Dios es porcelana viva – Capítulo 2

La quieta oscuridad se adueñó de sus colores hace muchos años, conservando intacta su belleza. Desde sus fríos ojos de cristal irradia tiernas miradas de fantasía, de lágrima cuajada en porcelana. Un trapo raído y negro acapara su encanto sempiterno, envuelve cuidadosamente su desdicha de princesa de cuento que, sin reino ni esperanza, desea que un apuesto corazón la tome en sus brazos y la colme de cariño.

Toda su corte en el exilio se reduce a cuatro o cinco cachivaches imposibles de retener, la elite de los desahuciados. Perdidos en los sucesivos reordenamientos y adiciones que han cubierto por completo el interior del viejo baúl, yacen todos en este fondo sin fondo que los hace prácticamente inalcanzables. Junto a todos, parte de ellos, permanece la muñeca en este abismo que se hunde entre miserias.

Su encanto intacto luce un utópico estandarte de esperanza, hasta que ese destinado príncipe la rinda en entrega y la haga suya. Tan sólo un hilo roto de su infinita apariencia descolgaría para siempre su recuerdo. Porque ella es lo que es sin nombre, pero nunca llegará a ser palabra en nadie si descuida su embelesadora hechura. Porque es como la flor de salvaje colorido que muestra sus tonos seleccionados para imponerse a las demás, elegidos para lucir eterna en cada jardín afortunado. Porque es como la mariposa en ciernes que esconde, aún crisálida, bajo un capullo de polvo y desuso, esa amarga penitencia que precede al estallido de su verdadera belleza. Sus alas no serán sino de materia fantasía, pero con ellas podrá volar y alcanzará un envidiable endiosamiento. Como el tiempo, presencia las acciones que discurren paralelas a su sentir, devana segundo a segundo un mundo en el que no participa.

Cuando los hijos de Jaime, Sara y Jorge, crecieron y mudaron su creativo interior por un barullo de nuevas relaciones, nuevos intereses… el desván fue casi olvidado. De pequeños, los alborotados juegos ascendían por las escaleras hasta la misma buhardilla, que servía de escenario en sus epopeyas de fantasía.

La muñeca jamás creyó que aquellos irregulares estruendos, aquellos angelitos endemoniados, desvelaran su secreto.

Mercedes, la mujer de Jaime, nunca entendió del todo la incongruente mezcla de cachivaches con que su marido pretendía recomponer fuera de sí su personalidad, puesto que él a veces, cuando se encontraba de muy mal humor, solía desterrar al desván objetos muy queridos en otros momentos de su vida, así que ella se acercaba de pascuas a ramos a la puerta, con sigilo, y la entreabría para percatarse en una rápida ojeada del lugar que, más allá de su sospecha, refugiaba el corazón de su pobre hombre.

La muñeca no creyó nunca que aquella enorme bondad que ya se había desparramado sobre otro ser desvelara su secreto.

Josefina, la chica, que desde el mismo día de la boda de Jaime y Mercedes vive en la casa rindiendo impecable culto a las labores del hogar, también alarga el brazo de cuando en cuando al interior de la buhardilla para arrojar, sin molestarse en mirar dónde, algún viejo cacharro desechado. En todos estos años no ha subido más de quince o veinte veces y ni siquiera ha puesto los pies dentro de ella.

La muñeca jamás creyó que aquella estática presencia de estructura puramente funcional desvelara su secreto.

Y nunca ha recibido la visita de Jaime que, tan abstraído, tan oculto y seguro bajo una epiléptica fraseología cuyo uso continuado ha vaciado de significación, ha preferido hacer gala de un eufórico y antinatural pragmatismo hacia sus recuerdos. Y aunque a veces, sentado en su diván favorito, en su habitación, en la primera planta, recuerda sobre la buhardilla y sus prisioneros, termina enfurecido pensando en la cantidad de inútiles antiguallas que debería haber pagado ya porque se hubiera llevado algún trapero.

La muñeca no creyó nunca que aquel extraño y silencioso ser fuera a poner una nota de cariño en su existencia. Sin embargo, no acertaba a asegurar si sería o no capaz de desvelar su secreto y rescatarla para otro corazón.

Nadie más ha entrado en el desván en todos estos años, ni siquiera los rateros que en ocasiones han buscado su botín en las mansiones de la zona más lujosa de la ciudad.

La plaga del olvido se extiende a través de su silenciosa atmósfera, engullendo desde el interior la habitación, para ser ni recordada. Pero ese abismo no ha tocado fondo, no se ha perdido todavía en la ignorancia infinita que desprende a cada objeto de su más sencilla consideración. Ellos lo saben, muñeca, prisión y prisioneros. Saben que laten muy bajo y muy dentro, inalcanzables excepto por el loco azar.

Suavemente recostada, arropada por la tela inamovible, ella escucha los ruidos que se filtran desde la casa. Su mundo es ciego, pero no sordo. En cada ruido cuelga la muñeca una etiqueta, un nombre que no le ayuda en absoluto a reconocer, y que tan sólo le permite transmitir en el silencio esas presencias a sus compañeros reclusos.

La mayoría de los nombres son los ruidos de las vivencias de Jaime, de la chica, de Mercedes y de los otros. Le apena pensar que los escucha infinitamente lejanos, que sólo su perpetua expectación le permite escuchar sus vidas. Su situación permanece teñida de paradoja en este lugar indiferente, ya que cuanto más lejana se halla de sus corazones, más cercanos encuentra sus ecos. Ojos que no son ojos, cavilaciones sin cerebro, ansias sin corazón. Creencias sin doctrina, deseos sin esperanza, culpas sin delito. Y todo ello tras la piel de cada ser que habita ruidoso bajo el pequeño entorno. Un entorno que nunca ha tenido dueño.

Un artesano se la entregó a la madre de Mercedes, siendo aún una niña, en pago por cierto favor que recibió de su abuelo, el único ser al que Jaime nunca pudo imponerse en el corazón de su esposa. Como un objeto bello e inútil, la muñeca tan sólo era admirada de vez en cuando en la vitrina del salón de lectura. Sin un abrazo. Sin ser dulcemente presa de un capricho, víctima de un niño feliz. Mercedes la heredó después de resignar tristemente sus anhelos, magullada su infancia por el pequeño deseo inalcanzable, y luego Jaime. Él supo de la herida de su mujer cuando, una tarde fría y luminosa en los comienzos de una primavera lejana, ella se lo contó con una aparente despreocupación que contrastaba con el echo de que fue Mercedes quien, vengando su resignación, la arrojó en un viejo baúl envuelta en un trapo sucio, nada más llegar a la casa. Y a Jaime no le importó en absoluto. Ni siquiera la había llegado a ver y ni se le pasó por la cabeza subir al desván, donde yace la muñequita, enterrada pero viva, fatídica compañera de un pequeño pero faraónico desconsuelo.

La muñeca siente cómo Mercedes ya no late bajo su nuca. Echa de menos sus débiles vibraciones porque para ella siempre fue una niña buena y no la causa de su circunstancia. No sabe a dónde ha ido y escucha muy atenta el susurrante transcurrir de Jaime, que a veces evoca en su sonar a su esposa como si se la hubieran arrebatado. Él se comporta de ese modo, pero más fuerte y pronunciado, en las espaciadas visitas que recibe de otros ruidos, los de sus hijos. Ellos golpetean felices mientras él la recuerda con ternura. Viéndola allí mismo, entre todos a pesar de qué. Quizá se halle en otro lugar, un lugar como el que habita la muñeca, quizá, ojalá no, ocupe un oscuro rincón, intacta como ella, en un sitio parecido, tranquilo y compartido.

Sólo el olvido mantiene las formas inalteradas, sin deterioro. El recuerdo degenera la existencia original. La tendencia al recuerdo es inevitable y a veces absurda, pero ambos recuerdan sobre Mercedes.

Comienzan de nuevo los golpes. Son suaves, como si fueran sabiamente meditados. Suben muy rítmicos, muy regulares.

Se detienen

como siempre

empiezan de nuevo y suben más.

El baúl se abre y todo el exterior se vierte dentro en un segundo de intensa novedad. La sorpresa desmorona el confinado desorden mientras la tapa se yergue chirriando. La espúrea fortaleza muestra sus tripas, cercenada, al conquistador.

Una mano ejecuta órdenes y busca, remueve y se ensucia y toma la muñeca, aferrándola entre los dedos con intención más que con fuerza suficiente. El tiempo se desliza lentamente entreteniendo la ascensión. Un momento de duda que la mantiene quieta ante unos ojos y su tímido amante de trapo se desprende, herido de gravedad, celoso, y desaparece en el negro y polvoriento suelo del desván. Sacada de su tumba inmemorial, la muñeca viaja en una mano junto a su dueño, que no lo es suyo, pero que ha desvelado su secreto. Sus ojos de vidrio reflejan por primera vez en mucho tiempo el azul sombrío y enmarcado que penetra por la ventana. En sus pupilas cristalinas contrasta con la negra profundidad del desván.

La ventana que era luz se apagó junto con la espera en esta noche. Porque ha oscurecido en la ciudad, aunque arrastrándose la luz de Sol ha iluminado la trasera de los impares un rato más, retrasando la despedida. Porque la vista ya no llega desde la ventana, sino que entra por la puerta del desván que conduce hacia la casa.

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