Dios es porcelana viva – Capítulo 8

Al despertarse alcanza la nada con un gesto inútil y la precipitación por abandonar la pesadilla que estaba soñando le arroja paralizado sobre la cama. El sueño se aleja infinitamente veloz hacia el olvido, pero el cuerpo de Jaime permanece bañado en sudor por el infame remanente que todavía bloquea su cerebro. Su boca está muy seca, dolorida de lo seca. Jaime se encuentra mal y la sensación no se desvanece conforme recupera la conciencia.

Dictada por un tartamudo con nódulos en la garganta va percibiendo la tenue y oscura realidad que lo envuelve, la habitación y los últimos recuerdos. La parálisis se diluye a medida que se le van aclarando las ideas y la sensación de pesadilla cicatriza por fin completamente.

Ve y escucha, oscuridad y silencio.

El cacofónico tic-tac de los cuatro grandes relojes que hay en la casa se pasea por las estancias, animado en la penumbra. A estas horas suena casi aterrador, como un susurro gigantesco.

Al escucharlo Jaime se pregunta por la hora. Se siente dueño del cúmulo de malestares que lo conforman. Al instante obtiene como respuesta el sonido de cuatro campanadas y que acaban siendo dieciséis para abarrotar cada rincón de la casa en silencio.

Recuerda el desmayo y las desagradables circunstancias. Hacia atrás y recuerda la muñeca y lo planeado. Hacia delante y no recuerda nada. Puede haberse arruinado el plan y la angustia no se contradice con su estado general.

Sus pupilas se dilatan, horrorizado por el pensamiento, escrutando la nada. La fatiga y el mareo no sólo no desaparecen sino que tienen cada vez más control sobre él. No puede evitar ordenar, volcar, reordenar y volver a volcar sus confusas ideas en espera de encontrar la solución.

Al instante siguiente todo ha sido ya decidido, todo.

Aunque tarde, él va a regalarle la muñeca a la muchacha. Las ideas se renuevan y vigorizan y la prisa le obsesiona.

Su vista ya se ha acostumbrado lo suficiente a la oscuridad y se da cuenta sorprendido de que su rabillo del ojo le está señalando hacia la izquierda donde, muy próxima a la cabecera de la cama, duerme Rosa en un sillón, incómodamente arrebujada.

Tras la sorpresa inicial se tranquiliza, porque, a pesar de la postura, parece profundamente dormida.

Como no esperaba ni mucho menos encontrarla allí junto a él, donde no esperaba encontrarse, no agradece su presencia ni le seduce la situación.

Jaime se incorpora muy decidido, aunque frenado por una sensación de abandono, de fin. Se levanta todo lo aprisa que puede, ni la mitad de lo que lo intenta y, al fin y al cabo, lo suficientemente lento para no emitir ruido alguno que no provenga salvo de su vieja caja torácica.

Se encamina sigilosamente hacia el armario mientras se da cuenta de que no lleva puestos los zapatos, a pesar de que continúa vestido con el traje del día anterior. Lo agradece, si no tendría que habérselos quitado él mismo para evitar el molesto rechinar que producen al andar y que ahora podría delatarle. Abre la puerta con velocidad geológica y saca el paquete que contiene la muñeca y lo deposita sobre la cama, junto al arrugado disfraz de Papá Noel sobre el que se ha despertado. De vez en cuando deja caer una ojeada sobre Rosa, para cerciorarse de que sigue dormida.

Primero se viste, colocando las amplias vestimentas rojas sobre su propia ropa, con mucha calma y cuidado.

De repente Rosa se vuelve sobre el sillón, dándole la espalda y rezongando en sueños. Jaime se paraliza, pero al ver que continúa dormida se tranquiliza poco a poco. Todo iría bien, piensa para sí, si no fuera porque se encuentra a cada momento más y más enfermo.

Se ajusta el cinturón de cuero que no pertenece al disfraz, hundiéndolo entre los pliegues rojos. Se para y escucha en silencio.

Fuera sigue lloviendo, y la ciudad es ya de nuevo un armazón cubierto de cemento y asfalto.

Se encasqueta el gorro y descubre por el dolor al contacto con la prenda que un chichón se eleva entre su rala cabellera. Lo deja para otro momento, para el de las explicaciones.

La noche está callada, piensa, demasiado quizá. Vestida de silencio permanece alerta a los que aún se mueven en la oscuridad, como si lo hicieran a plena luz del día.

En el otro extremo del pasillo, Valeria se asegura tras la puerta, oculta todavía, de lo que va a hacer.

Se ha encajado en el pelo su diadema dorada, la que le regaló Sara esta misma noche. Está acuclillada, envuelta en su camisón blanco y descalza, con los pies abrazados. Entre sus manos calienta un reloj al que da cuerda.

Es un reloj de faltriquera, pequeño y plateado, que ha comprado con sus aún más pequeños ahorros para regalárselo esta noche a su abuelo, sabe que a él le encantan los relojes de bolsillo. No es muy caro, pero nadie ha dicho que un regalo con alma deba además costar una fortuna. Y si lo ha dicho alguien está claro que es un imbécil.

La noche trastocada temprano avanza cada vez más aprisa hacia la salida de Sol. Aunque ha tardado en decidirse, piensa llevarlo hasta la habitación donde duerme su abuelo y dejárselo en la almohada, junto a su cabeza de Papá Noel.

Abre la puerta deseando ni siquiera remover el aire que le rodea. Sale de puntillas al pasillo, recogiendo muy expectante cada sonido que pudiera delatar su presencia o la de otra persona. Su corazón parece dictarle telegráficamente la marcha, pero ambos se detienen paralizados cuando, a mitad de camino, escucha cómo alguien abre con mucho sigilo una puerta en esta misma planta.

No reacciona, sino que espera involuntariamente unos segundos hasta ver si su plan fracasa.

Entonces ve salir a través de la puerta de la habitación en la que reposa su abuelo una gruesa figura vestida de rojo de pies a cabeza, como el fantasma de un diablo.

Jaime se vuelve tras entornar la puerta y pierde su vista pasillo adelante hasta posarla en la pálida mancha blanca que está a mitad de camino. Su sombra enorme se arrastra por el oscuro suelo hasta casi tocar los pies del pequeño ángel que se interpone.

Una fuerte nausea le sacude con fiereza mientras se acerca asustado y maravillado al pequeño ser. Mientras se acerca se va sintiendo menos dueño de sí mismo.

Las voces del silencio se ocultan y ya no llegan casi a los oídos de su interior. Su vista se apaga levemente en la penumbra. Siente calambres por todo el cuerpo, calambres dolorosos que le agitan aunque nada pueda hacer. Se acerca y se planta frente al ángel.

Sus ojos recorren desfallecidos la cara de la niña, de Valeria. Y siente los ojos del ángel sobre su alma, porque ya es casi alma, incapaz de retener ni la conciencia. Es Valeria, acierta a pensar, pero no la puede ver tal cual. Es Valeria, pero un débil resplandor de oro ilumina su cabecita y en su rostro brillan fulgurantes estrellas de cielo. Es un ser celestial, cree.

-Valeria… -alcanza a decir Jaime con un gesto, pues su boca no pronunciará más palabras.

Cae de rodillas, pero con la vista fija, imantada en la bella y sobrecogedora faz de su nieta.

-Valeria -piensa-. Dios mío Valeria, ángel mío.

Primero agotó las palabras, luego los pensamientos y ahora le toca el turno a los gestos. Con el último saca la muñeca y se la tiende.

El ángel, redoblado en destellos, alarga su mano y Jaime nota cómo le es arrebatada la muñeca. En su mano, un pequeño frío reemplaza al juguete, y Jaime se mira el frío. Asombrado, cálida y entregadamente asombrado, cree ver un reloj de luz que su ángel ha dejado entre sus viejos dedos. Se lo acerca sin voluntad a los ojos, deslumbrado por la luz del ángel y el reloj.

Busca bajo la esfera de luz una hora, pero descubre con tranquilidad que en el reloj no hay horas, ni minutos, ni queda siquiera un segundo. Y comprende… y muere más feliz de lo que podía haber vivido durante la vida de una estrella.

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