letra en la canción de cuna

Él trabaja frente al ordenador, frente a una ventana muy grande a través de la cual entra abundante claridad y en una habitación desordenada de un modo sistemático, esto es, con pilas de libros, de disquetes, cedés y montones de carpetas repletas de papeles, viéndose que se trata del refugio de un creativo. Parece molesto por su falta de concentración y de mal humor, e insinúa con algún comentario cargado de amargura que no va a tener tiempo de terminar el trabajo que ya debería haber entregado. A través de su ventana, en la fachada de la casa de enfrente, se ve una ventana cubierta por la persiana.

La persiana se abre ruidosamente, tanto que molesta su concentración, y él, desbordado por la rabia, se queda mirando y ve a una chica que descorre las cortinas, repara en él y le saluda con una mano mientras sujeta algo sobre sus labios con la que le queda libre del saludo.

Imbécil, o algo parecido insulta él mientras informa al aire que le rodea, donde no hay nadie para escucharle, que lleva varios días con sus noches trabajando de continuo y que por ello mismo hace mucho tiempo que no duerme.

Él trabaja frente a su ordenador o busca entre sus montones y entonces comienza a oír pitidos, es decir, sonidos agudos y molestos producidos por un pito o un silbato de esos que suelen llevar los monitores de natación para que les haga caso la jauría de pequeñajos. No son pitidos en el oído como dicen que ocurre cuando alguien habla mal de ti.

Con las manos sobre las orejas y cubriendo el oído para evitar el sonido estridente, mira a través de la ventana y repara en que su vecinita, que da vueltas por la habitación con la mano todavía en su boca, sigue sujetando algo. Ella le devuelve la mirada cuando retira el objeto sujetado y el pitido cesa, le está sonriendo, vuelve a sus quehaceres, devuelve la mano a la boca y el sonido se reanuda y él contiene un grito y aplasta sus orejas con la palma de sus manos y aplasta sus ojos en una mueca de insoportabilidad y desesperación.

Se levanta mascullando sin llegar a formar ninguna palabra o incluso sílaba reconocible y arranca el monitor del ordenador de su escritorio forcejeando con las conexiones de los cables hasta que ceden. Sale corriendo de la habitación. Sale del portal atropellando el aire con gesto de fiera. Sube por las escaleras vomitando el aire que devora y que inflama con su mirada, en sus ojos. De una patada entra en un piso, el de la vecina. La puerta no es de seguridad y cede, vaya si lo hace. Corre a través de las habitaciones y ella sale a su encuentro en el pasillo, con el aspecto desconcertado que muestra quien va a la búsqueda de lo que no entiende que esté pasando. Aún sigue con la mano sujetando el objeto entre sus dientes pequeños y blancos. El pitido es ensordecedor y ella grita y agita la cabeza con el gesto más desesperado que puede forzar un rostro bonito como el de ella. Él levanta el monitor y con los ojos cerrados, en una escena cuyo tempo se dilata tanto que parece transcurrida a cámara lenta, lo estrella en su cabeza incrustándolo por la pantalla hasta los hombros. Ella cae como una pluma mientras el tiempo recupera su ritmo habitual, la mano ha salido despedida de su boca pero aún conserva el objeto que mantenía, y cae con y junto a ella. El pitido ha desaparecido y sólo se le oye solo que se atraganta entre suspiros sollozos quejidos e inmensas bocanadas de aire. Su mirada gravita hacia la mano culpable y asesinada y encuentra que los dedos semiabiertos pero agarrotados sujetan un palo de regaliz que es bastante grueso y bastante corto y que desparrama sus melenas rubias que están bastante chupadas y mordidas sobre las que hay una gota de sangre que brilla con la luz artificial. No se oye pitido alguno.

cerebro

Escuchad. A partir de hoy todo es susceptible de ser considerado un acto creativo. Es terrible.

¿Qué pasó?

Acaban de abolirlo. Han abolido el acto creativo. El integrismo se ha salido con la suya. Dicen que sólo Dios puede crear. No las personas. No me lo puedo creer.

Al final han conseguido establecer esa gran chorrada como paradigma universal. El pretexto perfecto para controlar definitivamente nuestras sociedades. Sabíamos que ocurriría. Por muy imposible que pareciese. Sabíamos que acabaría ocurriendo.

Qué queréis que os diga. No es nada nuevo. Lo anunció j074h4ck3r a finales del siglo XX. Lo tacharon de loco. Claro está. Impregnaba cada una de sus obras. Una pequeña minoría siempre hemos creído en ello. Así fue como surgió el Creativismo como movimiento contestatario frente al control de la elite de poder mediante la explotación de lo irracional. Todos los creativistas nos hemos guiado por lo que j074 escribió en aquel entonces. En aquella circunstancia tan diferente. Eran otro tiempos pero. Hemos confiado tanto en su formidable intuición. Hoy por fin ha sucedido. De qué nos sorprendemos ahora. De qué. ¿Me lo queréis explicar?

¿Pero qué hacen los l4nz4d3r45? ¿No se supone que esto no iba a llegar a pasar? ¿No se suponía que ellos velaban por nosotros? ¿Que lo tenían todo controlado? ¿Que esta mierda no era más que una puta fantasía conspiranoica de mentes perturbadas? De radicales. Toda la puta red contaminada durante más de medio siglo con sus eslogans impactantes y frases grandilocuentes que nos convencían a todos de su buen juicio y se van a quedar de brazos cruzados ahora que es cuando deben dar la cara y hacer algo? Que ya debieran haber hecho.

No te pongas nervioso. Está muy claro que a estas horas estarán trabajando mucho más de lo que crees. Habrá alguna explicación. No puede ser tan grave. ¿No estáis sacando un poco las cosas de quicio?

¿Sacar las cosas de quicio, dices? Joder. No es suficiente con hacernos follar monitorizados. Estoy hasta los putos güevos de comerme la olla sabiendo que una puta IA se pasa todos y cada uno de sus ciclos supervisando cada tiempo de Plank de mi vida íntima y quizá decidiendo si soy un pervertido propenso a la felación, la sodomía, la composición literaria o la programación cuántica como si todo ello fuera sinónimo  y apuntase a un degenerado un terrorista o al puto Terminator. No sé si me indigna o me desmoraliza. No lo sé. Creo que estoy abatido por ambas emociones hasta tal punto que me siento incapaz de pensar con claridad. ¿Irónico verdad? Consiguen detener mi mente. Paralizar mi inteligencia simplemente a base de miedo. Hijos de la gran puta.

El hecho al que hay que prestar la debida atención es que sus putos guardianes cibernéticos presuntamente inteligentes decidirán si te estás explayando demasiado mientras hablas o silbas. Lo que sea. Ellos velan por la seguridad. Son infalibles y su moralidad está fuera de toda duda. Al menos para la mayoría de las personas. Gente normal. Ya sabes. Eres vigilado y el desastre puede llegar por cualquiera de los actos que cometas en tu vida.  Así puedes definir tu vida. El conjunto de actos que cometes y que, de ser descubiertos, puedes conducirte a  la extinción. La situación es ésta. Así es. A esto hemos llegado. Todo. Absolutamente todo lo que hagas a partir de ahora puede clasificarse de composición creativista y en la medida que eso ocurra serás acusado y condenado de un nanosegundo para otro. Así es. Repito. A esto hemos llegado. Y no de un nanosegundo para otro.

Como siempre las grandes olas que acaban con todo se ven venir en la distancia. Pero a la mayoría el horizonte les confunde. Les hace pensar que son pequeñas olitas con las que pueden tratar. Animan a sus hijos a meterse en el mar y esperar a que lleguen para jugar con ellas. Confiadamente. Además creo que piensan que, al fin y al cabo, sólo se trata de agua. Si das la alarma nadie te hace ni puñetero caso hasta que es demasiado tarde y la ola está encima y ya  no hay nada que hacer. Creo que estoy divagando. ¿Os dais cuenta?

No. Esa imagen es buena. Tienes razón. Mucha razón.

Bien. Entonces. Si te pillan. Que te pillan. ¿Qué te harán?

Fácil. Te liquidarán sin piedad parapetados tras su tecnología de una manera moralmente intachable y sofisticada. Tu cuerpo seguirá viviendo. Sin ti. No serás tú. Toda la información que puedes considerar que eres tú será formateada y reescrita. Serás reconfigurado de tal manera que desaparecerán incluso tus recuerdos más íntimos y el proceso será tan eficaz que tu conciencia habrá desaparecido para siempre de un segundo para otro. Exactamente igual que si hubieras muerto y otro ser, completamente distinto, acabase de nacer en lo que fue tu cerebro. Probablemente guarden una copia de seguridad de ti si tu perversión es lo suficientemente peculiar para llamar su atención. La cosa tiene gracia. Para que algún chiflado barbudo juegue contigo mientras experimenta con formas mejores de seguir cometiendo su sacra tarea. La cárcel del alma lo llaman algunos teóricos haciendo referencia al viejo Platón. Y creo que tienen razón. Encierro y torturas sin límite durante un tiempo que bien puedes considerar como la Eternidad. Están escribiendo un nuevo libro sagrado. Uno cibernético aún más asesino y duradero que todos los anteriores.

Comprendo. Para ellos es un triunfo que los pone a salvo de culpabilidad. Que los exime del genocidio que van a cometer. Matarte dentro de tu propio cuerpo. Sembrar otra conciencia artificialmente creada. Modelada para la esclavitud. Para la sumisión.

El perfecto asesinato. Tan escalofriante y repugnante que me siento a punto de morir con sólo pensarlo.

Conciencias como conejillos de indias. Esto no puede ser. No podemos dejar que suceda.

Lleva tiempo sucediendo. ¿No te das cuenta? La única diferencia es que a partir de ahora será legalizado. Será aceptado por la masa y será. Bueno. Ya sabes. Ocurrirá en todas partes. A la luz del día o a la de un viejo diodo.

Según como lo veo yo. Quizá no nos salvemos ninguno. Los l4nz4d3r45 no van a ser lo suficientemente rápidos aunque cuenten con gente muy preparada y suficiente tecnología. No tienen reflejos suficientes, nunca los han tenido, su ingenuidad probablemente nos ha condenado a todos.

No. Nuestra ingenuidad nos ha condenado. La de todos. La de la mayoría al menos.

Su aquiescencia que no su fuerza es lo que ha permitido su supervivencia en este sistema.

Sí. Pero hasta cuando.

Hijos de perra. Hijos de la grandísima perra aneuronal. Éste es el uso que quieren hacer del logro tecnológico más importante de la historia del ser humano. Para esto querían ellos desarrollar inteligencias artificiales. Para esto necesitaban algunos los estudios sobre la inmortalidad de la conciencia. Superar el militarismo no fue suficiente.  La gente se confió. La gente. Quizá la solución sea librarse de toda la especie. Muerto el perro se acabó la rabia. El hombre es un lobo para el hombre. Decía Plauto hace muchísimos años. Aunque no sé muy bien qué entendía él en estas palabras.

Deja de decir tonterías. Todo lo que escucho a mi alrededor me hace comprender  su triunfo y nuestro fin. Es nuestro problema. Nos afecta a nosotros. Somos muchísimos más que ellos pero nadie entiende nada. No estamos unidos. Nuestros egoísmos compiten entre sí por pequeños intereses individuales. Vivimos manipulados. La mayoría ni se dan cuenta de ello. Es nuestro problema y no le veo fácil solución. Más bien ninguna.

Sin embargo para la elite todo esto no es más que una buena solución susceptible de ser mejorada. Eficacia al cien por cien. Sus manos se estrechan cordiales y sus caras irradian duras sonrisas de triunfo. Puedes apostar por ello.

Bueno. Dejadlo ya. Prestad atención. Tengo algo que deciros

¿En serio? Habla tú en serio a ver qué dices.

Sí. Cuenta.

Conozco a un ingeniero audaz y muy especial. 57411m4nn. Quizá os suene. Lanzó Kraken. ¿No os acordáis? Aquel programa que causó tanto revuelo hará como una década. Ahora trabaja con otros como él. Que no son demasiados. Él y su grupo cuentan con algo muy potente y están a punto de lanzar la primera versión estable.

¿De qué se trata? No nos habías comentado nada hasta ahora.

Ya lo sé.

Se trata de una nueva IA. Una especie de metainteligencia muy compleja. Algo me explicó pero a pesar de mis conocimientos sobre este campo puedo aseguraros que no me enteré de mucho . Dejémoslo en que tienen una IA muy potente y especial. Algo colosal. Ni siquiera puedo llegar a imaginar que hayan sido capaces de hacer ellos todo el trabajo que se supone que un reto así conlleva. Han de contar con avances  teóricos que aún no se conocen en los círculos oficiales. Imposible de otra manera.

¿Una SuperIA? ¿Que un pequeño grupo ha sido capaz de ensamblar una IA? ¿Una de verdad?  ¿Y encima no una cualquiera sino la madre de todas las putas IA? ¿Te estás quedando con nosotros? Porque conmigo.

Es algo increíble lo que vi la última vez que estuve con él. Yo también pensaba que era imposible. Pero más imposible es lo que me mostraron en su laboratorio.

¿Qué viste?

Es letal. Letal. Para ella eliminar guardianes y romper las cárceles del alma. Como las llamas tú. Es tan sencillo como resolver un viejo sudoku. Es indetectable. Como si no existiese. Llega. Actúa. Nunca ha estado. Como un fantasma.

Eso es imposible.

Lo era. Ahora ya no. ¿Os dais cuenta lo que ello puede significar? Mientras todos nosotros perdíamos el tiempo con filosofías y quejas alguien ha desarrollado un guerrero perfecto. Un guerrero que puede desmantelar este podrido sistema cuando todo parece perdido. Aún queda una esperanza. Siempre queda una esperanza. Lo importante es no quedarse mirando. Hay que hacer algo. No importa lo difícil que parezca. Eso han hecho el tipo ese y su grupo. Lo que yo he visto y hasta donde he podido llegar comprobado dice que no es imposible. No obstante.

Qué.

Nada.

Bien, entonces mañana nos presentarás al nuevo doctor Frankenstein y a su fantástica criatura.

Sí, no hay problema.

llegarse a buda

El campo un prado fresquísimo para él. Árboles y manzanas nacidas en los árboles pequeñas a lo lejos. Huerta veraz en la ladera. Y las nubes rompiendo sobre las cimas acantiladas de las montañas no muy lejos. Los pájaros como los delfines. El sol como el sol.

Mario pone una cerca pequeña que lo rodee con las herramientas necesarias cargadas sobre el hombro. Mario ha pintado la casa un poco a su aire. Bonita para él. Mario plantó las matas de fresas y recoge fresas para disfrutar bebiendo su pulpa en batidos.

Ella no se fue con él cuando él vino a vivir. Ella habita en la orilla de las ciudades un poco a la manera de los demás. Se dirige según la luz de los semáforos. Tampoco le echa de menos.

La cerca está casi puesta porque queda preciosa y la puede saltar hasta el pobre Mario tan cojo como anda. Equilibrándose a saltitos. Es blanca pero nadie recordará su color porque es preciosa y da lo mismo el color de la pintura. Se recordará mejor la valla bonita sumergida en las fragancias exóticas del campo. Los animales sueltos. Todos. Lo saben. Pasan sin ningún cuidado a través de los travesaños o rascan el lomo. Los que tienen lomo. Con mucha naturalidad sobre la hierba en la que Mario sembró la valla.

Jamón con pera para desayunar. Leche y fresas en batidos a cualquier momento del día. Manzanas y tomate y guisantes verdes por las tardes. Cada manjar recogido en la estación, como las primas que llegan al pueblo de veraneo. Comida sin plato y bebida en cuencos de arcilla viva cocida para amabilizar el beso.

Tratos muchos con sigo mismo y de vez en cuando con alguien que se acerca bienvenido para que lo sienta. Poca voz amable y viva que no repite. Tragos generosos de saliva combinada con bocados de viento y aromas de sazón.

El sexo en todos los momentos con ella. Lomo de ardilla. Mirada profunda de horizonte. Sexo de tierra húmeda. Carne de luz brillando y horneando la piel de Mario de tronco de árbol viejo y vivo.

Mario ha dorado su inteligencia adorada a la luz llovida de la luna. Pero sin hablar con la luna. Conversaciones solipsistas con su inteligencia de mutuo acuerdo. Y los momentos más íntimos. Grabados sobre papel de impresora. Recorren a su modo velocidad de la luz a gentes de futuro que no le conocerán por leer lo escrito. Deseando contagiar para que lean lo leído de Mario.

Una obsesión como ser todo a la vez pero la mejor manera de morir.

Requiem

Una bandera, considerada de otra nación, pende con orgullo, sucio y agujereado, coronando un mástil y, junto a unos tanques amostrencados, forma parte de la conjura que escribe con renglones de sangre, una vez más, otra, las que por lo visto hagan falta, la historia de la pequeña ciudad de Laviat.

Sobre el crepúsculo escarlata y negro que atormenta el valle se reflejan, una vez más una vez más, las miserias de la guerra, otra guerra, otra más, muy presentes para todos los actores que, a sueldo o por cojones,  animan la farsa que otros, unos pocos, la elite, han orquestado con maestría. El arte de la guerra: planificado beneficio propio e irreversible desgracia ajena. Precio más bajo imposible.

Serpeando por los caminos que deshilachan las colinas, se encuentran los patriotas ulatchos, por fuerza desparramados pero tozudamente empeñados en retomar la población para su bando. La desesperada guarnición lafasunia que permanece en ella resiste y se fortifica, alerta en todo momento, sin otro remedio que prepararse para encarar el sangriento advenimiento de la noche, triste destino de los sitiados, mientras no lleguen los refuerzos y espanten a los sitiadores.

Fue el eco de un disparo, la señal que da la salida a cada bala ciega en busca de carne, lo que despertó a Vortep y lo arrancó por la fuerza de la breve siesta. Harto de cansancio, se había quedado dormido haciendo guardia, recostado contra el tronco de un avellano, frente a su camarada Vechilay.

-Te has quedado dormido, amigo, ¿con qué coño soñabas, tú?- murmuró éste con sorna, por si el otro, aún medio dormido, no había captado el doble sentido de sus palabras, mientras continuaba mirando, a la vez indiferente, hacia las casas de los arrabales de la pequeña población, allí abajo, en el fondo del hermoso valle. Hermoso en primavera, en verano, en otoño, en invierno, hermoso incluso en la guerra. Vechilay permanecía hipnotizado mientras contemplaba cómo los edificios se iban desdibujando en la negra noche sin luna, tan propicia para la emboscada. El firmamento es gélido, pronto será también negro y estrellado, luego las balas trazadoras, las explosiones, los fuegos, las órdenes, los gritos, los alaridos lo convertirán en una fiesta salvaje de la que no regresarán todos a casa para vivir la resaca.

Durante un instante, justo lo que ha durado el sobresalto por el estampido que lo despertó, Vortep ha creído estar donde no está, sentado en su pequeño negocio, muchos kilómetros, cientos, al sur de estas colinas, estos bosques y este valle que desconocía hasta ayer mismo. Ha estado soñando, y en su sueño se encontraba sentado de nuevo, como si nunca hubiese dejado de hacerlo, en la cocina de su restaurante, disfrutando, como cada mañana, frente a las grandes cazuelas y fuentes, aún vacías, dispuesto a servir en ellas todo aquello que sus manos preparaban con tanto amor y dedicación, como siempre, con la esperanza de verlas regresar del comedor vacías de nuevo.

Escuchó, y entendió, la pregunta, pícara, masculina e infantil, que su compañero le había hecho hacía un instante, pero no sonrió, se limitó a quedarse como estaba, sin hacer un gesto, manteniendo la postura como un cadáver, permitiendo que su mente paladeara, tristemente, su añoranza. La placidez del sueño se había desvanecido por completo, como el sol. Todo lo que quedó fue una amarga resignación. Nada más.

-Antes de la guerra…-, comenzó a decir, -se comía muy bien en mi ciudad-. Calló, y sin decir nada más, apenas desembarazado del susurro de su voz, bajó la cabeza intuyendo sus manos en la oscuridad. Sus manos, sus queridas herramientas, junto con su cabeza, instintivamente llevó una de ellas sobre el arma que le habían asignado, recostada también en la negrura del suelo en mitad de aquella espesura.

-Sí- murmuró Vechilay secamente, distrayendo su atención momentáneamente de aquellas casas a las que le habían ordenado no quitar ojo. -Se comía muy muy bien, en la mía también, ¿sabes?. No sé qué cojones- continuó- hacemos aquí, yo tocaba el acordeón-. Calló. -Mi ilusión- continuó -fue siempre la de tocar el piano-. Calló. -Mis padres no tenían dinero para pagarme las clases- continuó -y yo no tuve la suficiente fuerza de voluntad-. Calló. -Mi preferido- continuó- ha sido siempre Tchaikovsky-. Calló. -Qué se yó- continuó -, a veces fantaseo y me dejo llevar imaginando en quién habría podido haberme convertido de haber sido todo de otra manera, quizá sería mejor decir de haberlo hecho todo de otra manera. No se me da nada mal, ¿sabes?, la música, me refiero-. Calló. -Debí dedicarme a ello- continuó -cuando pude, cuando aún era un niño sano, alegre y muy revoltoso, que imaginaba mucho más de lo que luego hacía, de lo bueno me refiero, porque de lo malo lo hacía todo y sin pensar, era muy travieso. Ahora ya da lo mismo-. Y calló.

Allí, en mitad de aquella guerra, cuyo sentido les era imposible comprender, al pie del cañón, cuajaba en ambos una sensación de abatimiento difícil de describir, más aún de combatir, de paliar. A menudo caían, no sólo ellos, sino todos junto a los que combatían, en estados de ánimo depresivos que se empeñaban en ocultar, para algunos era más fácil que para otros, educados como hombres a reprimir sus sentimientos desde la infancia, a no mostrarse afectivos, a no llorar, sobre todo a no llorar. Patria y honor, sí, lágrimas, no, que son de maricones.

Tampoco se vivía tan mal antes, solían comentar, al menos no tan mal como para lanzarse a matar y a morir, concluían. A cientos de kilómetros del hogar. A desconocidos. La guerra es para quien le interese, o para desesperados, más que para bienintencionados y pequeños fanáticos, o simples egoístas, ingenuos y confundidos. Pocos o ninguno disentían, y los que lo hacían carecían en sus réplicas de capacidad de convicción porque, sencillamente, aquellas grandilocuentes palabras entonadas con tanta alegría camino del frente,  que animaban a cada hombre y mujer a la barbarie en nombre de tal o cual ideales, no justificaban nada por si mismas cuando no eran coreadas por la masa, carecían de razón y, en las circunstancias en que se encontraban ahora, escuchadas nuevamente, servían nada más que para describir la locura desnuda que las acuñó. Incluso cantadas en himnos, entre tanto desastre no eran otra cosa. Venceremos, pero no convenceremos.

Vortep miró una vez más su manos invisibles en la oscuridad. Pensaba. Pensaba que a todos los que quedaban después de siete semanas de combates, de dolor, y muerte, y rabia, y desesperación, y miedo, les había de inundar la misma sensación que a él. Derrota. Completa derrota. Tanto perdido en tan poco tiempo. Con una lucidez intensa y deslumbrante su ocurrencia se le presentó como una evidencia inexpugnable, absoluta, clara y universal.

-¿Sabes?-, comenzó a decir a su compañero -una vez compré un ambientador para el comedor de mi restaurante, uno que me gustaba mucho, no recuerdo el nombre de la fragancia, ni de la marca, es como si hubiese ocurrido hace muchos años, no lo recuerdo en absoluto, pero-. Calló.

Con los ojos empapados por las lágrimas, pero una sonrisa muy abierta en su cara y unas incontenibles ganas de vivir, Vortep se levantó, cogió su arma, la lanzó todo lo lejos que pudo y comenzó a ascender por la ladera. Vechilay, sorprendido por el arrebato de su camarada, lo llamó varias veces, pero Vortep no pareció, o no quiso, escuchar. Uno a uno, los soldados con los que se iba cruzando en su ascensión le llamaron por su nombre, los que lo sabían, y le advirtieron en voz baja o incluso a gritos para que se detuviese y agachase la cabeza, pero él los ignoró a todos. Tan decidido iba.

Un poco más arriba, donde el bosque clareaba y la lejana luz de las estrellas dibujaba, como siempre había sido, una maravillosa vista del universo, un francotirador hizo un disparo y acabó con su vida.

Otriverso | Parte Tres: O la muerte

Parte Tres: O la muerte

¿Cuánto tiempo había transcurrido desde que comenzó esta estúpida alucinación? ¿Un par de minutos, quizás? ¿Un poco menos? ¿Quizá más? En ese momento de determinación y de fuerza, la alucinación le pareció estúpida, no por frivolidad sino por ira. No se trataba de una (jodida) película estadounidense. Lo que estaba sucediendo le estaba ocurriendo a él, a Manu en persona, iba muy en serio y los diálogos frívolos y las verdaderas estupideces altisonantes no pintaban nada en el discurso de su mente, expresado o no de viva voz.

Adoro la palabra, la obra y la omisión.

Quiso tomar la palabra y dirigirse a su camarada sin demorarse más. Esa fue su intención, con determinación, solucionarlo ya, pero en el momento en que se disponía a comenzar a hablar, en que lanzaba su baza para alcanzar un acuerdo triple entre él, la llanura invadiéndolo todo y su amigo Dei, justo en ese momento, como preparado por un inteligente maestro de ceremonias que estuviese orquestando la sucesión de los hechos, para darle mayor efectismo a cada giro en el argumento, justo entonces, en ese preciso instante, dejó de escuchar la ciudad.

No más voces. Chico, chica, niña, niño, niños, mujeres, mujeres, hombre, hombre, mujeres. No más motores. Camión, coche, coche, coche, moto, coche, furgoneta, coche. No más efecto Doppler en vehículos que vienen y se van. No más vehículos que se detienen con prudencia o bruscamente sobre el pavimento mojado. No más susurro continuado de pedacitos de nube condensada estrellándose contra todo. No más neumáticos prolongándose sobre los charcos de la calzada. No más katiuscas ni zapatos empapados golpeando por las aceras y pasos de cebra. No más prisas ni parsimonias en aquellas calles.

Al abrir la boca y exhalar el aire de sus pulmones a través de las cuerdas vocales, no más él. Lo intentó una vez y otra, y otra más, hablar, decir algo, pero nada, no más él.

Todo sonido proveniente de aquella ciudad que se adentraba con bullicio en la húmeda nocturnidad, que acabaría prácticamente por silenciarla, había sido reemplazado en sus oídos, en su mente, por otra cualidad sonora que también se oía alto y claro.

Manu no se escuchaba ni a sí mismo a través de sí mismo, el sonido de su propia voz a través de  huesos y cavidades. Sin embargo, multitud de frecuencias llegaban alto y claro a sus oídos, a su mente, tan alto y tan claro para él como una tormenta de verano descargando su talento sobre un páramo desierto, donde nadie puede escucharla. Un sonido total, sin intersticios, tan inmenso como si fuese la nada lo que lo produjese, incomprensible, tan evidente y desconocido que ni aún frente a frente pudiese el pensamiento concebirlo como real, como existencia.

Estas frecuencias que habían reemplazado los sonidos familiares de la ciudad también se veían afectadas, de nuevo y para no variar, por esa falta a la ley de causalidad que todo, en el universo llanura, padecía sin excepción. Dicho de otro modo, ninguno de aquellos nuevos sonidos se correspondía con nada de lo que Manu veía, y esto, lo que el pobre desdichado de Manu estaba viendo muy a su pesar, la llanura, a su vez no parecía emitir sonido alguno.

Un sabor nuevo e indefinible reemplazó el de su amargura al ir cobrando conciencia de ello.

Un escalofrío lo recorrió de pies a cabeza, el epicentro hondo en su pecho. Su piel y su olfato, que es bastante más que decir su tacto y su nariz, aún seguían allí, en aquella ciudad que ni veía ni escuchaba. El hecho de concebirla como un allí lejano y pretérito, y no como el previsiblemente contemporáneo y habitable aquí, evidenciaba que, inconsciente pero irreversiblemente, Manu estaba aceptando su definitiva expatriación, que seguía el curso de aquel proceso hasta el final incierto, que se resignaba a la reubicación, mórbida o no, dejándose llevar, cayendo, habitando el delirio para permanecer en él.

Manu gritó y gritó sin oírse a sí mismo y sin saber a ciencia cierta o incierta si se estaba haciendo escuchar por Dei. Dei también parecía estar gritándole algo, gesticulaba descompuesto, quizá enfadado, quizá también sin poder saber de ninguna manera, que es otra forma de decirlo sin mencionar la certeza, si éste a su vez se estaba haciendo escuchar por Manu.

Al cabo de un instante se produjo un cambio, una sensación de percepción intraducible. En la cara de Dei, observó Manu, todo rastro de vida se detuvo y, durante unas milésimas de segundo, su rostro inanimado se mantuvo mirándolo fijamente, concentrada toda la acción en unos ojos que devoraban lo que veían como bocas de tiburón.

Dei adelantó sus manos respecto al resto de su cuerpo y se abalanzó sobre Manu sin que éste tuviese tiempo de reaccionar y evitar el encontronazo. Manu esperó la llegada del golpe reaccionando bruscamente, cerrando los ojos mientra tanto, pero esto fue algo que no tuvo lugar, no chocaron él y su amigo.

La sensación de duda permaneció en él sólo un momento fugaz, otra minieternidad acumulada.

Tres o cuatro movimientos leves fueron suficientes para salvar ese territorio difuso que separa la ignorancia del convencimiento, ambos absolutos, y evidenciar que ambos, él y su amigo, como dos espectros de colores, ectoplásmicamente encajados el uno en el otro, ocupaban prácticamente el mismo espacio en el mismo instante en algún lugar de aquel luminoso abismo horizontal, la llanura.

Como dos fantasmas.

Sus emociones: una muy fuerte impresión sí, sorpresa ya no.

Pero, ¿él o yo? -, acertó a pensar.

¿Él muerto o yo muerto?

Yo muerto. Seguro.

Otriverso | Parte Dos: La llanura

Parte Dos: La llanura

Dei abría la boca para saludar cuando advirtió el gesto de su colega, extraño, impropia reacción, nada habitual. Lo vio cerrando los ojos con fuerza tras haberse quedado embobado unos instantes.

Y a éste qué le pasa.

Manu permanecía con los ojos cerrados, muy apretados los párpados mientras un gesto como de nausea desfiguraba poco a poco su cara al irse pronunciando. A pesar de que Dei había comenzado a llamarle por su nombre éste parecía no reaccionar, seguía así, ausente, atacado por algún mal repentino, pensó, quizás. Cuando llegó a su lado, en el punto exacto en que su cerebro se debatía para resolver la indeterminación de si todo aquello era tan sólo una broma o si acaso era algo más serio, un ataque o algo así, Manu abrió los ojos de golpe y se quedó mirándolo fijamente, tanto como una estatua a través de su fotografía. Se asustó.

Estaba pálido, muy pálido. En su rostro se había renderizado el miedo en cuestión de milisegundos, un miedo como nunca había visto Dei en rostro alguno. Sin querer imitarlo lo hizo, lo imitó en su propia cara y su gesto reflejó de esta manera una réplica casi exacta de la expresión facial de su amigo. El miedo es muy contagioso.

Bruscamente Manu giró todo su cuerpo, revolviéndose como un animal herido. Fue un espasmo que fue a dar consigo contra un hombre de bigote que caminaba con determinación, la cabeza gacha y ensimismado y que acertaba a pasar junto a él en ese momento, preciso o no.

El hombre se giró, miró con desconcierto hacia el motivo de su vuelta al mundo real y retomó su camino y su actitud al darse cuenta de que aquel chico que le había golpeado no parecía muy normal. No había más que mirarlo. Quizá la actitud correcta en este caso hubiera sido la de interesarse por él, haberle preguntado si se encuentra mal, si hay algo que uno pueda hacer, haberle ayudado. Pero el hombre quizá pensó que haciendo todo eso probablemente se metería en problemas, que al fin y al cabo a él la vida de aquel desconocido ni le iba ni le venía y que, en todo caso, metiendo las narices donde nadie le llamaba se entretendría y llegaría tarde a casa, causándose una molestia evidente e innecesaria. Justo castigo a la falta de sentido común. Quizá no.

Mientras aquel hombre se alejaba como si nada hubiese sucedido, Manu, para el que ciertamente nada había sucedido, pues no se había dado ni cuenta del encontronazo, comenzó a mirar alternativamente hacia los chicos, que seguían en la esquina con el balón, y hacia Dei, cada vez más perplejo apenas a un par de metros de donde él se encontraba.

Perplejo, por momentos helado de miedo, desorientado en todo caso y completamente dominado por la curiosidad se sentía Dei.

Pero Manu, ¿qué te ocurre, tío?

Entretanto, la mirada de Manu recorría un paisaje que su cerebro se empeñaba en considerar simple y absolutamente como imposible. Aquello no podía estar sucediendo, se dice.

No creo lo que veo. Loco, loco, locura, esto es una locura, esto es una puta locura, estoy loco, no puedo estar loco, es imposible, imposible, imposible, esto no puede estar sucediendo, yo no estoy loco, esto qué es, por qué me tiene que estar pasando esto a mí, quién me ha hecho esto, de quién es la culpa, que se acabe ya, que se acabe todo esto de una vez, basta, basta de una vez, basta, basta, basta, basta, por favor, por favor, por favor. Por favor.

El parque, los chicos, la pastelería, todo seguía allí, allí en su lugar, allí donde debían estar, allí donde siempre habían estado, donde su mente recordaba que habían estado el instante anterior cuando, a punto de cruzar la calle hasta el portal de su casa para ver aquel partido ya empezado, tumbarse plácidamente en su sofá y apurar un par de cervezas o tres hasta la última gota, Dei le llamó.

Todo permanecía. Era la pura realidad. Él, él, nunca se había detenido en sutilezas cursis, nunca se había parado a pensar qué complicada ley natural o extraña ley divina era la garante de que el universo se comportase de aquella manera siempre, siempre sin excepción, su dignidad quedaba por encima de todo aquello. Que las personas, los coches, las casas, todo en su sentido más absoluto, no se desvanecieran de un instante para el siguiente, desapareciendo, como devorados por agujeros negros invisibles, teletransportados por genios todopoderosos y sumisos o fulminados por la ira de algún Dios iracundo, pendenciero y cruel. Manu no solía complicarse la vida ensuciandose las manos con problemas relativos a matices filosóficos tan poco prácticos como irresolubles. A tomar por culo con la filosofía y la mecánica cuántica ¡por el amor de Dios! Él, en el peor de los casos, vivía bajo los designios de un Dios indiferente que no andaba poniendolo todo patas arriba cuando le daba por ahí.

Un paisaje imposible. Sin casas, ni gente, ni límites definidos que mediasen entre lo que había sido y lo que era. Las aceras por donde caminaba los transeuntes, las señales de tráfico, los coches que circulaban, los que estaban aparcados, el asfalto, los charcos, habían desaparecido. Todas las cosas del mundo, a partir de un metro por delante de su amigo habían sido sustituidas. Dei se mostraba ante los ojos de Manu incrustado hasta las rodillas en algo semejante a un suelo aparentemente sólido pero que no le impedía moverse ignorando el relieve, algo que no podía ser. En su lugar, en lugar de aquel mundo real indiscutible hasta hacía tan sólo unos instantes, abarcando casi la totalidad de su visión y hasta donde alcanzaba la mirada, se extendía una llanura suavemente iluminada y vacía, de ligera pendiente y apariencia sintética, artificial.

En un momento, la pandilla de chicos de la esquina, que aún se encontraban en lo que Manu consideraba el mundo, el mundo real, su mundo, se despidieron y se fueron distanciando unos de otros. Algunos atravesaron la zona difusa y se adentraron en la llanura que conformaba el otro lado para desaparecer poco después.

Los límites entre ambos mundos, el real y el otro, eran del todo incomprensibles para Manu, ni siquiera hubiera podido haberlo descrito si alguien se lo hubiese pedido. No obstante, nadie lo hacía, todo el mundo se comportaba con naturalidad, como si tal cosa. La gente aparecía o desaparecía en su devenir, bien en la zona límite, más allá o más acá, caminaba por la acera sobre el suelo o atravesaba la llanura, incrustándose en ella o sobrevolándola, sin expresar la menor sorpresa y sin dar la menor sensación de ser conscientes en modo alguno de aquella locura que se suponía estaba sucediendo.

De algunas personas Manu sólo percibía una parte, medios cuerpos, miembros amputados, ausencia de manos o de cuello, pero nadie reaccionaba mas que él, nadie lo hacía. Esto había de ser locura por fuerza, una alucinación, pensó y pensó, aferrándose a la enfermedad, curable en todo caso, para hallar una explicación.

Uno de aquellos chicos del parque, sin cuerpo de cintura para arriba, pasó junto a él aterrorizándolo. Aquellas piernas continuaron caminando, parecía que dotadas de vida propia, sin cabeza que las gobernase. Instintivamente Manu comenzó a respirar con profundidad para calmar el pulso acelerado de su corazón. A partir de ese momento se sintió solo, muy solo, como si la realidad lo repudiase, como si el mundo ya no quisiese saber más de él y lo arrojase lejos, muy lejos de todo lo soportable.

Un instante después el otro lado había tomado el control, casi totalmente, de lo percibido. Él aún podía escuchar sonidos, voces, motores, pasos de aquella tarde y aquella calle de las que ya no quedaba nada visible. Sobresaltado miró hacia sus pies, estaban posados sobre aquella superficie cenicienta y mate, exactamente igual que lo habían estado hacía unos momentos sobre la acera. Por decirlo de alguna manera, eso le tranquilizó pues, al fin y al cabo, era un retroceso en la ilógica idiosincrasia de aquella visión. Posarse gravemente sobre el firme es lo que cualquiera hubiera esperado que sucediese.

Dei aún permanecía, junto a él, viviendo su propia y desconcertada versión de aquel minuto, pues éste aún se encontraba en la calle, mojado, junto a su amigo Manu, sin comprender muy bien qué estaba sucediendo aunque, de hecho, no había sucedido demasiado.

Lo que para uno era el barrio, la calle, casas, personas y coches para el otro era la llanura, leves dunas que brotaban de aquella indefinible superficie cubriéndolo todo hasta el horizonte y que no ayudaban mucho a delimitar aquel yermo.

Llegado a este punto, solo ante lo inextricable, a Manu no le quedó otra opción que la más obvia, comunicarse con Dei.