Dios es porcelana viva – Capítulo 5

De pronto la puerta se abre muy rápidamente y el aire de la estancia se balancea vertiginoso. Tras ella, casi a la vez, aparece Sara con el rostro desencajado que, sin desviar la mirada de Jaime, cierra de un portazo. Él levanta la cabeza en un gesto de vuelta la mundo real, bastante más asustado que sorprendido, enarcando mucho sus cejas. La sangre le palpita con fuerza en las sienes mientras pasa de sentirse desvalido a considerarse intimidado y ofendido. Su mirada arremete contra la de Sara. Ella sigue mirando invulnerable a las fieras pupilas de Jaime. Está fuera de sí, repasando por última vez cada afilado reproche con que piensa despedazarle. Su cara es la de un volcán repleto de magma abrasador que tiene en sus labios tensos, perdido el color por la expresión de la mueca, un cráter que no va a tardar en explotar y verterlo al exterior.

-¡Pero que diabl…! -comienza a gritar Jaime.

-¡Esta vez me vas a escuchar a mí! -corta Sara de un grito con voz estridente y distorsionada por la ira.

Jaime se calla al instante, la boca de su hija le recuerda a la de un tiburón. Le muestra sus dientes, que gotean de una mirada presagio de dolorosos bocados.

-¡Déjame hablar a mí por esta vez, padre! -le dice bajando el tono.

Sara se percata de que el factor sorpresa ha jugado a su favor, o por lo menos él aparenta dejarle dominar la situación por el momento. En cualquier caso también sabe que debe aprovecharlo.

-¿No crees que ya está bien de aislarte dentro de ti mismo? -le reprocha-, ¿no crees que ya es hora de compartir algo con los que te queremos?

Pero no le da tiempo a que responda, continúa gesticulando y reprochando.

-¡Ni siquiera te dejas querer a la manera de una muñeca de trapo…!

Al oírlo Jaime, la imagen de la muñeca que piensa regalarle a Valeria se forma nítidamente en sus pensamientos, preciosa e intacta hasta en el más mínimo detalle.

Un vértigo le aleja de la porcelana y siente cómo cae hacia Sara. Una náusea le descompone la garganta, intenta forzar sus pulmones a soplar y decirle a su hija que espere un poco más para reprocharle, tan sólo un instante, que hay un símbolo, una bonita muñeca, que les va a unir más a todos, que esperen una muñeca para que vean cómo se redime.

Por un instante ha estado a punto de rendirse ante Sara, de reconocerle que ya está bien y que tiene razón, que les quiere mucho a todos y que el resto sobra, siempre ha sobrado, que su carga no tiene ya sentido, que no lo tuvo. Pero el miedo le deslumbra, le intimida, viejo y petrificado Jaime sólo siente miedo a solas. Y calla. La cobardía viene aferrada de la mano del miedo y entre los dos le erizan el lomo, como a un gato vagabundo y cobarde. Le ponen a patalear panza arriba, riéndose de él al ver cómo mira asustado hacia la realidad que se invierte mientras aúlla. Ambos saben que su poder no ha cesado sobre Jaime, y que al menos aún esta noche va a ser suyo. Es lo único que les interesa porque el mañana es dudoso y se impone tensar las garras en cada presente y ponerlo de tu parte.

-¡No digas estupideces niña! -exclama airado por el ataque de cobardía y violentado por el miedo en sus pensamientos.

-¿Qué sabrás tú? -le espeta desafiante con la única intención de que Sara se retire impresionada, de que se rinda sin luchar. No quiere discutir, enzarzarse en una guerra sin pocas opciones de aniquilación mutua. Su furia es del todo inestable, se asienta en un cieno residual que ampara los restos de su gran guerra interior.

Sara encuentra al Jaime que esperaba, al que se lanza al ataque ciegamente, le ve lanzarse al ataque de nuevo, como siempre ha hecho, él es así. ¿Una víctima de su personalidad? Le conoce bien, pero se conocen bien.

-¡Pero que gilipolleces dices! -exclama virulenta, encendida y requemada-, ¡eres un ingrato, y si no fuera por el recuerdo de mamá supongo que hace ya tiempo que te hubiéramos mandado a la mierda!, además, ¿POR-QUÉ-CO-JO-NES no has querido rezar una puta oración por ella en la cena?…

Como ametrallado por los alfilerazos de una gran coleccionista de ingratitudes como Sara, Jaime siente su espalda desgarrada, pinchada en un enorme cartón que lleva escrito con letras muy grandes y apresuradas su nombre.

-¡Y a ti que te importa! -exclama resoplando, furibundo aunque intentando aparentar serenidad. Siente su resistencia, inagotable en otros tiempos, muy menguada. Su cerebro se bate en dos frentes, espalda con espalda y cuerpo a cuerpo, dispuesto ya sólo a muerte o rendición.

-¡Que qué me importa, dice!. -Sara grita. Le gustaría hacer que su padre por fin comprendiese que ya es toda una mujer confirmada en todo un mundo, y muy capaz de herirle mortalmente, si así lo quisiera.

-¿Por qué no reconoces que lo único que pasa es que eres un sucio egoísta redomado y asqueroso que no quieres compartir con nosotros el recuerdo de mamá que ni siquiera te atreves a reconocer ante los demás y que no tienes ningún derecho a monopolizar!, ¡de tu mujer y nuestra madre, te recuerdo! -continúa gritando-, ¡no entiendo porqué ni siquiera fuiste capaz de demostrarle tu amor en público, yo que sé…!. -Toma aliento y traga saliva. Está muy acalorada, está reposada sobre la superficie del sol. Una vena de ira purpúrea zigzaguea sobre su frente. En el salón, bajo sus pies, suena música desde hace rato.

-¡Tú no tienes ninguna autoridad para hablar así sobre mí! -grita Jaime coreado por sus sienes, que martillean su cerebro imponiendo un agotador ritmo de persecución, apto sólo para mantener no más allá de unos segundos. El tiempo suficiente para aturdirla y huir.

-¡TODOS queríamos… queremos a mamá, TO-DOS, te enteras!

En los pocos minutos que ha durado la bronca padre vs. hija Sara no ha reparado en el traje sobre la cama, ahora lo ve.

-¿Y esto que coño es?… -le pregunta.

-Nada que a ti te interese… de momento -responde Jaime en un susurro. El sonido fuerte de su respiración crece a medida que siente dificultad para inspirar, y una punzada en la cabeza que le desorienta anuncia la retirada.

-Es para darle una sorpresa a los niños -continúa contestándole aún más suavemente.

-¿Para los niños?… ¡¿qué sorpresa?!… será la primera vez -le pregunta Sara sorprendida y temiéndose una estrategia. Se mantiene alerta por si acaso, tensa, como un perfecto arco de precisión que apunta directamente al objetivo.

No, no les he comprado nada, bueno, para Valeria hay algo, pero…en realidad mi intención es la de disfrazarme de Papá Noel y entregarles yo los regalos que les habéis traído. Iba a bajar ahora a decíroslo a Jorge y a ti para que los subierais a esta habitación y luego pensaba ponerme el traje y prepararlo todo para las doce,- le puntualiza Jaime.

Sara cierra los ojos y ve una diana fácil. Apunta y dispara:

-¡Que les quieres entregar tú los regalos a los niños!… ¡tú no estás bien de la cabeza! -y continúa lanzando los dardos-, así que, además de no comprarles nada, tienes la santa cara de preparar una estúpida comedia, sin consultar con nadie por supuesto, para ser tú el protagonista de la noche… ¡tú chocheas! -exclama concentrando la mayor crueldad de que se siente capaz en lo despectivo del tono, moldeando su cara en una mueca de asco.

Jaime, cabizbajo, arrastra la mirada en torno a sus zapatillas y el suelo de madera, que se le hace frío y áspero para tener que habitarlo tan de cerca.

-¡Y tienes la santa cara de decirme a la mía que para Valeria hay sorpresita y para mis hijos NO!, ¡pues para que te enteres son MIS hijos y TAN nietos tuyos como ella, contra la que, por cierto, no tengo nada!.

Es su voz de madre que ha sustituido a su voz de hija la que chilla en estos momentos. No se había preparado para la discusión en estos términos, pero encuentra también por este cauce su desahogo, después de tantos años de agotar su sensibilidad en berrinches inútiles. Más que nunca cansada de pagar con su mal humor el cariño de su marido y de sus hijos, de su madre, de cualquiera de los que quiere… más que nunca cansada de saberse culpable de preocupar y atosigar con penas cuyos culpables son otros a los que más la quieren y que no la quisieron mal, intencionadamente, nunca.

-¡No me digas tú a mí lo que debo hacer y no intentes comparar a Valeria con tus tres pequeñas bestias, ostia! -el miedo le devuelve a ese páramo seco y sin argumentos donde sólo sobreviven alimañas como la ira. Quiere herirla y herirla y que se vaya llorando a rezongar sus sentimentalismos a otra parte. ¿Por qué ha tenido que ser así? Siempre es así.

-¡Sucio viejo cobarde y ofensivo! -le esputa entre salivazos, a punto de escupirle conscientemente en la cara.

-¡Me cago en…! -y la adrenalina levanta la mano de Jaime y estrella su coraje en la mejilla de Sara con una contundencia seca que parte la situación y detiene los pensamientos de ambos.

Silencio de pedazos de situación y comienza ella a decir algo:

-Me… me has pegado. Te has atrevido a ponerme la mano encima. -Sus palabras salen apenas audibles produciendo un sonido de gas que escapa a través de un agujero irregular porque se ha hecho de un solo golpe de cortafríos-. Es la primera vez… -le dice bañando su mirada en él, por él, mientras levanta su mano derecha y la posa en la mejilla colorada.

Jaime permanece rígido mientras se desmorona por dentro. Su apariencia es la de un seco armazón que sujeta su mirada vidriosa. No escucha sus latidos ni siente su respiración.

-Yo… -comienza a decir.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s