La prisión de oro

A Marie Cecile Ruiz

La historia atribuye a ciertos personajes la responsabilidad de protagonizar los mitos, lo cierto es que aunque de la sensación de que nunca sabremos si sucedieron o no, podemos albergar la certeza de que la realidad subyace en cada uno de ellos como las ruinas culturales profundamente enterradas y hace mucho tiempo ya olvidadas de una civilización precedente de experiencias y de lucha por el conocimiento.

Narra uno de estos relatos que, al poco tiempo de creado el universo, contaba la tierra con tan solo dos pobladores, semilla de Dios recién germinada.

Uno era un viejo maduro y ducho en sabiduría, aunque ajeno a toda aventura improvisada. Era el viejo generoso en arrugas, que decoraban con la armonía azarosa de sus incontables formas barrocas su rostro de fina piel, mecido por el solano del bien y acariciada por el líquido de la verdad. Su compañera era una paloma de blanco plumaje, silencioso batir de alas y belleza singular.

Ambos disponían por hogar de una zona cubierta de arena dorada, de extenso radio, delimitada por el ordenado caos de una tierra yerma y baldía.

Vivían estos seres de la más perfecta generosidad imaginable, la divina, que les agasajaba en cada uno de sus días con regalados dones, permitiéndoles subsistir dentro de aquel círculo.

En ocasiones, solía contar el anciano a la paloma que sus arrugas eran la marca imborrable, la prueba acusadora de un mal llevado a cabo sentido de la libertad por aquellos que les precedieron habitando el círculo dorado. Cada uno de los surcos que serpenteaban por su cara, decía, fue la ruta escogida por sus antecesores quienes, con humana pasión, buscaron la salida de ese maná dorado.

De ellos nunca más se supo.

Y el anciano, apasionado en extremo, relataba a su blanca compañera estos cuentos de experiencias pasadas insistiendo en la catarsis.

A pesar de todo, la paloma reaccionaba interrumpiendo sus relatos con infinita curiosidad, agasajando con ingenuidad al anciano con intrigantes preguntas reveladoras de un ser noble y aventurero.

Un día entre tantos de aquellos de apasionados coloquios, mientras el ave planeaba el círculo dorado, siguió a una nube que surcaba los cielos.

Paloma y cúmulo se perdieron tras el horizonte gris de aquellos yermos que les confinaban y, alcanzando el horizonte, parecían no tener fin.

Cuando el anciano, tras muchas horas de espera en vano, se dio cuenta de su soledad, lloró amargamente muy angustiado. Una lágrima resbaló por uno de los muchos caudales de su mejilla, fundiéndose al caer con el fino polvillo dorado que la esperaba en el suelo. Aquella arena, aglutinándose en aquella lágrima, sintió que se unía a su llanto inconsolable, plañendo junto a él la falta de su compañera.

A la noche, aún lejos de haber regresado a la tranquilidad, el viejo siguió llorando y llorando. Pasó mucho tiempo para que, con las lágrimas resecas sobre su piel y su ropa, sobre sus pies y la arena a su alrededor, agotado, cayera profundamente dormido y dejara de llorar.

En sus desordenados sueños se alzaron las imágenes como una visión.

Vio el horizonte abierto, más allá de aquel yermo circundante, donde yacían los cuerpos descarnados de sus impulsivos ancestros. Todos etiquetados con los graves cargos que, en sus vidas, habían forjado aquel destino. Vanidad, afán de lucro, éxito y gloria desmedidos por sobre todo. Secretas intenciones que habían lastrado desde el comienzo sus aventuras, condenándolos para siempre.

Vio a la paloma triunfando, alcanzando el paraíso hecho a medida de la sinceridad y la nobleza.

Y se vio a si mismo muerto en la pena de la soledad, angustiado de por vida, siempre temeroso.

Y despertó.

Las estrellas le velaban en silencio, entonando su nana de luz en susurrados destellos. También algo había despertado en su inteligencia, alejándole paulatinamente de aquellos temores inmemoriales.

Fue en ese momento cuando la frágil belleza de su compañera regresó para conjurar el último atisbo de horror en la mente del anciano, consumando un hechizo inexorable.

Luego lo tomó por la ropa con su pico, como si aquel hombre fuese tan ligero como una ramita de olivo, y lo elevó por los aires más allá del círculo de arena dorada, más allá del yermo desierto que los había confinado y que parecía no tener fin.

Pero que lo tenía.

Fin de la narración.

Abril de 1988

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