Dios es porcelana viva – Capítulo 4

Jaime sube callado la escalera pero no silencioso, resollando su edad a cada paso. Tensa los dedos en su mano para aferrarse a la balaustrada, como a una infinita muleta. Cuando llega por fin a la primera planta se detiene, empapado en un sudor frío que le hace sentir el presagio de nada bueno. Se energiza con la superioridad que, en su secreto, mantiene respecto a los demás, como un niño que conoce qué va a merendar antes que el resto de sus hermanos. Y vuelve a retomar el paso. Se dirige hacia una de las habitaciones que esta noche servirán de dormitorio para toda la prole. Se detiene frente a la última a mano derecha. Coge la llave del fondo del bolsillo izquierdo de su pantalón y abre. Pasa dentro y arrima la puerta sin cerrarla del todo, evitando inconscientemente cortar el hilo que ha tejido en torno a todos ellos la nochebuena, una especie de cordón umbilical. En el pasillo el hogar caldea el aire removido por las conversaciones que llegan muy atenuadas desde abajo en el salón. Jaime se detiene un poco confuso, no pensaba subir tan temprano a la habitación, pensaba quedarse con los demás a disfrutar de la placentera sensación de verles juntos, originalmente su intención era subir poco antes de la media noche, justo antes del momento en que acostumbran entregarse los regalos.

En la nochevieja sus hijos buscan la compañía de la familia del cónyuge y él la pasa solo. Nunca desde que abandonaron la casa se han repartido. Cena poco, nada especial y se acuesta pronto. En nochebuena vienen con sus respectivas familias año tras año. Ocultan los paquetes de los regalos en los maleteros de los coches, luego, después de la cena, los suben discretamente a una de las habitaciones de la planta alta. Cuando el reloj del salón marca las doce en punto, los niños, que ya conocen las pautas del rito, suben atropelladamente a buscarlos y bajan desgranados, cada uno con su regalo entre manos y la cara radiante de ilusión. Siempre dejan que jueguen un rato, pero como es tarde los mandan a la cama a sabiendas de que no podrán dormir y encenderán la luz y armarán mucho jaleo sin poder dejar de pensar en sus nuevos juguetes.

Esta noche será diferente, Jaime les dirá que dejen los regalos de sus hijos en esta habitación, no en la habitual. Quiere guardarlos en un saco grande y rojo en el que camuflará su muñequita entre los otros juguetes. Así podrá regalársela a Valeria. Sabe que su regalo será mágico para ella.

Durante muchos años y hasta hoy, Jaime no ha regalado nada a nadie. Las ideas que estrenó con su primer bigote se lo han impedido durante todos estos años. Regalar para su conciencia es (¿era?) un hecho de falso altruismo compulsivo y social… ¡Pura intencionalidad egoísta mal disfrazada y jamás correspondida!

Las últimas semanas, sin embargo, ha germinado en su interior alguna intuición inesperada que probablemente se haya gestado en el vientre de vacío que Mercedes, con su muerte, fecundó en su memoria.

Esa archifamosa voz que a todos nos habla desde el interior, como un tiranuelo solipsista y despiadado, es la que le ha dictado que busque la muñeca que heredó de su esposa, por la que tanto sufrió ella de niña, para regalársela a Valeria. Sin duda es ella quien la merece, niña que tanto sabe de hacerse querer. Es consciente de que es Mercedes tantas veces su iniciativa.

En el armario ante el que se ha plantado está la muñeca, pero no es todo. Junto a ella guarda empaquetado uno de esos trajes de Papa Noel, rojo blanco y amplio que, con discreción, salió a comprar hace tres días. La barba postiza, blanca como casi lo está la suya, ayudará a que no le reconozcan.

Mientras se dispone a abrir la hermosa puerta del armario para revisarlo todo y no olvidar ningún detalle, como los cordones rojos en las botas, imaginando la de preguntas que le van a hacer sus hijos nada más se enteren de su ocurrencia, se da cuenta del blando repiqueteo que produce la lluvia sobre el cristal de la ventana. Se dirige hacia ella respetuoso, porque para él esas ventanas han sido un morboso tragaluz que ha iluminado un poco gran parte de su vida.

Su vista se adhiere a las rápidas gotas que se estrellan contra el suelo, fundiendo poco a poco y a pesar del frío la espesa capa de nieve. El aspecto de la calle comienza a ser sucio, enfangado y deformado por el cielo en diluvio. Gotas de color barro.

¿seré yo esta nieve blanca y virgen que enlodó su potencia inmaculada con las ideas de otros, fantasmas, en busca de una fácil y sucia complacencia?

Se pierde repasando litúrgicamente su vida y la evolución de su persona, aunque envuelto en atavismos y frustraciones, no encuentra explicación, camino ni salida. La lluvia disuelta en la nieve refleja sus miserias en cada cristal, en un calidoscopio que se funde ante sus propios ojos y desapareciendo para los de todos los demás. Mañana todo el mundo se levantará y al mirar hacia la calle no encontrarán ni un rastro de nieve.

Jaime se vuelve de espaldas a la ventana, aterido de frío, helado por el pánico a su propia honradez, temeroso de un fin en el que morir sin reconocer. No tiene ni idea de por qué ha pensado tanto en ello. Está hecho un lío, todo a un tiempo. No importa, se dice y se recompone mientras se dirige hacia el armario.

El espejo interior de la puerta abierta refleja en plata una imagen suya depauperada, dominantes rojas causadas por la cena, viejo y encogido por los años. Mira y se ve gris y siente ganas de pedir a gritos que alguien encienda su pequeña bombilla interior y le devuelva la luz y los colores. Alguien que, intuye, no puede ser sino él mismo.

Poseído por Miedo y su sosías, Cobardía, coge el paquete del disfraz para abrirlo. Necesita verlo para acabar de serenarse. Necesita justificar con su pequeña ilusión de esta noche toda la obra devastadora que por esos gemelos tiranos él ha realizado consigo mismo y con los demás durante la mayor parte de su vida.

Lo saca con cuidado y lo extiende pulcramente sobre la cama y en efecto se tranquiliza. No puede ser que su alma sea tan negra y refleje este apasionado rojo por Valeria, piensa. Lo mira casi satisfecho mientras siente cómo le abandonan la turbidez y la inquietud que le amenazaban, reales, frente a la ventana.

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