letra en la canción de cuna

Él trabaja frente al ordenador, frente a una ventana muy grande a través de la cual entra abundante claridad y en una habitación desordenada de un modo sistemático, esto es, con pilas de libros, de disquetes, cedés y montones de carpetas repletas de papeles, viéndose que se trata del refugio de un creativo. Parece molesto por su falta de concentración y de mal humor, e insinúa con algún comentario cargado de amargura que no va a tener tiempo de terminar el trabajo que ya debería haber entregado. A través de su ventana, en la fachada de la casa de enfrente, se ve una ventana cubierta por la persiana.

La persiana se abre ruidosamente, tanto que molesta su concentración, y él, desbordado por la rabia, se queda mirando y ve a una chica que descorre las cortinas, repara en él y le saluda con una mano mientras sujeta algo sobre sus labios con la que le queda libre del saludo.

Imbécil, o algo parecido insulta él mientras informa al aire que le rodea, donde no hay nadie para escucharle, que lleva varios días con sus noches trabajando de continuo y que por ello mismo hace mucho tiempo que no duerme.

Él trabaja frente a su ordenador o busca entre sus montones y entonces comienza a oír pitidos, es decir, sonidos agudos y molestos producidos por un pito o un silbato de esos que suelen llevar los monitores de natación para que les haga caso la jauría de pequeñajos. No son pitidos en el oído como dicen que ocurre cuando alguien habla mal de ti.

Con las manos sobre las orejas y cubriendo el oído para evitar el sonido estridente, mira a través de la ventana y repara en que su vecinita, que da vueltas por la habitación con la mano todavía en su boca, sigue sujetando algo. Ella le devuelve la mirada cuando retira el objeto sujetado y el pitido cesa, le está sonriendo, vuelve a sus quehaceres, devuelve la mano a la boca y el sonido se reanuda y él contiene un grito y aplasta sus orejas con la palma de sus manos y aplasta sus ojos en una mueca de insoportabilidad y desesperación.

Se levanta mascullando sin llegar a formar ninguna palabra o incluso sílaba reconocible y arranca el monitor del ordenador de su escritorio forcejeando con las conexiones de los cables hasta que ceden. Sale corriendo de la habitación. Sale del portal atropellando el aire con gesto de fiera. Sube por las escaleras vomitando el aire que devora y que inflama con su mirada, en sus ojos. De una patada entra en un piso, el de la vecina. La puerta no es de seguridad y cede, vaya si lo hace. Corre a través de las habitaciones y ella sale a su encuentro en el pasillo, con el aspecto desconcertado que muestra quien va a la búsqueda de lo que no entiende que esté pasando. Aún sigue con la mano sujetando el objeto entre sus dientes pequeños y blancos. El pitido es ensordecedor y ella grita y agita la cabeza con el gesto más desesperado que puede forzar un rostro bonito como el de ella. Él levanta el monitor y con los ojos cerrados, en una escena cuyo tempo se dilata tanto que parece transcurrida a cámara lenta, lo estrella en su cabeza incrustándolo por la pantalla hasta los hombros. Ella cae como una pluma mientras el tiempo recupera su ritmo habitual, la mano ha salido despedida de su boca pero aún conserva el objeto que mantenía, y cae con y junto a ella. El pitido ha desaparecido y sólo se le oye solo que se atraganta entre suspiros sollozos quejidos e inmensas bocanadas de aire. Su mirada gravita hacia la mano culpable y asesinada y encuentra que los dedos semiabiertos pero agarrotados sujetan un palo de regaliz que es bastante grueso y bastante corto y que desparrama sus melenas rubias que están bastante chupadas y mordidas sobre las que hay una gota de sangre que brilla con la luz artificial. No se oye pitido alguno.

Otriverso | Parte Dos: La llanura

Parte Dos: La llanura

Dei abría la boca para saludar cuando advirtió el gesto de su colega, extraño, impropia reacción, nada habitual. Lo vio cerrando los ojos con fuerza tras haberse quedado embobado unos instantes.

Y a éste qué le pasa.

Manu permanecía con los ojos cerrados, muy apretados los párpados mientras un gesto como de nausea desfiguraba poco a poco su cara al irse pronunciando. A pesar de que Dei había comenzado a llamarle por su nombre éste parecía no reaccionar, seguía así, ausente, atacado por algún mal repentino, pensó, quizás. Cuando llegó a su lado, en el punto exacto en que su cerebro se debatía para resolver la indeterminación de si todo aquello era tan sólo una broma o si acaso era algo más serio, un ataque o algo así, Manu abrió los ojos de golpe y se quedó mirándolo fijamente, tanto como una estatua a través de su fotografía. Se asustó.

Estaba pálido, muy pálido. En su rostro se había renderizado el miedo en cuestión de milisegundos, un miedo como nunca había visto Dei en rostro alguno. Sin querer imitarlo lo hizo, lo imitó en su propia cara y su gesto reflejó de esta manera una réplica casi exacta de la expresión facial de su amigo. El miedo es muy contagioso.

Bruscamente Manu giró todo su cuerpo, revolviéndose como un animal herido. Fue un espasmo que fue a dar consigo contra un hombre de bigote que caminaba con determinación, la cabeza gacha y ensimismado y que acertaba a pasar junto a él en ese momento, preciso o no.

El hombre se giró, miró con desconcierto hacia el motivo de su vuelta al mundo real y retomó su camino y su actitud al darse cuenta de que aquel chico que le había golpeado no parecía muy normal. No había más que mirarlo. Quizá la actitud correcta en este caso hubiera sido la de interesarse por él, haberle preguntado si se encuentra mal, si hay algo que uno pueda hacer, haberle ayudado. Pero el hombre quizá pensó que haciendo todo eso probablemente se metería en problemas, que al fin y al cabo a él la vida de aquel desconocido ni le iba ni le venía y que, en todo caso, metiendo las narices donde nadie le llamaba se entretendría y llegaría tarde a casa, causándose una molestia evidente e innecesaria. Justo castigo a la falta de sentido común. Quizá no.

Mientras aquel hombre se alejaba como si nada hubiese sucedido, Manu, para el que ciertamente nada había sucedido, pues no se había dado ni cuenta del encontronazo, comenzó a mirar alternativamente hacia los chicos, que seguían en la esquina con el balón, y hacia Dei, cada vez más perplejo apenas a un par de metros de donde él se encontraba.

Perplejo, por momentos helado de miedo, desorientado en todo caso y completamente dominado por la curiosidad se sentía Dei.

Pero Manu, ¿qué te ocurre, tío?

Entretanto, la mirada de Manu recorría un paisaje que su cerebro se empeñaba en considerar simple y absolutamente como imposible. Aquello no podía estar sucediendo, se dice.

No creo lo que veo. Loco, loco, locura, esto es una locura, esto es una puta locura, estoy loco, no puedo estar loco, es imposible, imposible, imposible, esto no puede estar sucediendo, yo no estoy loco, esto qué es, por qué me tiene que estar pasando esto a mí, quién me ha hecho esto, de quién es la culpa, que se acabe ya, que se acabe todo esto de una vez, basta, basta de una vez, basta, basta, basta, basta, por favor, por favor, por favor. Por favor.

El parque, los chicos, la pastelería, todo seguía allí, allí en su lugar, allí donde debían estar, allí donde siempre habían estado, donde su mente recordaba que habían estado el instante anterior cuando, a punto de cruzar la calle hasta el portal de su casa para ver aquel partido ya empezado, tumbarse plácidamente en su sofá y apurar un par de cervezas o tres hasta la última gota, Dei le llamó.

Todo permanecía. Era la pura realidad. Él, él, nunca se había detenido en sutilezas cursis, nunca se había parado a pensar qué complicada ley natural o extraña ley divina era la garante de que el universo se comportase de aquella manera siempre, siempre sin excepción, su dignidad quedaba por encima de todo aquello. Que las personas, los coches, las casas, todo en su sentido más absoluto, no se desvanecieran de un instante para el siguiente, desapareciendo, como devorados por agujeros negros invisibles, teletransportados por genios todopoderosos y sumisos o fulminados por la ira de algún Dios iracundo, pendenciero y cruel. Manu no solía complicarse la vida ensuciandose las manos con problemas relativos a matices filosóficos tan poco prácticos como irresolubles. A tomar por culo con la filosofía y la mecánica cuántica ¡por el amor de Dios! Él, en el peor de los casos, vivía bajo los designios de un Dios indiferente que no andaba poniendolo todo patas arriba cuando le daba por ahí.

Un paisaje imposible. Sin casas, ni gente, ni límites definidos que mediasen entre lo que había sido y lo que era. Las aceras por donde caminaba los transeuntes, las señales de tráfico, los coches que circulaban, los que estaban aparcados, el asfalto, los charcos, habían desaparecido. Todas las cosas del mundo, a partir de un metro por delante de su amigo habían sido sustituidas. Dei se mostraba ante los ojos de Manu incrustado hasta las rodillas en algo semejante a un suelo aparentemente sólido pero que no le impedía moverse ignorando el relieve, algo que no podía ser. En su lugar, en lugar de aquel mundo real indiscutible hasta hacía tan sólo unos instantes, abarcando casi la totalidad de su visión y hasta donde alcanzaba la mirada, se extendía una llanura suavemente iluminada y vacía, de ligera pendiente y apariencia sintética, artificial.

En un momento, la pandilla de chicos de la esquina, que aún se encontraban en lo que Manu consideraba el mundo, el mundo real, su mundo, se despidieron y se fueron distanciando unos de otros. Algunos atravesaron la zona difusa y se adentraron en la llanura que conformaba el otro lado para desaparecer poco después.

Los límites entre ambos mundos, el real y el otro, eran del todo incomprensibles para Manu, ni siquiera hubiera podido haberlo descrito si alguien se lo hubiese pedido. No obstante, nadie lo hacía, todo el mundo se comportaba con naturalidad, como si tal cosa. La gente aparecía o desaparecía en su devenir, bien en la zona límite, más allá o más acá, caminaba por la acera sobre el suelo o atravesaba la llanura, incrustándose en ella o sobrevolándola, sin expresar la menor sorpresa y sin dar la menor sensación de ser conscientes en modo alguno de aquella locura que se suponía estaba sucediendo.

De algunas personas Manu sólo percibía una parte, medios cuerpos, miembros amputados, ausencia de manos o de cuello, pero nadie reaccionaba mas que él, nadie lo hacía. Esto había de ser locura por fuerza, una alucinación, pensó y pensó, aferrándose a la enfermedad, curable en todo caso, para hallar una explicación.

Uno de aquellos chicos del parque, sin cuerpo de cintura para arriba, pasó junto a él aterrorizándolo. Aquellas piernas continuaron caminando, parecía que dotadas de vida propia, sin cabeza que las gobernase. Instintivamente Manu comenzó a respirar con profundidad para calmar el pulso acelerado de su corazón. A partir de ese momento se sintió solo, muy solo, como si la realidad lo repudiase, como si el mundo ya no quisiese saber más de él y lo arrojase lejos, muy lejos de todo lo soportable.

Un instante después el otro lado había tomado el control, casi totalmente, de lo percibido. Él aún podía escuchar sonidos, voces, motores, pasos de aquella tarde y aquella calle de las que ya no quedaba nada visible. Sobresaltado miró hacia sus pies, estaban posados sobre aquella superficie cenicienta y mate, exactamente igual que lo habían estado hacía unos momentos sobre la acera. Por decirlo de alguna manera, eso le tranquilizó pues, al fin y al cabo, era un retroceso en la ilógica idiosincrasia de aquella visión. Posarse gravemente sobre el firme es lo que cualquiera hubiera esperado que sucediese.

Dei aún permanecía, junto a él, viviendo su propia y desconcertada versión de aquel minuto, pues éste aún se encontraba en la calle, mojado, junto a su amigo Manu, sin comprender muy bien qué estaba sucediendo aunque, de hecho, no había sucedido demasiado.

Lo que para uno era el barrio, la calle, casas, personas y coches para el otro era la llanura, leves dunas que brotaban de aquella indefinible superficie cubriéndolo todo hasta el horizonte y que no ayudaban mucho a delimitar aquel yermo.

Llegado a este punto, solo ante lo inextricable, a Manu no le quedó otra opción que la más obvia, comunicarse con Dei.

Otriverso | Parte Uno: Hasta allí

Parte Uno: Hasta allí

Llovía. Sería hacia la  media tarde, larga, estática y llena de calor y vacía de oxígeno de un verano monzónico. La semana había empezado hacía ya tres días, bochornosa y tremendamente ajetreada. El martes cubrió la ciudad un frente de nubarrones tormentosos oscuro e inquietante. Aquellas nubes grises parecían tan cargadas que a nadie le hubiera extrañado ver desplomarse sobre su sombra alguna de aquellas enormes coliflores putrefactas. El mismo día comenzó a llover persistentemente durante toda la tarde. Aún llovía. A pesar de la lluvia las temperaturas no descendieron y la sensación de calor se hizo tan intensa con la humedad que la ciudad entera estaba a punto de transformarse en una inmensa sauna a cielo abierto.

Para Manu era un verdadero esfuerzo y casi un ejercicio de adivinación ver a través de los cristales de sus gafas, mojados por las gotas derramadas por aquel testarudo cielo que no dejaba de manar sobre su cabeza y su ciudad. Sobre su mundo. Regresaba a casa. Pasaba el dedo por ellos una y otra vez como un inquieto parabrisas, con lo que sólo conseguía empeorar la situación. Se encontraba molesto con todo, con la lluvia, con su miopía… la tormenta había surgido de la nada para empaparlo. Algo en efecto previsible debido a la brevedad de los momentos en que escampaba. Los coches habían encendido sus luces porque en un cuarto de hora la oscuridad lo habría cubierto todo y sus destellos se reflejaban en los cristales mojados de sus gafas creando una ilusión incómoda que apenas le permitía ver.

Conforme se acercaba el verdadero anochecer la lluvia fue cesando y la gente comenzó a salir a la calle, incapaz de soportar el calor en el interior de sus casas. En la ciudad no abundaban los sistemas climatizadores, los veranos solían venir cortos y secos y la mayor preocupación era paliar el frío del invierno, mucho más largo y, hasta hacía pocos años, muy riguroso. La opinión generalizada entre los ciudadanos era que el cambio climático lo estaba trastocando todo. Ahora las estaciones eran mucho más parecidas entre sí y llovía sin previo aviso en cualquier época del año, eran más templadas, salvo en años de especial frío o calor, creando una sensación de desorden en el clima que era motivo de conversación más allá de los tópicos sobre el tiempo con los que se rompen los silencios.

Casi había dejado de llover y los pensamientos de Manu se desataban con rabia.

A la gente le jode mojarse… ¡que se vayan al puto desierto!

Nunca le había incomodado que lloviese en verano, grandes gotas cálidas, pero el pequeño diluvio había hecho que su ropa se pegase incómodamente a su cuerpo dificultándole el paso. Además  estaba la cuestión de sus vacaciones. Sabía muy bien que era la economía familiar la que tenía la culpa de que en lugar de pasar estas semanas vagabundeando entre bikinis por la playa se hubiese tenido que quedar en la ciudad a sufrir este verano perverso y desequilibrado. Ni se molestaba en esquivar los charcos más profundos.

Buscó la hora en su reloj, pero la suma del agua de lluvia en forma de gotas que cubría los cristales de sus gafas con la que empapaba el cristal de la pantalla le impidieron leer las agujas. Mezcló la humedad del vidrio con la de la pernera de su pantalón y miró de nuevo.

Ostia -se dijo con suficiente volumen para oírse-, pero si el partido ya empezó. Y estiró sus zancadas y aumentó la cadencia de sus pasos con el cómico resultado de parecer al caminar un espástico marinero de cine mudo.

Se acercaba a la pastelería de la esquina frente al parque, deseaba echar a correr ante la proximidad de su casa, el optimismo le invadió a medida que imaginaba la comodidad durante las próximas dos horas. Su sofá, su cerveza, su equipo jugando y previsiblemente ganando, el refugio absoluto y seguro de sus tópicos.

Miró instintivamente hacia la esquina del parque, donde solían quedar todos los colegas para verse y salir o donde acudían cuando no sabían qué hacer y donde siempre se encontraban con alguien o pasaba algo que hacía que hubiese merecido la pena haber ido hasta allí sin un motivo en concreto.

Nidiós.

Reparó sin apenas darse cuenta en un grupo de chicos que estaban cerca de la esquina a la que sin egoísmo alguno consideraba suya y que interrumpían cada poco a los viandantes con bromas y baladronadas sin malicia. No le sonaban sus caras pero debían ser del barrio, quizá un poco menores que él, pero dentro de ese rango de edades en el que tres años representan en la conciencia un cambio de generación. Jugueteaban con sus teléfonos móviles y con un balón de baloncesto también. Reían y voceaban empapados y sucios como sus propios calcetines. Más aún, quizá.

Del interior de la pastelería emanaba un aroma caliente, dulce y mezclado que distrajo su atención de aquella pandilla. Se encontraba en la esquina, a punto de cruzar la última calle que le separaba de poder entrar al fin en el portal de su casa, cuando oyó que una voz familiar le llamaba por su nombre. Era Dei.

Dei siempre caminaba con grandes pasos y se le acercaba por su derecha, la cara abierta por la sonrisa y los ojos, iluminándola, proyectados sobre él. Manu comenzó a sonreír sin poder evitar una pizca de amargo remordimiento al darse cuenta de que, justo en ese momento, se estaba plantando un obstáculo grato, pero obstáculo al fin y al cabo, entre él y sus planes para ver el partido y beber cerveza tranquilamente. Sin llegar a ser consciente de pensarlo, sin caer en la cuenta de lo maravilloso y agradable que es el encuentro con alguien a quien se considere amigo por el motivo que sea, se transformó en pura intención de saludar al camarada.

No pudo. La curva de sus labios se deshizo bruscamente. Su mandíbula inferior cayó fulminada y sus ojos se dilataron como si quisieran huir a través de las cuencas y arrojarse al vacío. Aún así le servían para reflejar sobre aquel chico que se le acercaba un haz consistente de incredulidad y pánico. En su cara se dibujó, como en la mansa superficie de un lago de montaña, un perfil abrupto y escarpado. Sin duda no podía creer lo que estaba viendo en ese momento.