Dios es porcelana viva – Capítulo 3

Toda la planta baja es un auténtico bullicio de voces y de luces. Cada cual contribuye a su manera a decorar de vida las calladas estancias, que carecen de adornos navideños por voluntad de Jaime. Una vieja e impuesta decisión que el paso de los años ha monumentalizado y transformado en tradición.

La preparación del menú corre a cargo de Jorge y Sara, que han hecho valer su privilegio de familia, los hijos del anfitrión. Mientras, Rosa y Juan Carlos, sus respectivas parejas, sus cómplices en el matrimonio, siembran el mantel del comedor de finos cubiertos de plata, de platos artísticamente decorados y de todos aquellos utensilios que contribuyen a degustar con lujo la holgura de la nochebuena.

A todos ellos satisface realizar estas tareas que hoy no desempeña Josefina quien, como cada año, cena en nochebuena con sus dos hermanas, como un viejo náufrago superviviente que celebra los aniversarios con los últimos restos de su tripulación.

Los tres pequeños hijos de Sara, Luis, Miguel y Eva, los tres menores de la reunión, agotan a Valeria quien, con su dulzura y paciencia infinitas, les sigue la corriente en sus juegos. Para los pequeños es más víctima que cómplice y ello hace que disfruten tanto los encuentros junto a ella y que, a su manera, la echen mucho de menos cuando no se ven.

Hay tropiezos y disculpas y, de vez en cuando, una regañina si algún menor es el causante del incidente. Valeria, a pesar de ser una imprevisible señorita adolescente, es respetada por los padres que admiran, mitad condescendientes mitad aliviados, el sufrido regalo que, con ella, han recibido sus hijos por adelantado.

Jaime se encuentra de nuevo en su habitación, frente a la ventana, mirando hacia el exterior. Es el único lugar donde la luz permanece apagada y allí se encuentra sumido en sus pensamientos, acobardado por la agitación de los preparativos y por tanta confraternización.

Se siente aislado por el respeto que todos le profesan y que cada cual matiza a su manera. Sus hijos porque le conocen. Precisamente porque son sus hijos y por ello han sido condicionados desde muy pequeños, acostumbrados a las múltiples excentricidades de su padre. Más de una vez fueron regañados por Mercedes, que nunca se cansó de disculparle, cuando ellos protestaban y se quejaban de alguna de sus manías. Juan Carlos y Rosa, incorporados a la familia desde poco después de la muerte de Mercedes, creen que lo único que ocurre es que Jaime la añora continuamente, y en especial en aquellos días señalados por el calendario. Le respetan y se entregan fatídicamente a la tarea de rellenar los huecos que en una vieja familia se forman con los años, renovando con su sangre, extraña y joven, con sus ganas de ser punto de partida de las nuevas generaciones, la historia de este hombre. Para los más pequeños su abuelo es su abuelo y ya estaba allí cuando ellos nacieron, siempre igual, absoluto, inimaginable de otra manera. Sus ojos ansiosos y fascinados no pueden ver un segundo padre en él. Un padre tierno que los lleve, casi dormidos, a su cama, recostándolos y arropándolos mientras los besa, como hace el suyo. Como su padre que, aunque también estaba esperándolos, fue por voluntad de ser así. Su abuelo no es casi abuelo, pero un niño no reprocha a sus mayores.

Para Valeria, Jaime es un ser inabarcable y muy profundo, tanto, piensa, como cada hombre que ha nacido y nacerá y que alberga una experiencia de tiempo transcurrido intrigante y mágica. Porque sabe que aunque parecida, la cosecha de ninguna persona ha sido ni es ni será la misma que la que ella ha comenzado a recoger desde hace poco en el huerto pequeño de su vida. Y agradece esa extraña intersección de vivencias entre padres e hijos, y más aún, entre abuelos y nietos, que se encuentran más alejados en el tiempo, y que estimula su incontrolable imaginación. Para ella resulta indignante pararse a valorar las molestas incompatibilidades que dan al traste con las buenas intenciones, más bien las considera como efectos inevitables de unas viejas y ocultas causas que ciegan su expectante inteligencia en un fulguroso estallido de posibilidades, de preguntas, de azar y de destino, que lentamente se desvanece dejando un poso de inefable cariño.

Sin embargo Jaime es capaz de verse a sí mismo, de juzgarse con rigor y de consentirse con tolerancia y a un mismo tiempo, atenuando veredictos entre pulsos de cordura y cobardía, y siempre atado, permaneciendo atado por sus principios. En su interior se traman y destraman las opiniones de todos, se conjugan y contradicen, unificando una realidad que los genes se habían encargado de disgregar.

-¡A la mesa todos!, ¡ya está la cena! -suenan a coro las voces de Juan Carlos y Jorge, avisando a los demás.

Jaime lo escucha y se levanta impulsado por su apetito, pero en la puerta, dispuesto a salir hacia el comedor, se encuentra con Sara que le sale al paso.

-Ven papá… -dice-, ven a ver el menú que hemos preparado. Luego le conduce hasta la puerta de la cocina y allí, cariñosamente, le tapa los ojos con su mano.

-¿Preparado? -le pregunta mientras gesticula a Rosa para que se aparte.

Le guía delicadamente y libera su mirada frente a la mesa, convertida en un abigarrado expositor de viandas. Ellas miran fascinadas, orgullosas y felices del apetitoso resultado de todo lo que, con ilusión y trabajo, han preparado para la cena, pero él permanece indiferente. Siempre ha sido un excelente gourmet, apreciando con su paladar más que con su vigoroso apetito las exquisiteces de la cocina, pero no es hombre de cumplidos. Sin esperar su reacción Rosa toma su mano y le sitúa frente a la puerta del horno. Un aroma indescifrable y delicioso inunda la estancia con rapidez y obliga a Jaime, aún taciturno, a deshacer su aliento en agua.

-Muy bien… -dice él secamente, tercamente hambriento, y se gira hacia la puerta, dándoles la espalda, saliendo hacia el pasillo antes de que Sara y Rosa tengan tiempo de reaccionar.

Se miran estupefactas, diciéndole la una a la otra yo también con el gesto: se encogen de hombros, y la mirada: reflejándose recíprocamente una imagen de desconcierto e incomprensión.

Jaime se sienta presidiendo la mesa larga y suculenta. Los entrantes se encuentran ya servidos en los platos, espléndidos a la vista.

-¿Podemos comer ya? -pregunta Miguel, el benjamín, en voz muy alta.

-Espera hijo -le dice Sara-, me gustaría que tu abuelo rezara una oración en memoria de la abuelita Mercedes.

Y se queda mirando a Jaime con expectación, que ha girado hacia ella su enorme cabeza con un gesto enérgico y desmedido. Miguel, que está a la derecha de Sara, también mira hacia su abuelo, algo avergonzado.

-No -responde Jaime suavemente y, sin decir más, se pone a cortar un pedazo de jamón y lo engulle de un bocado.

A Sara se le congela la expresión como el agua de los charcos en la calle, paulatinamente. Su mirada busca la de Jaime con ofuscación, luego con desesperada ofuscación, pero él permanece indiferente y la ignora mientras se dedica por completo al contenido de su plato. A los demás se les enredan las miradas, en silencio, cruzando los haces de opinión o ignorancia que, dependiendo, proyectan sus ojos. Los pequeños, sin embargo, obedecen a su sagrado apetito y comienzan a devorar la comida contagiando, poco a poco, al resto. Valeria suspira y acaricia la mano de Sara intentando rescatar su atención, que intuye perdida en nada bueno. Le preocupa que no deje de mirar hacia Jaime, que come muy lentamente, apurando hasta el final los restos del plato, muy propio de su edad.

Jorge sirve el primer plato. Algún pequeño ya se quiere levantar de la mesa, dice que se aburre. Sara no se sirve, argumentando que no le gusta el cardo con salsa de almendras amargas y a pesar de que Juan Carlos insiste para que tome algo, por poco que sea. Valeria saborea mucho los bocados, un poco amargos al lado de Sara. Juan Carlos repite y baña su ración en la salsa de almendras, comiendo muy aprisa, ajeno a cualquier otro asunto que no pertenezca a su plato o a la proximidad de una fuente. El vino se sirve con moderación, pero la cena es larga y comedirse no va a servir de nada. Juan Carlos y Sara, al igual que los menores, no beben alcohol. Ella ni siquiera ha probado bocado. Busca la mirada de Jaime y luego, de reojo, la de su hermano. Su padre la ignora y Jorge, que habla mucho y come más, algo impredecible porque suele comer muy despacio y callado, interrumpe su habilidad recién adquirida para indicarle con los ojos que se tranquilice, aunque devuelve su atención al plato con la resignada sensación de que Sara no va a relajarse ni para los postres.

Las raciones son abundantes, después del primer plato, y las sobras van a serlo también. Mañana los gatos del barrio van a vivir su festín postergado de nochebuena, su comida de Navidad. La idea provoca en Rosa compasión por todos los seres que estarán desvalidos pasando una mala noche, sin comida, sin casa, sin calor para sus cuerpos, o quizá sin algún ser querido a su lado, sin seres queridos a su lado, quizá. Le empieza a apenar la posibilidad de que suceda así durante todo el año, noche y día, y noches y días. Una vida donde hay que soportar el existencialismo mayor, el de la propia biología, donde las filosofías se diluyen en el hambre la sed el frío y el calor, donde la existencia dicta con tiranía su innata tendencia al desarrollo. Pero sin tardar se recompone por dentro, alejándose de sus meditaciones y se reincorpora al ánimo general del banquete. Ánimo que no afecta de la misma manera a Sara.

Luis sin embargo piensa mientras come en el padre Damián, que le da la catequesis en la parroquia de su barrio. Un barrio modesto donde la iglesia tiene una presencia más activa que le concede el cariño de prácticamente todos sus convecinos, creyentes o no. El año que viene, Luis estará preparado para hacer su primera comunión, le han puesto al día sobre un montón de temas. Ahora esos temas le crean mala conciencia, mientras cena en una noche especial como ésta. Siente como si fuera cómplice de un crimen, pero no sabe por qué. Que en África los niños se mueren de hambre, y que los mayores los matan con machetes, y se matan entre sí, que todos mueren de penosas enfermedades, que las guerras no se propagan, sino que prenden como los restos de un incendio que hubiese calcinado el mundo, hoy aquí, mañana allí donde hacía mucho que se había extinguido el fuego, que en todas ellas no son los padres que mueren los que más dejan de cuidar a sus hijos, de alimentarles, dejándolos sin vida. Le han dicho que si el comiera un bocado menos en cada comida un niño pobre del tercer mundo podría cenar una noche, y deja de comer dos o tres en el plato y su madre los tira a la basura. Luis inmola por ellos todos los bocados, que se le atragantan y que no puede saborear. Pero se siente feliz viendo a sus mayores tan sonrientes y de buen humor. Bueno, a todos menos a su mamá que parece que sigue enfurecida desde que el abuelo no quiso rezar por la abuela y siente por ello ganas de darle un tortazo al metepatas de Miguelín.

Llegan los langostinos y a nadie le cuesta hacer un sitio en su estómago para probarlos. Las advertencias repiquetean con la insistencia de la lluvia en los cristales. Fuera está lloviendo pero nadie lo ha notado.

-¡Cuidado no comas tanto!

-¡A ver si te vas a poner malo!

-¡No vas a poder con el besugo y lo he hecho yo!

Nadie se lo toma a mal y fingen repetir con disimulo aquellos a quienes les tocó oír las reprimendas. Jaime se sirve poco para comer de todo. Lo hace muy despacio y piensa mientras tanto en la muñequita que rescató del desván y que mantiene escondida. Además tiene otra pequeña sorpresa, que se reserva con mucha ilusión. Mira a Valeria disimuladamente y sonríe. Entonces habla un poco con Juan Carlos, que continúa dominando los platos desde la conversación. Al rato se queda ensimismado de nuevo y un poco molesto por la alusión que hizo Sara sobre Mercedes. No le pareció apropiada y no entiende por qué no se siente a gusto consigo mismo. El resto de su atención sólo se ocupa de los langostinos con salsa de piña y melocotón. Juan Carlos se queja de tener que pelarlos, le parece infame pagar con tanto esfuerzo por su carne sabrosa. Sara mordisquea uno muy lentamente, parece más tranquila, pero está lejos de divertirse como lo hacen los demás. Casi no ha articulado palabra y eso que Valeria intenta, con cualquier pretexto, distraerla y retomarla para la celebración de la noche.

A Valeria le encanta poder hablar con todos ellos.

-Es nochebuena, -le dice en una ocasión- y me encanta que padres, hijos y nietos estemos aquí como una auténtica familia, ¿sabes? El apellido no obliga -continúa- la devoción está en nuestros corazones. Sara parece conmovida pero un vistazo a Jaime vuelve a enmascarar sus bonitos rasgos en una rígida mueca de disgusto.

A la hora del besugo, que trae Jorge de nuevo con mucho cuidado, los niños ya revolotean ajenos al resto de la cena, pero la mitad de los comensales sienten con gran pena que no van a poder probar el plato culminante del banquete. Jaime sin embargo lo encuentra espléndido y muy tentador con sus rodajitas de limón. Su estómago ha rechazado con extraordinaria terquedad la vejez y se permite algún exceso a la hora de comer, y lo valora mucho, como alguien a quien el lento y taimado paso del tiempo ha robado la gran mayoría de los placeres de la vida.

Los que aún aguantan el asalto culinario con la resignación propia de unas fiestas que marcan unas pautas culinarias que heretizan los postulados más básicos de la macrobiótica, se sirven con moderación, a la espera de poder pegarle un bocadito a los postres. Jaime con su cadencioso engullir, Juan Carlos con su expresiva voracidad y Jorge, sobrio pero entretenido.

Las charlas se emparejan o se comparten entre tres, casi alternativamente.

A Valeria le parece que Sara ha salido un poco de su enfado, aunque no está muy segura de ello. Está hablando de su negocio, su librería, de lo poco que se lee, de lo escasamente considerados que están los autores españoles frente a los foráneos, de lo mal que va su libro de cuentas y todo eso. Valeria cree que pone demasiado énfasis en lo negativo de cada situación que plantea para hallarse de nuevo serena, y mucho menos alegre.

Miguel golpea involuntariamente un vaso con el brazo, que se estrella contra el suelo y que detiene, con su estrépito, las conversaciones, que no tardan en ser retomadas casi sin reprimenda. Sara, su madre, le mira pero sin decir nada. Se levanta a por una escoba para barrer los cristales.

Todo el mundo está bastante excitado y alguno un poco achispado, y la mayor parte de las botellas de Rioja crianza, expertamente escogidas para esta ocasión, casi vacías. Se come y se bebe sin parar. Ni Jaime ni Sara beben demasiado. Jaime no habla. Sara tampoco come.

Entre los adultos nadie se percata ya de nadie. Saciados y medio amodorrados, o enfadados como Sara, no tienen mucho campo de actuación, salvo quizá para atender sus triviales y vanidosas conversaciones navideñas, que poco a poco van tiñéndose de los colores rabiosos de la necedad de sus pensamientos. Comparaciones inapropiadas, algunas hechas con más imprecisión que buena voluntad, absurdas y pueriles presunciones, orgullos tapizados por una tierna y ridícula diplomacia de fin de año.

Tequieros entre familiares.

Valeria escucha y se siente testimonio, testigo externo y sumergido entre los de su propia sangre, que anota las palabras y dibuja las situaciones, dispuesta a aprender de todo. Para ella ya pasó el tiempo de centralizar su aprendizaje en lo que le enseñaban en el colegio. Concede mucha importancia a las lecciones que le enseñan a reconocerse a sí misma y a los demás.

Se anuncian los postres que, como no, vienen de la mano de Jorge. La macedonia atrae de nuevo a los chiquillos a la mesa, empotrándose en sus sillas y exigiendo las raciones más grandes. Valeria se sirve moderadamente, a ella no le hace demasiado el dulce. Sara la prueba y casi al instante la ha terminado, rebañando con la cuchara. Es lo único que ha probado de todo lo servido. Juan Carlos repite y se lo come en un santiamén mientras Jorge es interrumpido alternativamente por los niños, que piden más. Eva dice que a ella no le gana nadie a comer macedonia y menos en nochebuena. Jorge sonríe a todo el mundo. La fuente queda prácticamente vacía y todos más que llenos.

Un consenso general da la cena por terminada, al fin. Sara y Rosa sugieren a los demás que vayan al otro salón donde ya están servidos el turrón y los polvorones. Quieren recoger un poco el desbarajuste que han formado durante la cena. Los niños van los primeros, corriendo alegres y juguetones como siempre, como llevan haciendo toda la noche. El resto se desplaza como un sinuoso y tambaleante dinosaurio por el pasillo. Hay felicitaciones a los cocineros y se les promete un aumento de sueldo entre carcajadas. Entran vociferantes al salón, buscando cada cual un buen sitio donde comenzar la digestión. Jorge acompañado de una buena copa de J&B, reserva de dieciocho años. Juan Carlos asediando los polvorones. Jorge se levanta y convence a Sara y Rosa de que retrasen un poco su tarea y les acompañen en la tradicional tertulia de familia. Van a escuchar discos, de los setenta, y no tardarán mucho en encontrarse bailando. Como todas las nochebuenas, acabarán hablando sobre los ovnis.

Jaime no sigue tras ellos, sino que gira hacia la entrada y sube por las escaleras hacia el piso de arriba. Valeria se da cuenta, pero no dice nada. A veces siente rabia por darse cuenta de las cosas en las que los demás no parecen fijarse, y que seguro que importan. Siente la responsabilidad resbalando hasta el suelo, indecisa durante un instante de si debe guardar silencio. Sara también lo ve y Valeria ve a Sara también, pero da media vuelta despreocupadamente y se cuela en el salón de un saltito, dispuesta de buen grado a jugar con los pequeños. Sara entra detrás de ella y pasea entre todos con aparente cordialidad, pero a la primera oportunidad que ve se escabulle sin ser notada en el barullo. Sus pasos, ya fuera, son enérgicos y sube por las escaleras sin vacilar.

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