se preocupe, que todo va a salir bien. Y le pide que les cuente lo sucedido.

La atención se ha desviado de Jaime, nadie mira en ese momento hacia él. Entonces dice, aún inconsciente, con un susurro de voz muy quebrada:

-La muñeca…

Aunque apenas audible todos ellos se giran instantáneamente al oírlo. Se inclinan sobre él cerrando al unísono un cáliz de amor y preocupación.

-La muñeca… -repite.

Ellos prestan la máxima atención pero no comprenden lo que dice.

-¿Qué ha dicho? -uno.

-¿Habéis oído? -otro.

-Ha dicho la muñeca… se ha hecho daño en la muñeca. Seguro que se la ha roto en la caída -ella.

-Pues no parece que le pase nada en la muñeca -Juan Carlos.

-¿En ninguna de las dos? -Rosa.

-La muñeca…

-Creo que debemos estar haciéndole daño, si no es que ha perdido la cabeza –suelta Jorge cada vez más nervioso, agarrando alternativamente por las muñecas a Jaime para asegurarse de que no hay moratones, ni inflamación, ni nada que pueda delatar que están fracturadas o contusionadas.

Jaime abre la boca y traga ruidosamente una bocanada de aire. Abre primero un ojo y luego, tras unos instantes, el otro. Ellos se miran unos a otros, como la tripulación del Apolo XIII. Han superado la crisis aunque la sorpresa no se ha borrado de sus caras. “Houston, hemos solucionado el problema.”

-¿Qué… qué ha pasado? -pregunta Jaime totalmente desorientado-. ¿Dónde estoy?

-¡Joder papá, vaya susto nos has dado, creíamos que de ésta no salías? -espeta Jorge.

-¡Pero tú que dices! -le corta Rosa-, tú lo que diga éste ni caso… dejadle tranquilo que se acabe de recuperar!

Mientras se repone Jaime cae en la cuenta de lo que ocurría justo antes de que se despertara sobre la cama, y gira su dolorido cuello hasta que por fin ve a Sara. Parece descompuesta y el rimel se ha disuelto con las lágrimas y ha dibujado en su cara la expresión de un payaso ridículo, acentuada por la bola redonda en que termina su nariz, con la que nació, roja como un tomate. Por si fuera poco está sonriendo al verle reaccionar.

Jaime aparta la mirada de ella y pregunta por la hora, hace ademán de sentarse pero los brazos de Jorge se lo impiden y éste le pide calma.

-Tranquilo papá, parece que ya estás mejor, pero has perdido el conocimiento y creo que te conviene, como mínimo, permanecer acostado. Rosa -dice dirigiendo su mirada hacia ella- quédate tú con él… y ayúdale a desvestirse y que se meta dentro de la cama -dice enfatizando la palabra dentro-. Nosotros vamos a ver qué hacen los niños y qué hacemos nosotros -e indica a los otros dos con un gesto con la cabeza que es hora de volver abajo. Al salir se detienen en el pasillo, a una distancia prudencial de la habitación en la que han quedado Rosa y Jaime.

-Bueno, ¿qué hacemos? -pregunta Juan Carlos.

-Mirad -dice Jorge- no se lo que os parecerá pero yo opino que Sara debería contarnos qué hacía ella con nuestro padre y por qué le ha dado el pampurrio, vamos, si no es mucho pedir.

Al decirlo sus palabras se van cargando de ironía y evita mirar directamente a Sara. Ella, sorprendida por el repentino acoso, se muestra dócil al responder.

-Yo… yo, bueno, es que… discutimos. Discutíamos cuando él… él… -y rompe a llorar.

-Venga, no te preocupes, ya pasó todo -le dice Juan Carlos y la abraza con mucha dulzura-. A ver si de una vez por todas nos ponemos de acuerdo -recrimina a Jorge-, ya nos lo contará ella, joder, que no ha llegado la sangre al río! De cualquier modo -continúa- se habrá mareado por algo que le haya sentado mal… si discutieron… se acalorarían, y hace un calor del carajo en esta casa, ¡el caso es que no pasó ná de ná! -termina diciendo para relajar la tensión.

-¿Estáis de acuerdo en que mañana por la mañana llamemos al médico para que venga y le haga una revisión, por si acaso? -pregunta intentando complacer a todos.

-Bien, no se… -duda Jorge.

-Venga, joder -corta Juan Carlos de nuevo- vamos a darle los regalos a los enanos, que ya son… -y consulta la hora en su teléfono móvil- ¡las doce y diez! -exclama sorprendido.

-Bueno, yo voy a ver si Rosa ya acostó al viejo -dice Jorge, visiblemente calmado y satisfecho por las sugerencias de Juan Carlos.

Cuando entra en la habitación se detiene un momento para observar a Rosa al lado de la cama donde ya está acostado Jaime. Está inclinada sobre su rostro, besándole. Él tiene los ojos cerrados y parece que duerme plácidamente aunque su respiración suena más fuerte de lo habitual.

-Acaba de dormirse como un bebé -susurra ella al percatarse de su presencia-. No me ha dado tiempo ni a desvestirle. Le he echado una colcha por encima…

-¿Quieres que me quede yo con él? Al fin y al cabo soy su hijo. Ve tú con los demás…

-No -corta Rosa iluminándole con una dulce mirada-. Soy yo la que quiere quedarse con él. Si necesito algo o surge algún imprevisto te avisaré, te lo prometo -le dice.

-Pero… -comienza a protestar él.

-No hay peros ni peras -corta ella sonriendo-. Además tu organizas mejor que yo y eres más capaz de tranquilizar a los demás. Tú preocúpate de que los niños reciban los regalos y de que se acuesten sin enterarse de nada.

Le besa con sus labios de terciopelo en la boca, anulando cualquier reacción que él pudiera tener.

-Vamos, que hay que dejarle dormir -susurra ella señalándole hacia Jaime dormido. Le despide con la mano y su boca gesticula un buenas noches.

Un poco desconcertado le devuelve el deseo y cierra muy despacito la puerta. La certeza de que a pesar de lo que le Rosa ha dicho él no ha tomado ninguna decisión esta noche da paso en sus pensamientos a la pregunta que todavía no se ha contestado: ¿qué estaban haciendo Sara y Jaime aquí arriba?

Sin saber que pensar baja por las escaleras a reunirse con los demás.

Dios es porcelana viva – Capítulo 6

El sonido procedente de la biblioteca se desgasta en ecos contra el silencio de la calle. En el centro de la ciudad la fiesta invade las aceras como un carnaval brasileño por culpa de las aglomeraciónes que se producen en las fiestas privadas, porque la noche, aunque ha templado con la lluvia, es desapacible y fría.

Dentro de la sala la intimidad y la música aíslan a Jorge, Rosa, Juan Carlos y los niños de los dos que discuten en el piso de arriba.

Hace ya bastantes años que la biblioteca sólo funciona como salón. Se diseñó originalmente con la intención de que fuese un entorno ideal para el que se refugiase en ella a fecundar la imaginación con la sabiduría de viejos autores inteligentes y casi siempre muertos. La lectura se impregnaba del recinto y contribuía al disfrute. Podría pensarse que ahora la estancia se empeña en sobrevivir fuera ya de su tiempo, al no haber podido satisfacer las necesidades de los últimos años de euforia audiovisual y multimedia. Su aspecto, aún así, sigue siendo el de una vieja dama muy elegante y que debió de estar muy bien en sus tiempos.

Su mobiliario se conserva prácticamente intacto, una decoración que, al igual que la del resto de la casa, está pasada de moda, no es diseño nórdico ni japonés, pero fue el orgullo de Mercedes y Jaime entonces, cuando vivieron sus primeros años juntos en la casa. Fue la habitación donde se recibieron las visitas, amigos y parientes de aquellos años, y por eso se intentó que la biblioteca fuese la estancia más elegante y cómoda a la vez de toda la casa, ideal para reconfortar a sus habitantes mientras la admiraban.

Sus techos son muy altos, bastante más que los de las construcciones de los últimos años, y sus largas paredes, tan altas hasta que los alcanzan, aquietan el tiempo en esta pieza. Todas menos la que rompe la puerta están literalmente forradas con unas sencillas y gruesas estanterías de nogal, en las que se amontonan miles de volúmenes que incluyen algunos muy antiguos y casi ninguno reciente.

Situándose en la puerta y mirando hacia el interior es desde donde mejor se comprende el porte de la habitación. Una preciosa caja ornamentada con diamantes de madera y metal. El mobiliario parece recluido en una campana que lo preserva del paso del tiempo, desgranando los años sin saberlo y depositándolos como el polvo en su solera. Todo el patrimonio de una familia, esperado, bendecido, llorado y olvidado, transformándose en pieza de museo por la edad.

Durante el día la luz desborda el marco de la única ventana y arroja sombras y claros desde el sur. No obstante es un lugar destinado para la luz eléctrica, y los candelabros simplemente decoran sobre la chimenea, desde donde elevan sus bonitos brazos. Entre ambos un reloj de sobremesa francés, una joya de bronce con agujas que ha cronometrado muchas horas de lectura y que aún funciona. Sobre él, en el lugar preciso, un retrato donde permanece más congelado que vigilando el abuelo de Jaime, Don Vicente. A la derecha, después de una silla tapizada de terciopelo rojo y patas torneadas, junto a la esquina, se encuentra el escritorio. Es un autentico buró de época que contiene en sus cajones cientos de cartas estrujadas cuyos interlocutores han dejado de sentir hace mucho tiempo todo lo que escribieron en ellas. El mueble también hace mucho tiempo que ha dejado de usarse.

Una enorme lámpara de lágrimas de cristal pende del techo artesonado. Desde ella la luz se desparrama y se comparte por las estanterías y los libros, la mesa tallada y los sillones orejeros tapizados de verde esmeralda que miran hacia la chimenea, las finas porcelanas chinas que coronan sendas columnas a ambos lados de la puerta y el tocadiscos que trajo Sara a los diecisiete, el reloj de ataúd con mecanismo autómata y las preciosas alfombras de lana que recogen los pasos esta noche.

Rosa y Jorge están sentados en el tresillo, tararean la pieza que suena con sus párpados desplomados y agarrados de la mano. Juan Carlos baila mientras con Valeria, que ha dejado a los pequeños en su castillo, entre las columnas de la entrada, defendiendo el desfiladero que se abre en la puerta y buscando refuerzos frente a la chimenea con el escenario ensangrentado por las llamas.

-¿Qué ha sido de Sara, sabes dónde ha ido? Hace rato que no la veo –pregunta Juan Carlos a la chica. Ella le responde negativamente con la cabeza y luego encoge sus hombros en un gesto de duda. Él sonríe quitándole importancia y continúan bailando. Cuando están frente a Jorge y Rosa les pregunta de nuevo por Sara. Tampoco saben. Le dicen que piensan que se haya ido a la cocina, que tal vez esté recogiendo alguna cosa. Se levantan y comienzan a bailar también ellos.

-No importa -se dice.

-Cuando llegue Sara, ¿te importa que baile con ella? -pregunta afectadamente a Valeria, entonando sus palabras con un despreocupado y teatral desdén.

-Ni lo sueñes -responde ella tímidamente, arrojando su mirada al suelo, fingiendo mejor que él.

La música, cada vez más tranquila, es tan suave y uniforme que da la sensación de llenar cada rincón. Se amalgama con los gritos y risotadas de los pequeños, que se enfadan, discuten, se contentan y retoman la acción como las puras estructuras de fantasía que son. El barullo de la habitación refuerza la curiosidad de Valeria sobre lo que sucede fuera. Supone que Sara y el abuelo están juntos, porque supone que Sara ha ido a decirle algo al abuelo. Como sabe cómo son ambos teme qué puede haberle ido a decir. Ella lo llama el peligro de la nochebuena. Una familia se reúne para pasarlo bien juntos esa noche y alguien hace un reproche de los que hay siempre entre familiares y se lió.

Mira el reloj, sólo hace diez minutos que desapareció Sara, no es mucho pero se percata de que falta poco para las doce y hay que dar los regalos. Parece que esta noche andan todos un poco despistados.

Lo que le regalen a ella la trae sin cuidado, lo que desea realmente es que la noche quede intacta. Los demás ni se han percatado de que el abuelo no está. Vaya con la tradición, piensa, si vienes a casa de tu padre a pasar una velada familiar y ni te acuerdas de que no está a tu lado. Ella tiene necesidad de estar a su lado, de notarles a todos, y eso a pesar de ser consciente de que lo de la familia tiene algo de convencional, porque a ella no le consultaron nunca para elegir padre o abuelos. ¡Quien le dice además que para ellos era ella y no otra la que querían en su lugar? Razonar así le ha llevado a considerar si en el futuro, en su futuro, las personas que la rodeen se sentirán obligados a quererla o sólo lo fingirán y la engañarán, y no querrán o se cansarán de ser queridos por ella. Tapa y destapa la caja de los afectos con la misma incertidumbre que, supone, representa el mito de Pandora en el momento de liberar todos los males. Su inspiración recorre de cabo a rabo el texto de sus pensamientos y la conduce de modo imprevisible a su abuelo. Él ha entretejido hacia ella una estructura tierna y comunicativa que Valeria lee cuando la mira en sus ojos de anciano.

Juan Carlos se suelta de ella, besa su mano con afectada galantería y se inclina cortésmente en una ridícula reverencia. Mientras le ve salir por la puerta desea que regrese con Sara y el abuelo cogidos de la mano, aunque nunca ha visto al abuelo cogido de la mano de nadie, por eso le gustaría más todavía. Es que Sara está muy equivocada con el abuelo, piensa. Está muy equivocada, debería aceptarle y no ponerse fuera de sí con sus manías. Aceptarle como acepta a sus hijos, con los que se comporta de un modo mucho más tolerante, con ellos juega a educarlos sin intentar comprenderlos del todo.

En seguida entra Juan Carlos solo. Viene sorprendido y de su cara se han desvanecido por completo los efectos de la modorra. La llama con un gesto para que se acerque a él pero evitando que los demás se percaten.

-Oye Valeria, bonita -le susurra al oído-, tú eres toda una jovencita responsable y supongo que puedo hablar contigo con toda confianza…

Ella sonríe procurando conscientemente no caer en la perspicacia de imaginarse nada malo.

Le cuenta que van a ser las doce, la hora de los regalos. Ella sonríe más sinceramente que antes. Le cuenta que no encuentra las llaves del coche y que debe de tenerlas Sara.

-¡Claro, ahora recuerdo que le vino Doña Jimena! -dice para sí mismo-, seguro que esta arriba, acostada…

Valeria asiente mientras suelta una risita que se desvanece con rápidez sobre un gesto mucho más adulto, uno de hacerse absolutamente cargo del problema. Respira con alivio y se alegra de que sus premoniciones carecieran de fundamento.

-Mira lo que vamos a hacer -le dice Juan Carlos- yo cambio el disco por uno de villancicos para que los enanos se distraigan, y nada más que veamos que no se dan cuenta subo a ver si me da las llaves y meto los regalos sin que se den cuenta. Tú me los entretienes por si acaso…¿de acuerdo?.

Valeria asiente y él da media vuelta hacia el tocadiscos.

La música se detiene un instante que tarda en sonar el primer villancico y Valeria se acerca a los niños para proponerles algo que llame su atención.

Juan Carlos se dispone a salir en busca de Sara y gesticula hacia Valeria, abriendo mucho la boca, la palabra vigílamelos, cuando un golpe sordo y amortiguado, pero lo suficientemente fuerte como para que lo oigan todos, suena sobre sus cabezas, en el piso de arriba. Instintivamente clavan sus miradas en el techo.

Uno de ellos apaga el tocadiscos.

Dios es porcelana viva – Capítulo 5

De pronto la puerta se abre muy rápidamente y el aire de la estancia se balancea vertiginoso. Tras ella, casi a la vez, aparece Sara con el rostro desencajado que, sin desviar la mirada de Jaime, cierra de un portazo. Él levanta la cabeza en un gesto de vuelta la mundo real, bastante más asustado que sorprendido, enarcando mucho sus cejas. La sangre le palpita con fuerza en las sienes mientras pasa de sentirse desvalido a considerarse intimidado y ofendido. Su mirada arremete contra la de Sara. Ella sigue mirando invulnerable a las fieras pupilas de Jaime. Está fuera de sí, repasando por última vez cada afilado reproche con que piensa despedazarle. Su cara es la de un volcán repleto de magma abrasador que tiene en sus labios tensos, perdido el color por la expresión de la mueca, un cráter que no va a tardar en explotar y verterlo al exterior.

-¡Pero que diabl…! -comienza a gritar Jaime.

-¡Esta vez me vas a escuchar a mí! -corta Sara de un grito con voz estridente y distorsionada por la ira.

Jaime se calla al instante, la boca de su hija le recuerda a la de un tiburón. Le muestra sus dientes, que gotean de una mirada presagio de dolorosos bocados.

-¡Déjame hablar a mí por esta vez, padre! -le dice bajando el tono.

Sara se percata de que el factor sorpresa ha jugado a su favor, o por lo menos él aparenta dejarle dominar la situación por el momento. En cualquier caso también sabe que debe aprovecharlo.

-¿No crees que ya está bien de aislarte dentro de ti mismo? -le reprocha-, ¿no crees que ya es hora de compartir algo con los que te queremos?

Pero no le da tiempo a que responda, continúa gesticulando y reprochando.

-¡Ni siquiera te dejas querer a la manera de una muñeca de trapo…!

Al oírlo Jaime, la imagen de la muñeca que piensa regalarle a Valeria se forma nítidamente en sus pensamientos, preciosa e intacta hasta en el más mínimo detalle.

Un vértigo le aleja de la porcelana y siente cómo cae hacia Sara. Una náusea le descompone la garganta, intenta forzar sus pulmones a soplar y decirle a su hija que espere un poco más para reprocharle, tan sólo un instante, que hay un símbolo, una bonita muñeca, que les va a unir más a todos, que esperen una muñeca para que vean cómo se redime.

Por un instante ha estado a punto de rendirse ante Sara, de reconocerle que ya está bien y que tiene razón, que les quiere mucho a todos y que el resto sobra, siempre ha sobrado, que su carga no tiene ya sentido, que no lo tuvo. Pero el miedo le deslumbra, le intimida, viejo y petrificado Jaime sólo siente miedo a solas. Y calla. La cobardía viene aferrada de la mano del miedo y entre los dos le erizan el lomo, como a un gato vagabundo y cobarde. Le ponen a patalear panza arriba, riéndose de él al ver cómo mira asustado hacia la realidad que se invierte mientras aúlla. Ambos saben que su poder no ha cesado sobre Jaime, y que al menos aún esta noche va a ser suyo. Es lo único que les interesa porque el mañana es dudoso y se impone tensar las garras en cada presente y ponerlo de tu parte.

-¡No digas estupideces niña! -exclama airado por el ataque de cobardía y violentado por el miedo en sus pensamientos.

-¿Qué sabrás tú? -le espeta desafiante con la única intención de que Sara se retire impresionada, de que se rinda sin luchar. No quiere discutir, enzarzarse en una guerra sin pocas opciones de aniquilación mutua. Su furia es del todo inestable, se asienta en un cieno residual que ampara los restos de su gran guerra interior.

Sara encuentra al Jaime que esperaba, al que se lanza al ataque ciegamente, le ve lanzarse al ataque de nuevo, como siempre ha hecho, él es así. ¿Una víctima de su personalidad? Le conoce bien, pero se conocen bien.

-¡Pero que gilipolleces dices! -exclama virulenta, encendida y requemada-, ¡eres un ingrato, y si no fuera por el recuerdo de mamá supongo que hace ya tiempo que te hubiéramos mandado a la mierda!, además, ¿POR-QUÉ-CO-JO-NES no has querido rezar una puta oración por ella en la cena?…

Como ametrallado por los alfilerazos de una gran coleccionista de ingratitudes como Sara, Jaime siente su espalda desgarrada, pinchada en un enorme cartón que lleva escrito con letras muy grandes y apresuradas su nombre.

-¡Y a ti que te importa! -exclama resoplando, furibundo aunque intentando aparentar serenidad. Siente su resistencia, inagotable en otros tiempos, muy menguada. Su cerebro se bate en dos frentes, espalda con espalda y cuerpo a cuerpo, dispuesto ya sólo a muerte o rendición.

-¡Que qué me importa, dice!. -Sara grita. Le gustaría hacer que su padre por fin comprendiese que ya es toda una mujer confirmada en todo un mundo, y muy capaz de herirle mortalmente, si así lo quisiera.

-¿Por qué no reconoces que lo único que pasa es que eres un sucio egoísta redomado y asqueroso que no quieres compartir con nosotros el recuerdo de mamá que ni siquiera te atreves a reconocer ante los demás y que no tienes ningún derecho a monopolizar!, ¡de tu mujer y nuestra madre, te recuerdo! -continúa gritando-, ¡no entiendo porqué ni siquiera fuiste capaz de demostrarle tu amor en público, yo que sé…!. -Toma aliento y traga saliva. Está muy acalorada, está reposada sobre la superficie del sol. Una vena de ira purpúrea zigzaguea sobre su frente. En el salón, bajo sus pies, suena música desde hace rato.

-¡Tú no tienes ninguna autoridad para hablar así sobre mí! -grita Jaime coreado por sus sienes, que martillean su cerebro imponiendo un agotador ritmo de persecución, apto sólo para mantener no más allá de unos segundos. El tiempo suficiente para aturdirla y huir.

-¡TODOS queríamos… queremos a mamá, TO-DOS, te enteras!

En los pocos minutos que ha durado la bronca padre vs. hija Sara no ha reparado en el traje sobre la cama, ahora lo ve.

-¿Y esto que coño es?… -le pregunta.

-Nada que a ti te interese… de momento -responde Jaime en un susurro. El sonido fuerte de su respiración crece a medida que siente dificultad para inspirar, y una punzada en la cabeza que le desorienta anuncia la retirada.

-Es para darle una sorpresa a los niños -continúa contestándole aún más suavemente.

-¿Para los niños?… ¡¿qué sorpresa?!… será la primera vez -le pregunta Sara sorprendida y temiéndose una estrategia. Se mantiene alerta por si acaso, tensa, como un perfecto arco de precisión que apunta directamente al objetivo.

No, no les he comprado nada, bueno, para Valeria hay algo, pero…en realidad mi intención es la de disfrazarme de Papá Noel y entregarles yo los regalos que les habéis traído. Iba a bajar ahora a decíroslo a Jorge y a ti para que los subierais a esta habitación y luego pensaba ponerme el traje y prepararlo todo para las doce,- le puntualiza Jaime.

Sara cierra los ojos y ve una diana fácil. Apunta y dispara:

-¡Que les quieres entregar tú los regalos a los niños!… ¡tú no estás bien de la cabeza! -y continúa lanzando los dardos-, así que, además de no comprarles nada, tienes la santa cara de preparar una estúpida comedia, sin consultar con nadie por supuesto, para ser tú el protagonista de la noche… ¡tú chocheas! -exclama concentrando la mayor crueldad de que se siente capaz en lo despectivo del tono, moldeando su cara en una mueca de asco.

Jaime, cabizbajo, arrastra la mirada en torno a sus zapatillas y el suelo de madera, que se le hace frío y áspero para tener que habitarlo tan de cerca.

-¡Y tienes la santa cara de decirme a la mía que para Valeria hay sorpresita y para mis hijos NO!, ¡pues para que te enteres son MIS hijos y TAN nietos tuyos como ella, contra la que, por cierto, no tengo nada!.

Es su voz de madre que ha sustituido a su voz de hija la que chilla en estos momentos. No se había preparado para la discusión en estos términos, pero encuentra también por este cauce su desahogo, después de tantos años de agotar su sensibilidad en berrinches inútiles. Más que nunca cansada de pagar con su mal humor el cariño de su marido y de sus hijos, de su madre, de cualquiera de los que quiere… más que nunca cansada de saberse culpable de preocupar y atosigar con penas cuyos culpables son otros a los que más la quieren y que no la quisieron mal, intencionadamente, nunca.

-¡No me digas tú a mí lo que debo hacer y no intentes comparar a Valeria con tus tres pequeñas bestias, ostia! -el miedo le devuelve a ese páramo seco y sin argumentos donde sólo sobreviven alimañas como la ira. Quiere herirla y herirla y que se vaya llorando a rezongar sus sentimentalismos a otra parte. ¿Por qué ha tenido que ser así? Siempre es así.

-¡Sucio viejo cobarde y ofensivo! -le esputa entre salivazos, a punto de escupirle conscientemente en la cara.

-¡Me cago en…! -y la adrenalina levanta la mano de Jaime y estrella su coraje en la mejilla de Sara con una contundencia seca que parte la situación y detiene los pensamientos de ambos.

Silencio de pedazos de situación y comienza ella a decir algo:

-Me… me has pegado. Te has atrevido a ponerme la mano encima. -Sus palabras salen apenas audibles produciendo un sonido de gas que escapa a través de un agujero irregular porque se ha hecho de un solo golpe de cortafríos-. Es la primera vez… -le dice bañando su mirada en él, por él, mientras levanta su mano derecha y la posa en la mejilla colorada.

Jaime permanece rígido mientras se desmorona por dentro. Su apariencia es la de un seco armazón que sujeta su mirada vidriosa. No escucha sus latidos ni siente su respiración.

-Yo… -comienza a decir.

Dios es porcelana viva – Capítulo 4

Jaime sube callado la escalera pero no silencioso, resollando su edad a cada paso. Tensa los dedos en su mano para aferrarse a la balaustrada, como a una infinita muleta. Cuando llega por fin a la primera planta se detiene, empapado en un sudor frío que le hace sentir el presagio de nada bueno. Se energiza con la superioridad que, en su secreto, mantiene respecto a los demás, como un niño que conoce qué va a merendar antes que el resto de sus hermanos. Y vuelve a retomar el paso. Se dirige hacia una de las habitaciones que esta noche servirán de dormitorio para toda la prole. Se detiene frente a la última a mano derecha. Coge la llave del fondo del bolsillo izquierdo de su pantalón y abre. Pasa dentro y arrima la puerta sin cerrarla del todo, evitando inconscientemente cortar el hilo que ha tejido en torno a todos ellos la nochebuena, una especie de cordón umbilical. En el pasillo el hogar caldea el aire removido por las conversaciones que llegan muy atenuadas desde abajo en el salón. Jaime se detiene un poco confuso, no pensaba subir tan temprano a la habitación, pensaba quedarse con los demás a disfrutar de la placentera sensación de verles juntos, originalmente su intención era subir poco antes de la media noche, justo antes del momento en que acostumbran entregarse los regalos.

En la nochevieja sus hijos buscan la compañía de la familia del cónyuge y él la pasa solo. Nunca desde que abandonaron la casa se han repartido. Cena poco, nada especial y se acuesta pronto. En nochebuena vienen con sus respectivas familias año tras año. Ocultan los paquetes de los regalos en los maleteros de los coches, luego, después de la cena, los suben discretamente a una de las habitaciones de la planta alta. Cuando el reloj del salón marca las doce en punto, los niños, que ya conocen las pautas del rito, suben atropelladamente a buscarlos y bajan desgranados, cada uno con su regalo entre manos y la cara radiante de ilusión. Siempre dejan que jueguen un rato, pero como es tarde los mandan a la cama a sabiendas de que no podrán dormir y encenderán la luz y armarán mucho jaleo sin poder dejar de pensar en sus nuevos juguetes.

Esta noche será diferente, Jaime les dirá que dejen los regalos de sus hijos en esta habitación, no en la habitual. Quiere guardarlos en un saco grande y rojo en el que camuflará su muñequita entre los otros juguetes. Así podrá regalársela a Valeria. Sabe que su regalo será mágico para ella.

Durante muchos años y hasta hoy, Jaime no ha regalado nada a nadie. Las ideas que estrenó con su primer bigote se lo han impedido durante todos estos años. Regalar para su conciencia es (¿era?) un hecho de falso altruismo compulsivo y social… ¡Pura intencionalidad egoísta mal disfrazada y jamás correspondida!

Las últimas semanas, sin embargo, ha germinado en su interior alguna intuición inesperada que probablemente se haya gestado en el vientre de vacío que Mercedes, con su muerte, fecundó en su memoria.

Esa archifamosa voz que a todos nos habla desde el interior, como un tiranuelo solipsista y despiadado, es la que le ha dictado que busque la muñeca que heredó de su esposa, por la que tanto sufrió ella de niña, para regalársela a Valeria. Sin duda es ella quien la merece, niña que tanto sabe de hacerse querer. Es consciente de que es Mercedes tantas veces su iniciativa.

En el armario ante el que se ha plantado está la muñeca, pero no es todo. Junto a ella guarda empaquetado uno de esos trajes de Papa Noel, rojo blanco y amplio que, con discreción, salió a comprar hace tres días. La barba postiza, blanca como casi lo está la suya, ayudará a que no le reconozcan.

Mientras se dispone a abrir la hermosa puerta del armario para revisarlo todo y no olvidar ningún detalle, como los cordones rojos en las botas, imaginando la de preguntas que le van a hacer sus hijos nada más se enteren de su ocurrencia, se da cuenta del blando repiqueteo que produce la lluvia sobre el cristal de la ventana. Se dirige hacia ella respetuoso, porque para él esas ventanas han sido un morboso tragaluz que ha iluminado un poco gran parte de su vida.

Su vista se adhiere a las rápidas gotas que se estrellan contra el suelo, fundiendo poco a poco y a pesar del frío la espesa capa de nieve. El aspecto de la calle comienza a ser sucio, enfangado y deformado por el cielo en diluvio. Gotas de color barro.

¿seré yo esta nieve blanca y virgen que enlodó su potencia inmaculada con las ideas de otros, fantasmas, en busca de una fácil y sucia complacencia?

Se pierde repasando litúrgicamente su vida y la evolución de su persona, aunque envuelto en atavismos y frustraciones, no encuentra explicación, camino ni salida. La lluvia disuelta en la nieve refleja sus miserias en cada cristal, en un calidoscopio que se funde ante sus propios ojos y desapareciendo para los de todos los demás. Mañana todo el mundo se levantará y al mirar hacia la calle no encontrarán ni un rastro de nieve.

Jaime se vuelve de espaldas a la ventana, aterido de frío, helado por el pánico a su propia honradez, temeroso de un fin en el que morir sin reconocer. No tiene ni idea de por qué ha pensado tanto en ello. Está hecho un lío, todo a un tiempo. No importa, se dice y se recompone mientras se dirige hacia el armario.

El espejo interior de la puerta abierta refleja en plata una imagen suya depauperada, dominantes rojas causadas por la cena, viejo y encogido por los años. Mira y se ve gris y siente ganas de pedir a gritos que alguien encienda su pequeña bombilla interior y le devuelva la luz y los colores. Alguien que, intuye, no puede ser sino él mismo.

Poseído por Miedo y su sosías, Cobardía, coge el paquete del disfraz para abrirlo. Necesita verlo para acabar de serenarse. Necesita justificar con su pequeña ilusión de esta noche toda la obra devastadora que por esos gemelos tiranos él ha realizado consigo mismo y con los demás durante la mayor parte de su vida.

Lo saca con cuidado y lo extiende pulcramente sobre la cama y en efecto se tranquiliza. No puede ser que su alma sea tan negra y refleje este apasionado rojo por Valeria, piensa. Lo mira casi satisfecho mientras siente cómo le abandonan la turbidez y la inquietud que le amenazaban, reales, frente a la ventana.

el manipulador de mariposas

Él dijo que yo había soltado la letanía de la humanidad en el breve lapso en que descubrimos juntos quién soy. Creo inaceptable que intente torturarme al disfrazar así su manera irónica de rechazar lo que le dije. Si al menos hubiese esperado a que yo firmara el contrato y eligiera la vivienda. Espero no molestar con mis gestos de ilusión. No me doy cuenta de hacer lo que me parece pero si le molesto… si le molestase esperaría ver la noche negrazul desde un incómodo ataúd de castigo bien barato. La lástima que me daría. Siento amor que compartir. Si se lo digo estoy seguro que también le ofendo. Desearía que se muriesen unos cuantos enemigos personajes que tuve la suerte de tratar como mis mejores amigos durante unos cuantos años. Seguro que se ofenderían. Y como se enteren algunos de que les acaricié furtivamente. Se les calentarían los cascos. Me insultarían y la emprenderían a golpes contra mí. Criticarían todo lo que de mí recordasen o creyesen tener en cuenta. Lo harían a mis espaldas. Quizá entre amigos míos y entonando las vejaciones a coro como si se tratase de un brindis. Si me alejase… sólo me lo permitirían viajando con la muerte… solo.

La prisión de oro

A Marie Cecile Ruiz

La historia atribuye a ciertos personajes la responsabilidad de protagonizar los mitos, lo cierto es que aunque de la sensación de que nunca sabremos si sucedieron o no, podemos albergar la certeza de que la realidad subyace en cada uno de ellos como las ruinas culturales profundamente enterradas y hace mucho tiempo ya olvidadas de una civilización precedente de experiencias y de lucha por el conocimiento.

Narra uno de estos relatos que, al poco tiempo de creado el universo, contaba la tierra con tan solo dos pobladores, semilla de Dios recién germinada.

Uno era un viejo maduro y ducho en sabiduría, aunque ajeno a toda aventura improvisada. Era el viejo generoso en arrugas, que decoraban con la armonía azarosa de sus incontables formas barrocas su rostro de fina piel, mecido por el solano del bien y acariciada por el líquido de la verdad. Su compañera era una paloma de blanco plumaje, silencioso batir de alas y belleza singular.

Ambos disponían por hogar de una zona cubierta de arena dorada, de extenso radio, delimitada por el ordenado caos de una tierra yerma y baldía.

Vivían estos seres de la más perfecta generosidad imaginable, la divina, que les agasajaba en cada uno de sus días con regalados dones, permitiéndoles subsistir dentro de aquel círculo.

En ocasiones, solía contar el anciano a la paloma que sus arrugas eran la marca imborrable, la prueba acusadora de un mal llevado a cabo sentido de la libertad por aquellos que les precedieron habitando el círculo dorado. Cada uno de los surcos que serpenteaban por su cara, decía, fue la ruta escogida por sus antecesores quienes, con humana pasión, buscaron la salida de ese maná dorado.

De ellos nunca más se supo.

Y el anciano, apasionado en extremo, relataba a su blanca compañera estos cuentos de experiencias pasadas insistiendo en la catarsis.

A pesar de todo, la paloma reaccionaba interrumpiendo sus relatos con infinita curiosidad, agasajando con ingenuidad al anciano con intrigantes preguntas reveladoras de un ser noble y aventurero.

Un día entre tantos de aquellos de apasionados coloquios, mientras el ave planeaba el círculo dorado, siguió a una nube que surcaba los cielos.

Paloma y cúmulo se perdieron tras el horizonte gris de aquellos yermos que les confinaban y, alcanzando el horizonte, parecían no tener fin.

Cuando el anciano, tras muchas horas de espera en vano, se dio cuenta de su soledad, lloró amargamente muy angustiado. Una lágrima resbaló por uno de los muchos caudales de su mejilla, fundiéndose al caer con el fino polvillo dorado que la esperaba en el suelo. Aquella arena, aglutinándose en aquella lágrima, sintió que se unía a su llanto inconsolable, plañendo junto a él la falta de su compañera.

A la noche, aún lejos de haber regresado a la tranquilidad, el viejo siguió llorando y llorando. Pasó mucho tiempo para que, con las lágrimas resecas sobre su piel y su ropa, sobre sus pies y la arena a su alrededor, agotado, cayera profundamente dormido y dejara de llorar.

En sus desordenados sueños se alzaron las imágenes como una visión.

Vio el horizonte abierto, más allá de aquel yermo circundante, donde yacían los cuerpos descarnados de sus impulsivos ancestros. Todos etiquetados con los graves cargos que, en sus vidas, habían forjado aquel destino. Vanidad, afán de lucro, éxito y gloria desmedidos por sobre todo. Secretas intenciones que habían lastrado desde el comienzo sus aventuras, condenándolos para siempre.

Vio a la paloma triunfando, alcanzando el paraíso hecho a medida de la sinceridad y la nobleza.

Y se vio a si mismo muerto en la pena de la soledad, angustiado de por vida, siempre temeroso.

Y despertó.

Las estrellas le velaban en silencio, entonando su nana de luz en susurrados destellos. También algo había despertado en su inteligencia, alejándole paulatinamente de aquellos temores inmemoriales.

Fue en ese momento cuando la frágil belleza de su compañera regresó para conjurar el último atisbo de horror en la mente del anciano, consumando un hechizo inexorable.

Luego lo tomó por la ropa con su pico, como si aquel hombre fuese tan ligero como una ramita de olivo, y lo elevó por los aires más allá del círculo de arena dorada, más allá del yermo desierto que los había confinado y que parecía no tener fin.

Pero que lo tenía.

Fin de la narración.

Abril de 1988

Dios es porcelana viva – Capítulo 3

Toda la planta baja es un auténtico bullicio de voces y de luces. Cada cual contribuye a su manera a decorar de vida las calladas estancias, que carecen de adornos navideños por voluntad de Jaime. Una vieja e impuesta decisión que el paso de los años ha monumentalizado y transformado en tradición.

La preparación del menú corre a cargo de Jorge y Sara, que han hecho valer su privilegio de familia, los hijos del anfitrión. Mientras, Rosa y Juan Carlos, sus respectivas parejas, sus cómplices en el matrimonio, siembran el mantel del comedor de finos cubiertos de plata, de platos artísticamente decorados y de todos aquellos utensilios que contribuyen a degustar con lujo la holgura de la nochebuena.

A todos ellos satisface realizar estas tareas que hoy no desempeña Josefina quien, como cada año, cena en nochebuena con sus dos hermanas, como un viejo náufrago superviviente que celebra los aniversarios con los últimos restos de su tripulación.

Los tres pequeños hijos de Sara, Luis, Miguel y Eva, los tres menores de la reunión, agotan a Valeria quien, con su dulzura y paciencia infinitas, les sigue la corriente en sus juegos. Para los pequeños es más víctima que cómplice y ello hace que disfruten tanto los encuentros junto a ella y que, a su manera, la echen mucho de menos cuando no se ven.

Hay tropiezos y disculpas y, de vez en cuando, una regañina si algún menor es el causante del incidente. Valeria, a pesar de ser una imprevisible señorita adolescente, es respetada por los padres que admiran, mitad condescendientes mitad aliviados, el sufrido regalo que, con ella, han recibido sus hijos por adelantado.

Jaime se encuentra de nuevo en su habitación, frente a la ventana, mirando hacia el exterior. Es el único lugar donde la luz permanece apagada y allí se encuentra sumido en sus pensamientos, acobardado por la agitación de los preparativos y por tanta confraternización.

Se siente aislado por el respeto que todos le profesan y que cada cual matiza a su manera. Sus hijos porque le conocen. Precisamente porque son sus hijos y por ello han sido condicionados desde muy pequeños, acostumbrados a las múltiples excentricidades de su padre. Más de una vez fueron regañados por Mercedes, que nunca se cansó de disculparle, cuando ellos protestaban y se quejaban de alguna de sus manías. Juan Carlos y Rosa, incorporados a la familia desde poco después de la muerte de Mercedes, creen que lo único que ocurre es que Jaime la añora continuamente, y en especial en aquellos días señalados por el calendario. Le respetan y se entregan fatídicamente a la tarea de rellenar los huecos que en una vieja familia se forman con los años, renovando con su sangre, extraña y joven, con sus ganas de ser punto de partida de las nuevas generaciones, la historia de este hombre. Para los más pequeños su abuelo es su abuelo y ya estaba allí cuando ellos nacieron, siempre igual, absoluto, inimaginable de otra manera. Sus ojos ansiosos y fascinados no pueden ver un segundo padre en él. Un padre tierno que los lleve, casi dormidos, a su cama, recostándolos y arropándolos mientras los besa, como hace el suyo. Como su padre que, aunque también estaba esperándolos, fue por voluntad de ser así. Su abuelo no es casi abuelo, pero un niño no reprocha a sus mayores.

Para Valeria, Jaime es un ser inabarcable y muy profundo, tanto, piensa, como cada hombre que ha nacido y nacerá y que alberga una experiencia de tiempo transcurrido intrigante y mágica. Porque sabe que aunque parecida, la cosecha de ninguna persona ha sido ni es ni será la misma que la que ella ha comenzado a recoger desde hace poco en el huerto pequeño de su vida. Y agradece esa extraña intersección de vivencias entre padres e hijos, y más aún, entre abuelos y nietos, que se encuentran más alejados en el tiempo, y que estimula su incontrolable imaginación. Para ella resulta indignante pararse a valorar las molestas incompatibilidades que dan al traste con las buenas intenciones, más bien las considera como efectos inevitables de unas viejas y ocultas causas que ciegan su expectante inteligencia en un fulguroso estallido de posibilidades, de preguntas, de azar y de destino, que lentamente se desvanece dejando un poso de inefable cariño.

Sin embargo Jaime es capaz de verse a sí mismo, de juzgarse con rigor y de consentirse con tolerancia y a un mismo tiempo, atenuando veredictos entre pulsos de cordura y cobardía, y siempre atado, permaneciendo atado por sus principios. En su interior se traman y destraman las opiniones de todos, se conjugan y contradicen, unificando una realidad que los genes se habían encargado de disgregar.

-¡A la mesa todos!, ¡ya está la cena! -suenan a coro las voces de Juan Carlos y Jorge, avisando a los demás.

Jaime lo escucha y se levanta impulsado por su apetito, pero en la puerta, dispuesto a salir hacia el comedor, se encuentra con Sara que le sale al paso.

-Ven papá… -dice-, ven a ver el menú que hemos preparado. Luego le conduce hasta la puerta de la cocina y allí, cariñosamente, le tapa los ojos con su mano.

-¿Preparado? -le pregunta mientras gesticula a Rosa para que se aparte.

Le guía delicadamente y libera su mirada frente a la mesa, convertida en un abigarrado expositor de viandas. Ellas miran fascinadas, orgullosas y felices del apetitoso resultado de todo lo que, con ilusión y trabajo, han preparado para la cena, pero él permanece indiferente. Siempre ha sido un excelente gourmet, apreciando con su paladar más que con su vigoroso apetito las exquisiteces de la cocina, pero no es hombre de cumplidos. Sin esperar su reacción Rosa toma su mano y le sitúa frente a la puerta del horno. Un aroma indescifrable y delicioso inunda la estancia con rapidez y obliga a Jaime, aún taciturno, a deshacer su aliento en agua.

-Muy bien… -dice él secamente, tercamente hambriento, y se gira hacia la puerta, dándoles la espalda, saliendo hacia el pasillo antes de que Sara y Rosa tengan tiempo de reaccionar.

Se miran estupefactas, diciéndole la una a la otra yo también con el gesto: se encogen de hombros, y la mirada: reflejándose recíprocamente una imagen de desconcierto e incomprensión.

Jaime se sienta presidiendo la mesa larga y suculenta. Los entrantes se encuentran ya servidos en los platos, espléndidos a la vista.

-¿Podemos comer ya? -pregunta Miguel, el benjamín, en voz muy alta.

-Espera hijo -le dice Sara-, me gustaría que tu abuelo rezara una oración en memoria de la abuelita Mercedes.

Y se queda mirando a Jaime con expectación, que ha girado hacia ella su enorme cabeza con un gesto enérgico y desmedido. Miguel, que está a la derecha de Sara, también mira hacia su abuelo, algo avergonzado.

-No -responde Jaime suavemente y, sin decir más, se pone a cortar un pedazo de jamón y lo engulle de un bocado.

A Sara se le congela la expresión como el agua de los charcos en la calle, paulatinamente. Su mirada busca la de Jaime con ofuscación, luego con desesperada ofuscación, pero él permanece indiferente y la ignora mientras se dedica por completo al contenido de su plato. A los demás se les enredan las miradas, en silencio, cruzando los haces de opinión o ignorancia que, dependiendo, proyectan sus ojos. Los pequeños, sin embargo, obedecen a su sagrado apetito y comienzan a devorar la comida contagiando, poco a poco, al resto. Valeria suspira y acaricia la mano de Sara intentando rescatar su atención, que intuye perdida en nada bueno. Le preocupa que no deje de mirar hacia Jaime, que come muy lentamente, apurando hasta el final los restos del plato, muy propio de su edad.

Jorge sirve el primer plato. Algún pequeño ya se quiere levantar de la mesa, dice que se aburre. Sara no se sirve, argumentando que no le gusta el cardo con salsa de almendras amargas y a pesar de que Juan Carlos insiste para que tome algo, por poco que sea. Valeria saborea mucho los bocados, un poco amargos al lado de Sara. Juan Carlos repite y baña su ración en la salsa de almendras, comiendo muy aprisa, ajeno a cualquier otro asunto que no pertenezca a su plato o a la proximidad de una fuente. El vino se sirve con moderación, pero la cena es larga y comedirse no va a servir de nada. Juan Carlos y Sara, al igual que los menores, no beben alcohol. Ella ni siquiera ha probado bocado. Busca la mirada de Jaime y luego, de reojo, la de su hermano. Su padre la ignora y Jorge, que habla mucho y come más, algo impredecible porque suele comer muy despacio y callado, interrumpe su habilidad recién adquirida para indicarle con los ojos que se tranquilice, aunque devuelve su atención al plato con la resignada sensación de que Sara no va a relajarse ni para los postres.

Las raciones son abundantes, después del primer plato, y las sobras van a serlo también. Mañana los gatos del barrio van a vivir su festín postergado de nochebuena, su comida de Navidad. La idea provoca en Rosa compasión por todos los seres que estarán desvalidos pasando una mala noche, sin comida, sin casa, sin calor para sus cuerpos, o quizá sin algún ser querido a su lado, sin seres queridos a su lado, quizá. Le empieza a apenar la posibilidad de que suceda así durante todo el año, noche y día, y noches y días. Una vida donde hay que soportar el existencialismo mayor, el de la propia biología, donde las filosofías se diluyen en el hambre la sed el frío y el calor, donde la existencia dicta con tiranía su innata tendencia al desarrollo. Pero sin tardar se recompone por dentro, alejándose de sus meditaciones y se reincorpora al ánimo general del banquete. Ánimo que no afecta de la misma manera a Sara.

Luis sin embargo piensa mientras come en el padre Damián, que le da la catequesis en la parroquia de su barrio. Un barrio modesto donde la iglesia tiene una presencia más activa que le concede el cariño de prácticamente todos sus convecinos, creyentes o no. El año que viene, Luis estará preparado para hacer su primera comunión, le han puesto al día sobre un montón de temas. Ahora esos temas le crean mala conciencia, mientras cena en una noche especial como ésta. Siente como si fuera cómplice de un crimen, pero no sabe por qué. Que en África los niños se mueren de hambre, y que los mayores los matan con machetes, y se matan entre sí, que todos mueren de penosas enfermedades, que las guerras no se propagan, sino que prenden como los restos de un incendio que hubiese calcinado el mundo, hoy aquí, mañana allí donde hacía mucho que se había extinguido el fuego, que en todas ellas no son los padres que mueren los que más dejan de cuidar a sus hijos, de alimentarles, dejándolos sin vida. Le han dicho que si el comiera un bocado menos en cada comida un niño pobre del tercer mundo podría cenar una noche, y deja de comer dos o tres en el plato y su madre los tira a la basura. Luis inmola por ellos todos los bocados, que se le atragantan y que no puede saborear. Pero se siente feliz viendo a sus mayores tan sonrientes y de buen humor. Bueno, a todos menos a su mamá que parece que sigue enfurecida desde que el abuelo no quiso rezar por la abuela y siente por ello ganas de darle un tortazo al metepatas de Miguelín.

Llegan los langostinos y a nadie le cuesta hacer un sitio en su estómago para probarlos. Las advertencias repiquetean con la insistencia de la lluvia en los cristales. Fuera está lloviendo pero nadie lo ha notado.

-¡Cuidado no comas tanto!

-¡A ver si te vas a poner malo!

-¡No vas a poder con el besugo y lo he hecho yo!

Nadie se lo toma a mal y fingen repetir con disimulo aquellos a quienes les tocó oír las reprimendas. Jaime se sirve poco para comer de todo. Lo hace muy despacio y piensa mientras tanto en la muñequita que rescató del desván y que mantiene escondida. Además tiene otra pequeña sorpresa, que se reserva con mucha ilusión. Mira a Valeria disimuladamente y sonríe. Entonces habla un poco con Juan Carlos, que continúa dominando los platos desde la conversación. Al rato se queda ensimismado de nuevo y un poco molesto por la alusión que hizo Sara sobre Mercedes. No le pareció apropiada y no entiende por qué no se siente a gusto consigo mismo. El resto de su atención sólo se ocupa de los langostinos con salsa de piña y melocotón. Juan Carlos se queja de tener que pelarlos, le parece infame pagar con tanto esfuerzo por su carne sabrosa. Sara mordisquea uno muy lentamente, parece más tranquila, pero está lejos de divertirse como lo hacen los demás. Casi no ha articulado palabra y eso que Valeria intenta, con cualquier pretexto, distraerla y retomarla para la celebración de la noche.

A Valeria le encanta poder hablar con todos ellos.

-Es nochebuena, -le dice en una ocasión- y me encanta que padres, hijos y nietos estemos aquí como una auténtica familia, ¿sabes? El apellido no obliga -continúa- la devoción está en nuestros corazones. Sara parece conmovida pero un vistazo a Jaime vuelve a enmascarar sus bonitos rasgos en una rígida mueca de disgusto.

A la hora del besugo, que trae Jorge de nuevo con mucho cuidado, los niños ya revolotean ajenos al resto de la cena, pero la mitad de los comensales sienten con gran pena que no van a poder probar el plato culminante del banquete. Jaime sin embargo lo encuentra espléndido y muy tentador con sus rodajitas de limón. Su estómago ha rechazado con extraordinaria terquedad la vejez y se permite algún exceso a la hora de comer, y lo valora mucho, como alguien a quien el lento y taimado paso del tiempo ha robado la gran mayoría de los placeres de la vida.

Los que aún aguantan el asalto culinario con la resignación propia de unas fiestas que marcan unas pautas culinarias que heretizan los postulados más básicos de la macrobiótica, se sirven con moderación, a la espera de poder pegarle un bocadito a los postres. Jaime con su cadencioso engullir, Juan Carlos con su expresiva voracidad y Jorge, sobrio pero entretenido.

Las charlas se emparejan o se comparten entre tres, casi alternativamente.

A Valeria le parece que Sara ha salido un poco de su enfado, aunque no está muy segura de ello. Está hablando de su negocio, su librería, de lo poco que se lee, de lo escasamente considerados que están los autores españoles frente a los foráneos, de lo mal que va su libro de cuentas y todo eso. Valeria cree que pone demasiado énfasis en lo negativo de cada situación que plantea para hallarse de nuevo serena, y mucho menos alegre.

Miguel golpea involuntariamente un vaso con el brazo, que se estrella contra el suelo y que detiene, con su estrépito, las conversaciones, que no tardan en ser retomadas casi sin reprimenda. Sara, su madre, le mira pero sin decir nada. Se levanta a por una escoba para barrer los cristales.

Todo el mundo está bastante excitado y alguno un poco achispado, y la mayor parte de las botellas de Rioja crianza, expertamente escogidas para esta ocasión, casi vacías. Se come y se bebe sin parar. Ni Jaime ni Sara beben demasiado. Jaime no habla. Sara tampoco come.

Entre los adultos nadie se percata ya de nadie. Saciados y medio amodorrados, o enfadados como Sara, no tienen mucho campo de actuación, salvo quizá para atender sus triviales y vanidosas conversaciones navideñas, que poco a poco van tiñéndose de los colores rabiosos de la necedad de sus pensamientos. Comparaciones inapropiadas, algunas hechas con más imprecisión que buena voluntad, absurdas y pueriles presunciones, orgullos tapizados por una tierna y ridícula diplomacia de fin de año.

Tequieros entre familiares.

Valeria escucha y se siente testimonio, testigo externo y sumergido entre los de su propia sangre, que anota las palabras y dibuja las situaciones, dispuesta a aprender de todo. Para ella ya pasó el tiempo de centralizar su aprendizaje en lo que le enseñaban en el colegio. Concede mucha importancia a las lecciones que le enseñan a reconocerse a sí misma y a los demás.

Se anuncian los postres que, como no, vienen de la mano de Jorge. La macedonia atrae de nuevo a los chiquillos a la mesa, empotrándose en sus sillas y exigiendo las raciones más grandes. Valeria se sirve moderadamente, a ella no le hace demasiado el dulce. Sara la prueba y casi al instante la ha terminado, rebañando con la cuchara. Es lo único que ha probado de todo lo servido. Juan Carlos repite y se lo come en un santiamén mientras Jorge es interrumpido alternativamente por los niños, que piden más. Eva dice que a ella no le gana nadie a comer macedonia y menos en nochebuena. Jorge sonríe a todo el mundo. La fuente queda prácticamente vacía y todos más que llenos.

Un consenso general da la cena por terminada, al fin. Sara y Rosa sugieren a los demás que vayan al otro salón donde ya están servidos el turrón y los polvorones. Quieren recoger un poco el desbarajuste que han formado durante la cena. Los niños van los primeros, corriendo alegres y juguetones como siempre, como llevan haciendo toda la noche. El resto se desplaza como un sinuoso y tambaleante dinosaurio por el pasillo. Hay felicitaciones a los cocineros y se les promete un aumento de sueldo entre carcajadas. Entran vociferantes al salón, buscando cada cual un buen sitio donde comenzar la digestión. Jorge acompañado de una buena copa de J&B, reserva de dieciocho años. Juan Carlos asediando los polvorones. Jorge se levanta y convence a Sara y Rosa de que retrasen un poco su tarea y les acompañen en la tradicional tertulia de familia. Van a escuchar discos, de los setenta, y no tardarán mucho en encontrarse bailando. Como todas las nochebuenas, acabarán hablando sobre los ovnis.

Jaime no sigue tras ellos, sino que gira hacia la entrada y sube por las escaleras hacia el piso de arriba. Valeria se da cuenta, pero no dice nada. A veces siente rabia por darse cuenta de las cosas en las que los demás no parecen fijarse, y que seguro que importan. Siente la responsabilidad resbalando hasta el suelo, indecisa durante un instante de si debe guardar silencio. Sara también lo ve y Valeria ve a Sara también, pero da media vuelta despreocupadamente y se cuela en el salón de un saltito, dispuesta de buen grado a jugar con los pequeños. Sara entra detrás de ella y pasea entre todos con aparente cordialidad, pero a la primera oportunidad que ve se escabulle sin ser notada en el barullo. Sus pasos, ya fuera, son enérgicos y sube por las escaleras sin vacilar.