Otriverso | Parte Tres: O la muerte

Parte Tres: O la muerte

¿Cuánto tiempo había transcurrido desde que comenzó esta estúpida alucinación? ¿Un par de minutos, quizás? ¿Un poco menos? ¿Quizá más? En ese momento de determinación y de fuerza, la alucinación le pareció estúpida, no por frivolidad sino por ira. No se trataba de una (jodida) película estadounidense. Lo que estaba sucediendo le estaba ocurriendo a él, a Manu en persona, iba muy en serio y los diálogos frívolos y las verdaderas estupideces altisonantes no pintaban nada en el discurso de su mente, expresado o no de viva voz.

Adoro la palabra, la obra y la omisión.

Quiso tomar la palabra y dirigirse a su camarada sin demorarse más. Esa fue su intención, con determinación, solucionarlo ya, pero en el momento en que se disponía a comenzar a hablar, en que lanzaba su baza para alcanzar un acuerdo triple entre él, la llanura invadiéndolo todo y su amigo Dei, justo en ese momento, como preparado por un inteligente maestro de ceremonias que estuviese orquestando la sucesión de los hechos, para darle mayor efectismo a cada giro en el argumento, justo entonces, en ese preciso instante, dejó de escuchar la ciudad.

No más voces. Chico, chica, niña, niño, niños, mujeres, mujeres, hombre, hombre, mujeres. No más motores. Camión, coche, coche, coche, moto, coche, furgoneta, coche. No más efecto Doppler en vehículos que vienen y se van. No más vehículos que se detienen con prudencia o bruscamente sobre el pavimento mojado. No más susurro continuado de pedacitos de nube condensada estrellándose contra todo. No más neumáticos prolongándose sobre los charcos de la calzada. No más katiuscas ni zapatos empapados golpeando por las aceras y pasos de cebra. No más prisas ni parsimonias en aquellas calles.

Al abrir la boca y exhalar el aire de sus pulmones a través de las cuerdas vocales, no más él. Lo intentó una vez y otra, y otra más, hablar, decir algo, pero nada, no más él.

Todo sonido proveniente de aquella ciudad que se adentraba con bullicio en la húmeda nocturnidad, que acabaría prácticamente por silenciarla, había sido reemplazado en sus oídos, en su mente, por otra cualidad sonora que también se oía alto y claro.

Manu no se escuchaba ni a sí mismo a través de sí mismo, el sonido de su propia voz a través de  huesos y cavidades. Sin embargo, multitud de frecuencias llegaban alto y claro a sus oídos, a su mente, tan alto y tan claro para él como una tormenta de verano descargando su talento sobre un páramo desierto, donde nadie puede escucharla. Un sonido total, sin intersticios, tan inmenso como si fuese la nada lo que lo produjese, incomprensible, tan evidente y desconocido que ni aún frente a frente pudiese el pensamiento concebirlo como real, como existencia.

Estas frecuencias que habían reemplazado los sonidos familiares de la ciudad también se veían afectadas, de nuevo y para no variar, por esa falta a la ley de causalidad que todo, en el universo llanura, padecía sin excepción. Dicho de otro modo, ninguno de aquellos nuevos sonidos se correspondía con nada de lo que Manu veía, y esto, lo que el pobre desdichado de Manu estaba viendo muy a su pesar, la llanura, a su vez no parecía emitir sonido alguno.

Un sabor nuevo e indefinible reemplazó el de su amargura al ir cobrando conciencia de ello.

Un escalofrío lo recorrió de pies a cabeza, el epicentro hondo en su pecho. Su piel y su olfato, que es bastante más que decir su tacto y su nariz, aún seguían allí, en aquella ciudad que ni veía ni escuchaba. El hecho de concebirla como un allí lejano y pretérito, y no como el previsiblemente contemporáneo y habitable aquí, evidenciaba que, inconsciente pero irreversiblemente, Manu estaba aceptando su definitiva expatriación, que seguía el curso de aquel proceso hasta el final incierto, que se resignaba a la reubicación, mórbida o no, dejándose llevar, cayendo, habitando el delirio para permanecer en él.

Manu gritó y gritó sin oírse a sí mismo y sin saber a ciencia cierta o incierta si se estaba haciendo escuchar por Dei. Dei también parecía estar gritándole algo, gesticulaba descompuesto, quizá enfadado, quizá también sin poder saber de ninguna manera, que es otra forma de decirlo sin mencionar la certeza, si éste a su vez se estaba haciendo escuchar por Manu.

Al cabo de un instante se produjo un cambio, una sensación de percepción intraducible. En la cara de Dei, observó Manu, todo rastro de vida se detuvo y, durante unas milésimas de segundo, su rostro inanimado se mantuvo mirándolo fijamente, concentrada toda la acción en unos ojos que devoraban lo que veían como bocas de tiburón.

Dei adelantó sus manos respecto al resto de su cuerpo y se abalanzó sobre Manu sin que éste tuviese tiempo de reaccionar y evitar el encontronazo. Manu esperó la llegada del golpe reaccionando bruscamente, cerrando los ojos mientra tanto, pero esto fue algo que no tuvo lugar, no chocaron él y su amigo.

La sensación de duda permaneció en él sólo un momento fugaz, otra minieternidad acumulada.

Tres o cuatro movimientos leves fueron suficientes para salvar ese territorio difuso que separa la ignorancia del convencimiento, ambos absolutos, y evidenciar que ambos, él y su amigo, como dos espectros de colores, ectoplásmicamente encajados el uno en el otro, ocupaban prácticamente el mismo espacio en el mismo instante en algún lugar de aquel luminoso abismo horizontal, la llanura.

Como dos fantasmas.

Sus emociones: una muy fuerte impresión sí, sorpresa ya no.

Pero, ¿él o yo? -, acertó a pensar.

¿Él muerto o yo muerto?

Yo muerto. Seguro.

Otriverso | Parte Dos: La llanura

Parte Dos: La llanura

Dei abría la boca para saludar cuando advirtió el gesto de su colega, extraño, impropia reacción, nada habitual. Lo vio cerrando los ojos con fuerza tras haberse quedado embobado unos instantes.

Y a éste qué le pasa.

Manu permanecía con los ojos cerrados, muy apretados los párpados mientras un gesto como de nausea desfiguraba poco a poco su cara al irse pronunciando. A pesar de que Dei había comenzado a llamarle por su nombre éste parecía no reaccionar, seguía así, ausente, atacado por algún mal repentino, pensó, quizás. Cuando llegó a su lado, en el punto exacto en que su cerebro se debatía para resolver la indeterminación de si todo aquello era tan sólo una broma o si acaso era algo más serio, un ataque o algo así, Manu abrió los ojos de golpe y se quedó mirándolo fijamente, tanto como una estatua a través de su fotografía. Se asustó.

Estaba pálido, muy pálido. En su rostro se había renderizado el miedo en cuestión de milisegundos, un miedo como nunca había visto Dei en rostro alguno. Sin querer imitarlo lo hizo, lo imitó en su propia cara y su gesto reflejó de esta manera una réplica casi exacta de la expresión facial de su amigo. El miedo es muy contagioso.

Bruscamente Manu giró todo su cuerpo, revolviéndose como un animal herido. Fue un espasmo que fue a dar consigo contra un hombre de bigote que caminaba con determinación, la cabeza gacha y ensimismado y que acertaba a pasar junto a él en ese momento, preciso o no.

El hombre se giró, miró con desconcierto hacia el motivo de su vuelta al mundo real y retomó su camino y su actitud al darse cuenta de que aquel chico que le había golpeado no parecía muy normal. No había más que mirarlo. Quizá la actitud correcta en este caso hubiera sido la de interesarse por él, haberle preguntado si se encuentra mal, si hay algo que uno pueda hacer, haberle ayudado. Pero el hombre quizá pensó que haciendo todo eso probablemente se metería en problemas, que al fin y al cabo a él la vida de aquel desconocido ni le iba ni le venía y que, en todo caso, metiendo las narices donde nadie le llamaba se entretendría y llegaría tarde a casa, causándose una molestia evidente e innecesaria. Justo castigo a la falta de sentido común. Quizá no.

Mientras aquel hombre se alejaba como si nada hubiese sucedido, Manu, para el que ciertamente nada había sucedido, pues no se había dado ni cuenta del encontronazo, comenzó a mirar alternativamente hacia los chicos, que seguían en la esquina con el balón, y hacia Dei, cada vez más perplejo apenas a un par de metros de donde él se encontraba.

Perplejo, por momentos helado de miedo, desorientado en todo caso y completamente dominado por la curiosidad se sentía Dei.

Pero Manu, ¿qué te ocurre, tío?

Entretanto, la mirada de Manu recorría un paisaje que su cerebro se empeñaba en considerar simple y absolutamente como imposible. Aquello no podía estar sucediendo, se dice.

No creo lo que veo. Loco, loco, locura, esto es una locura, esto es una puta locura, estoy loco, no puedo estar loco, es imposible, imposible, imposible, esto no puede estar sucediendo, yo no estoy loco, esto qué es, por qué me tiene que estar pasando esto a mí, quién me ha hecho esto, de quién es la culpa, que se acabe ya, que se acabe todo esto de una vez, basta, basta de una vez, basta, basta, basta, basta, por favor, por favor, por favor. Por favor.

El parque, los chicos, la pastelería, todo seguía allí, allí en su lugar, allí donde debían estar, allí donde siempre habían estado, donde su mente recordaba que habían estado el instante anterior cuando, a punto de cruzar la calle hasta el portal de su casa para ver aquel partido ya empezado, tumbarse plácidamente en su sofá y apurar un par de cervezas o tres hasta la última gota, Dei le llamó.

Todo permanecía. Era la pura realidad. Él, él, nunca se había detenido en sutilezas cursis, nunca se había parado a pensar qué complicada ley natural o extraña ley divina era la garante de que el universo se comportase de aquella manera siempre, siempre sin excepción, su dignidad quedaba por encima de todo aquello. Que las personas, los coches, las casas, todo en su sentido más absoluto, no se desvanecieran de un instante para el siguiente, desapareciendo, como devorados por agujeros negros invisibles, teletransportados por genios todopoderosos y sumisos o fulminados por la ira de algún Dios iracundo, pendenciero y cruel. Manu no solía complicarse la vida ensuciandose las manos con problemas relativos a matices filosóficos tan poco prácticos como irresolubles. A tomar por culo con la filosofía y la mecánica cuántica ¡por el amor de Dios! Él, en el peor de los casos, vivía bajo los designios de un Dios indiferente que no andaba poniendolo todo patas arriba cuando le daba por ahí.

Un paisaje imposible. Sin casas, ni gente, ni límites definidos que mediasen entre lo que había sido y lo que era. Las aceras por donde caminaba los transeuntes, las señales de tráfico, los coches que circulaban, los que estaban aparcados, el asfalto, los charcos, habían desaparecido. Todas las cosas del mundo, a partir de un metro por delante de su amigo habían sido sustituidas. Dei se mostraba ante los ojos de Manu incrustado hasta las rodillas en algo semejante a un suelo aparentemente sólido pero que no le impedía moverse ignorando el relieve, algo que no podía ser. En su lugar, en lugar de aquel mundo real indiscutible hasta hacía tan sólo unos instantes, abarcando casi la totalidad de su visión y hasta donde alcanzaba la mirada, se extendía una llanura suavemente iluminada y vacía, de ligera pendiente y apariencia sintética, artificial.

En un momento, la pandilla de chicos de la esquina, que aún se encontraban en lo que Manu consideraba el mundo, el mundo real, su mundo, se despidieron y se fueron distanciando unos de otros. Algunos atravesaron la zona difusa y se adentraron en la llanura que conformaba el otro lado para desaparecer poco después.

Los límites entre ambos mundos, el real y el otro, eran del todo incomprensibles para Manu, ni siquiera hubiera podido haberlo descrito si alguien se lo hubiese pedido. No obstante, nadie lo hacía, todo el mundo se comportaba con naturalidad, como si tal cosa. La gente aparecía o desaparecía en su devenir, bien en la zona límite, más allá o más acá, caminaba por la acera sobre el suelo o atravesaba la llanura, incrustándose en ella o sobrevolándola, sin expresar la menor sorpresa y sin dar la menor sensación de ser conscientes en modo alguno de aquella locura que se suponía estaba sucediendo.

De algunas personas Manu sólo percibía una parte, medios cuerpos, miembros amputados, ausencia de manos o de cuello, pero nadie reaccionaba mas que él, nadie lo hacía. Esto había de ser locura por fuerza, una alucinación, pensó y pensó, aferrándose a la enfermedad, curable en todo caso, para hallar una explicación.

Uno de aquellos chicos del parque, sin cuerpo de cintura para arriba, pasó junto a él aterrorizándolo. Aquellas piernas continuaron caminando, parecía que dotadas de vida propia, sin cabeza que las gobernase. Instintivamente Manu comenzó a respirar con profundidad para calmar el pulso acelerado de su corazón. A partir de ese momento se sintió solo, muy solo, como si la realidad lo repudiase, como si el mundo ya no quisiese saber más de él y lo arrojase lejos, muy lejos de todo lo soportable.

Un instante después el otro lado había tomado el control, casi totalmente, de lo percibido. Él aún podía escuchar sonidos, voces, motores, pasos de aquella tarde y aquella calle de las que ya no quedaba nada visible. Sobresaltado miró hacia sus pies, estaban posados sobre aquella superficie cenicienta y mate, exactamente igual que lo habían estado hacía unos momentos sobre la acera. Por decirlo de alguna manera, eso le tranquilizó pues, al fin y al cabo, era un retroceso en la ilógica idiosincrasia de aquella visión. Posarse gravemente sobre el firme es lo que cualquiera hubiera esperado que sucediese.

Dei aún permanecía, junto a él, viviendo su propia y desconcertada versión de aquel minuto, pues éste aún se encontraba en la calle, mojado, junto a su amigo Manu, sin comprender muy bien qué estaba sucediendo aunque, de hecho, no había sucedido demasiado.

Lo que para uno era el barrio, la calle, casas, personas y coches para el otro era la llanura, leves dunas que brotaban de aquella indefinible superficie cubriéndolo todo hasta el horizonte y que no ayudaban mucho a delimitar aquel yermo.

Llegado a este punto, solo ante lo inextricable, a Manu no le quedó otra opción que la más obvia, comunicarse con Dei.