Dios es porcelana viva – Capítulo 6

El sonido procedente de la biblioteca se desgasta en ecos contra el silencio de la calle. En el centro de la ciudad la fiesta invade las aceras como un carnaval brasileño por culpa de las aglomeraciónes que se producen en las fiestas privadas, porque la noche, aunque ha templado con la lluvia, es desapacible y fría.

Dentro de la sala la intimidad y la música aíslan a Jorge, Rosa, Juan Carlos y los niños de los dos que discuten en el piso de arriba.

Hace ya bastantes años que la biblioteca sólo funciona como salón. Se diseñó originalmente con la intención de que fuese un entorno ideal para el que se refugiase en ella a fecundar la imaginación con la sabiduría de viejos autores inteligentes y casi siempre muertos. La lectura se impregnaba del recinto y contribuía al disfrute. Podría pensarse que ahora la estancia se empeña en sobrevivir fuera ya de su tiempo, al no haber podido satisfacer las necesidades de los últimos años de euforia audiovisual y multimedia. Su aspecto, aún así, sigue siendo el de una vieja dama muy elegante y que debió de estar muy bien en sus tiempos.

Su mobiliario se conserva prácticamente intacto, una decoración que, al igual que la del resto de la casa, está pasada de moda, no es diseño nórdico ni japonés, pero fue el orgullo de Mercedes y Jaime entonces, cuando vivieron sus primeros años juntos en la casa. Fue la habitación donde se recibieron las visitas, amigos y parientes de aquellos años, y por eso se intentó que la biblioteca fuese la estancia más elegante y cómoda a la vez de toda la casa, ideal para reconfortar a sus habitantes mientras la admiraban.

Sus techos son muy altos, bastante más que los de las construcciones de los últimos años, y sus largas paredes, tan altas hasta que los alcanzan, aquietan el tiempo en esta pieza. Todas menos la que rompe la puerta están literalmente forradas con unas sencillas y gruesas estanterías de nogal, en las que se amontonan miles de volúmenes que incluyen algunos muy antiguos y casi ninguno reciente.

Situándose en la puerta y mirando hacia el interior es desde donde mejor se comprende el porte de la habitación. Una preciosa caja ornamentada con diamantes de madera y metal. El mobiliario parece recluido en una campana que lo preserva del paso del tiempo, desgranando los años sin saberlo y depositándolos como el polvo en su solera. Todo el patrimonio de una familia, esperado, bendecido, llorado y olvidado, transformándose en pieza de museo por la edad.

Durante el día la luz desborda el marco de la única ventana y arroja sombras y claros desde el sur. No obstante es un lugar destinado para la luz eléctrica, y los candelabros simplemente decoran sobre la chimenea, desde donde elevan sus bonitos brazos. Entre ambos un reloj de sobremesa francés, una joya de bronce con agujas que ha cronometrado muchas horas de lectura y que aún funciona. Sobre él, en el lugar preciso, un retrato donde permanece más congelado que vigilando el abuelo de Jaime, Don Vicente. A la derecha, después de una silla tapizada de terciopelo rojo y patas torneadas, junto a la esquina, se encuentra el escritorio. Es un autentico buró de época que contiene en sus cajones cientos de cartas estrujadas cuyos interlocutores han dejado de sentir hace mucho tiempo todo lo que escribieron en ellas. El mueble también hace mucho tiempo que ha dejado de usarse.

Una enorme lámpara de lágrimas de cristal pende del techo artesonado. Desde ella la luz se desparrama y se comparte por las estanterías y los libros, la mesa tallada y los sillones orejeros tapizados de verde esmeralda que miran hacia la chimenea, las finas porcelanas chinas que coronan sendas columnas a ambos lados de la puerta y el tocadiscos que trajo Sara a los diecisiete, el reloj de ataúd con mecanismo autómata y las preciosas alfombras de lana que recogen los pasos esta noche.

Rosa y Jorge están sentados en el tresillo, tararean la pieza que suena con sus párpados desplomados y agarrados de la mano. Juan Carlos baila mientras con Valeria, que ha dejado a los pequeños en su castillo, entre las columnas de la entrada, defendiendo el desfiladero que se abre en la puerta y buscando refuerzos frente a la chimenea con el escenario ensangrentado por las llamas.

-¿Qué ha sido de Sara, sabes dónde ha ido? Hace rato que no la veo –pregunta Juan Carlos a la chica. Ella le responde negativamente con la cabeza y luego encoge sus hombros en un gesto de duda. Él sonríe quitándole importancia y continúan bailando. Cuando están frente a Jorge y Rosa les pregunta de nuevo por Sara. Tampoco saben. Le dicen que piensan que se haya ido a la cocina, que tal vez esté recogiendo alguna cosa. Se levantan y comienzan a bailar también ellos.

-No importa -se dice.

-Cuando llegue Sara, ¿te importa que baile con ella? -pregunta afectadamente a Valeria, entonando sus palabras con un despreocupado y teatral desdén.

-Ni lo sueñes -responde ella tímidamente, arrojando su mirada al suelo, fingiendo mejor que él.

La música, cada vez más tranquila, es tan suave y uniforme que da la sensación de llenar cada rincón. Se amalgama con los gritos y risotadas de los pequeños, que se enfadan, discuten, se contentan y retoman la acción como las puras estructuras de fantasía que son. El barullo de la habitación refuerza la curiosidad de Valeria sobre lo que sucede fuera. Supone que Sara y el abuelo están juntos, porque supone que Sara ha ido a decirle algo al abuelo. Como sabe cómo son ambos teme qué puede haberle ido a decir. Ella lo llama el peligro de la nochebuena. Una familia se reúne para pasarlo bien juntos esa noche y alguien hace un reproche de los que hay siempre entre familiares y se lió.

Mira el reloj, sólo hace diez minutos que desapareció Sara, no es mucho pero se percata de que falta poco para las doce y hay que dar los regalos. Parece que esta noche andan todos un poco despistados.

Lo que le regalen a ella la trae sin cuidado, lo que desea realmente es que la noche quede intacta. Los demás ni se han percatado de que el abuelo no está. Vaya con la tradición, piensa, si vienes a casa de tu padre a pasar una velada familiar y ni te acuerdas de que no está a tu lado. Ella tiene necesidad de estar a su lado, de notarles a todos, y eso a pesar de ser consciente de que lo de la familia tiene algo de convencional, porque a ella no le consultaron nunca para elegir padre o abuelos. ¡Quien le dice además que para ellos era ella y no otra la que querían en su lugar? Razonar así le ha llevado a considerar si en el futuro, en su futuro, las personas que la rodeen se sentirán obligados a quererla o sólo lo fingirán y la engañarán, y no querrán o se cansarán de ser queridos por ella. Tapa y destapa la caja de los afectos con la misma incertidumbre que, supone, representa el mito de Pandora en el momento de liberar todos los males. Su inspiración recorre de cabo a rabo el texto de sus pensamientos y la conduce de modo imprevisible a su abuelo. Él ha entretejido hacia ella una estructura tierna y comunicativa que Valeria lee cuando la mira en sus ojos de anciano.

Juan Carlos se suelta de ella, besa su mano con afectada galantería y se inclina cortésmente en una ridícula reverencia. Mientras le ve salir por la puerta desea que regrese con Sara y el abuelo cogidos de la mano, aunque nunca ha visto al abuelo cogido de la mano de nadie, por eso le gustaría más todavía. Es que Sara está muy equivocada con el abuelo, piensa. Está muy equivocada, debería aceptarle y no ponerse fuera de sí con sus manías. Aceptarle como acepta a sus hijos, con los que se comporta de un modo mucho más tolerante, con ellos juega a educarlos sin intentar comprenderlos del todo.

En seguida entra Juan Carlos solo. Viene sorprendido y de su cara se han desvanecido por completo los efectos de la modorra. La llama con un gesto para que se acerque a él pero evitando que los demás se percaten.

-Oye Valeria, bonita -le susurra al oído-, tú eres toda una jovencita responsable y supongo que puedo hablar contigo con toda confianza…

Ella sonríe procurando conscientemente no caer en la perspicacia de imaginarse nada malo.

Le cuenta que van a ser las doce, la hora de los regalos. Ella sonríe más sinceramente que antes. Le cuenta que no encuentra las llaves del coche y que debe de tenerlas Sara.

-¡Claro, ahora recuerdo que le vino Doña Jimena! -dice para sí mismo-, seguro que esta arriba, acostada…

Valeria asiente mientras suelta una risita que se desvanece con rápidez sobre un gesto mucho más adulto, uno de hacerse absolutamente cargo del problema. Respira con alivio y se alegra de que sus premoniciones carecieran de fundamento.

-Mira lo que vamos a hacer -le dice Juan Carlos- yo cambio el disco por uno de villancicos para que los enanos se distraigan, y nada más que veamos que no se dan cuenta subo a ver si me da las llaves y meto los regalos sin que se den cuenta. Tú me los entretienes por si acaso…¿de acuerdo?.

Valeria asiente y él da media vuelta hacia el tocadiscos.

La música se detiene un instante que tarda en sonar el primer villancico y Valeria se acerca a los niños para proponerles algo que llame su atención.

Juan Carlos se dispone a salir en busca de Sara y gesticula hacia Valeria, abriendo mucho la boca, la palabra vigílamelos, cuando un golpe sordo y amortiguado, pero lo suficientemente fuerte como para que lo oigan todos, suena sobre sus cabezas, en el piso de arriba. Instintivamente clavan sus miradas en el techo.

Uno de ellos apaga el tocadiscos.

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