Dios es porcelana viva – Capítulo 7

Sara envuelve a Jaime con su mirada trastornada por el asombro y la incredulidad. El susto ha anulado su capacidad de reacción aunque poco a poco comienza a sentirse de nuevo dueña de sí misma. Pero estalla afectada por una vena histérica que inunda su interior y que la descontrola con una rapidez impaciente.

Se inclina, arrojándose sobre sus propios pies al encuentro de su padre, que yace en el suelo inconsciente, e intenta devolverle la conciencia a empellones, mientras lo baña con sus lágrimas.

-¡Padre! -lo llama entre hipos y gemidos- padre por favor dime algo…

Sara pega la cabeza al viejo pecho de Jaime instintivamente, como si sus llantos pudieran dejarle escuchar los latidos del corazón de su padre.

No puede escuchar tampoco el tropel que asciende por las escaleras. La puerta se vuelve a abrir con precipitación, pero esta vez entran dos personas y cuatro cabezas asoman, y todos proyectan desde sus ojos intensos haces de curiosidad. Al final todos los ojos bajan a posar la mirada en el suelo, sobre Jaime, y las mandíbulas caen.

-¡Dios mío! -es Jorge quien reacciona primero- ¡papá! -y se lanza junto a su padre.

Juan Carlos y Rosa permanecen quietos mirando desde la puerta, perplejos, aún sin darse cuenta de que la Nochebuena acaba de irse al carajo.

Jorge comprueba que su padre respira, le agarra de la cabeza, le golpea en las mejillas buscando una reacción, y al fondo Valeria, con las manos puestas sobre la cara, tapando sus ojos, siente cómo sus ideas se esclarecen y se da cuenta de lo que ha sucedido. Es la única que ya sabe lo que pasó, exceptuando a Sara y a Jaime.

Se adueña de ella la obsesión de que debió haber sido más inteligente a tiempo y haber evitado que sucediera, haber hecho al menos lo que hubiera podido por evitarlo. Valeria se desespera.

Una mano muy pequeña la agarra y pega tirones, y hace que al abrir los ojos Valeria salga de sus pensamientos y se encuentre de nuevo junto a los demás.

-No pasa nada, pequeños -les dice fingiendo que no pasa nada.

Ahora teme de nuevo no actuar a tiempo correctamente. Decide llevarse a los niños de vuelta al piso de abajo.

-Vamos, vamos, todos abajo que hay que dejar que Papá Noel trabaje tranquilo, vamos…

-¿Es de veras Papá Noel? -los ánimos de los pequeños saltan por los aires- ¡pero yo quiero verlo…!

Los niños bajan barridos por los brazos de Valeria que les obliga a volver de nuevo al salón. Su cara les habla con mucha dulzura, afanada en distraerlos de lo que pasa en el piso de arriba, pero en su interior sólo amarga.

-¡Su corazón late! -dice Jorge con el rostro profundamente serio y distraído de a quién se lo dice-. Vamos, ayudadme a subirlo a la cama, ¡joder como pesa el condenao! -exclama.

Juan Carlos, Sara y Rosa se acercan y entre los cuatro lo alzan en vilo con mucho cuidado. Sin demasiado esfuerzo lo acuestan en la cama, sobre el traje rojo de Papá Noel. Todos caen en la cuenta de lo poco que les ha costado cargar con él mientras se fijan en lo quieto, como muerto, que está. A todos les reconforta que no pese como un muerto, aunque parezca un chiste extraño y para muchos de mal gusto.

Al caer en la cuenta del traje, Juan Carlos se vuelve hacia Sara y le pregunta:

-Sara, ¿qué ha ocurrido aquí, qué le ha pasado a Jaime y qué coño hace ahí el esmoquin de Santa Claus!

Sara responde algo que nadie entiende, porque lo balbucea mientras continúa llorando.

-¡No la atosiguéis! -interrumpe Rosa para poner por las bravas un poco de calma. Se acerca a Sara y la abraza, le pide que se calme, le dice que no se preocupe, que todo va a salir bien. Y le pide que les cuente lo sucedido.

La atención se ha desviado de Jaime, nadie mira en ese momento hacia él. Entonces dice, aún inconsciente, con un susurro de voz muy quebrada:

-La muñeca…

Aunque apenas audible todos ellos se giran instantáneamente al oírlo. Se inclinan sobre él cerrando al unísono un cáliz de amor y preocupación.

-La muñeca… -repite.

Ellos prestan la máxima atención pero no comprenden lo que dice.

-¿Qué ha dicho? -uno.

-¿Habéis oído? -otro.

-Ha dicho la muñeca… se ha hecho daño en la muñeca. Seguro que se la ha roto en la caída -ella.

-Pues no parece que le pase nada en la muñeca -Juan Carlos.

-¿En ninguna de las dos? -Rosa.

-La muñeca…

-Creo que debemos estar haciéndole daño, si no es que ha perdido la cabeza –suelta Jorge cada vez más nervioso, agarrando alternativamente por las muñecas a Jaime para asegurarse de que no hay moratones, ni inflamación, ni nada que pueda delatar que están fracturadas o contusionadas.

Jaime abre la boca y traga ruidosamente una bocanada de aire. Abre primero un ojo y luego, tras unos instantes, el otro. Ellos se miran unos a otros, como la tripulación del Apolo XIII. Han superado la crisis aunque la sorpresa no se ha borrado de sus caras. “Houston, hemos solucionado el problema.”

-¿Qué… qué ha pasado? -pregunta Jaime totalmente desorientado-. ¿Dónde estoy?

-¡Joder papá, vaya susto nos has dado, creíamos que de ésta no salías? -espeta Jorge.

-¡Pero tú que dices! -le corta Rosa-, tú lo que diga éste ni caso… dejadle tranquilo que se acabe de recuperar!

Mientras se repone Jaime cae en la cuenta de lo que ocurría justo antes de que se despertara sobre la cama, y gira su dolorido cuello hasta que por fin ve a Sara. Parece descompuesta y el rimel se ha disuelto con las lágrimas y ha dibujado en su cara la expresión de un payaso ridículo, acentuada por la bola redonda en que termina su nariz, con la que nació, roja como un tomate. Por si fuera poco está sonriendo al verle reaccionar.

Jaime aparta la mirada de ella y pregunta por la hora, hace ademán de sentarse pero los brazos de Jorge se lo impiden y éste le pide calma.

-Tranquilo papá, parece que ya estás mejor, pero has perdido el conocimiento y creo que te conviene, como mínimo, permanecer acostado. Rosa -dice dirigiendo su mirada hacia ella- quédate tú con él… y ayúdale a desvestirse y que se meta dentro de la cama -dice enfatizando la palabra dentro-. Nosotros vamos a ver qué hacen los niños y qué hacemos nosotros -e indica a los otros dos con un gesto con la cabeza que es hora de volver abajo. Al salir se detienen en el pasillo, a una distancia prudencial de la habitación en la que han quedado Rosa y Jaime.

-Bueno, ¿qué hacemos? -pregunta Juan Carlos.

-Mirad -dice Jorge- no se lo que os parecerá pero yo opino que Sara debería contarnos qué hacía ella con nuestro padre y por qué le ha dado el pampurrio, vamos, si no es mucho pedir.

Al decirlo sus palabras se van cargando de ironía y evita mirar directamente a Sara. Ella, sorprendida por el repentino acoso, se muestra dócil al responder.

-Yo… yo, bueno, es que… discutimos. Discutíamos cuando él… él… -y rompe a llorar.

-Venga, no te preocupes, ya pasó todo -le dice Juan Carlos y la abraza con mucha dulzura-. A ver si de una vez por todas nos ponemos de acuerdo -recrimina a Jorge-, ya nos lo contará ella, joder, que no ha llegado la sangre al río! De cualquier modo -continúa- se habrá mareado por algo que le haya sentado mal… si discutieron… se acalorarían, y hace un calor del carajo en esta casa, ¡el caso es que no pasó ná de ná! -termina diciendo para relajar la tensión.

-¿Estáis de acuerdo en que mañana por la mañana llamemos al médico para que venga y le haga una revisión, por si acaso? -pregunta intentando complacer a todos.

-Bien, no se… -duda Jorge.

-Venga, joder -corta Juan Carlos de nuevo- vamos a darle los regalos a los enanos, que ya son… -y consulta la hora en su teléfono móvil- ¡las doce y diez! -exclama sorprendido.

-Bueno, yo voy a ver si Rosa ya acostó al viejo -dice Jorge, visiblemente calmado y satisfecho por las sugerencias de Juan Carlos.

Cuando entra en la habitación se detiene un momento para observar a Rosa al lado de la cama donde ya está acostado Jaime. Está inclinada sobre su rostro, besándole. Él tiene los ojos cerrados y parece que duerme plácidamente aunque su respiración suena más fuerte de lo habitual.

-Acaba de dormirse como un bebé -susurra ella al percatarse de su presencia-. No me ha dado tiempo ni a desvestirle. Le he echado una colcha por encima…

-¿Quieres que me quede yo con él? Al fin y al cabo soy su hijo. Ve tú con los demás…

-No -corta Rosa iluminándole con una dulce mirada-. Soy yo la que quiere quedarse con él. Si necesito algo o surge algún imprevisto te avisaré, te lo prometo -le dice.

-Pero… -comienza a protestar él.

-No hay peros ni peras -corta ella sonriendo-. Además tu organizas mejor que yo y eres más capaz de tranquilizar a los demás. Tú preocúpate de que los niños reciban los regalos y de que se acuesten sin enterarse de nada.

Le besa con sus labios de terciopelo en la boca, anulando cualquier reacción que él pudiera tener.

-Vamos, que hay que dejarle dormir -susurra ella señalándole hacia Jaime dormido. Le despide con la mano y su boca gesticula un buenas noches.

Un poco desconcertado le devuelve el deseo y cierra muy despacito la puerta. La certeza de que a pesar de lo que le Rosa ha dicho él no ha tomado ninguna decisión esta noche da paso en sus pensamientos a la pregunta que todavía no se ha contestado: ¿qué estaban haciendo Sara y Jaime aquí arriba?

Sin saber que pensar baja por las escaleras a reunirse con los demás.

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