Dios es porcelana viva – Capítulo 1

Una nieve muy fina cae desde el mediodía y se remueve a toda prisa en el frío aire de Diciembre, hasta golpear sordamente los tejados por toda la ciudad. Los remolinos rodean casas y coches, cubriendo con su soplo los colores, borrando tristes grises invernales en espera de una nueva primavera. Amontonados en suaves concavidades deforman los objetos cotidianos, doblan aristas y rellenan huecos con su blanca geometría. Los hermosos copos se afanan en sus veleidades artísticas, para retomar a cada instante la ruta de un nuevo delirio. Las huellas de los escasos vehículos que han ido y vuelto alrededor de la nochebuena ni siquiera se adivinan ya. El tráfico ha cedido, enfermo de precaución, ante la estética avalancha y a estas horas sólo se ve, de cuando en cuando, algún transeúnte muy abrigado y con prisa.
La calle de Toros, que nace en la plaza de Huestes y muere en el parque Azor, dos kilómetros más al sur, frente al río, luce el blanco de la nevada con la galanura y majestuosidad inevitables que los cuidados palacetes que nacieron con el siglo velan por mantener desde la intención de los diseños. La tarde envejece el día que ha transcurrido en espera de la noche más especial del año, y la escasa luz del atardecer apenas es un susurro difuminado por la nieve que reposa en las calles.
La trasera de los impares, más austera y sólida que la exquisita fachada, prolonga sus muertos jardines hacia poniente. Esta orientación permite que, apresurado por la noche que se cierne, Sol revise sus arbustos y matas mientras decide con qué los vestirá en la próxima estación. A su luz espera cada árbol como una percha desnuda que aguarda los vivos ropajes verdes. Los yermos prados, altivos a los ancho, se tienden como rendidos amantes de su luz. Sol ve con ojos crepusculares sus gélidos semblantes. Cubierto el mueble por la sábana, espera obligado y fiel el regreso de su amo.
Las ventanas traslucen infinidad de reuniones que lacran los encuentros tras los cortinajes. En una de ellas, la pálida luz se adentra en dos pupilas que miran hacia fuera desde la primera planta de la mansión.
La calle nevada discurre por los cristales, serpenteando sus reflejos tras las inalcanzables gotas que resbalan por el vidrio. Jaime ve todo aquello que sus ojos le describen sin palabras. Cómo los arbolillos alineados en las anchas aceras aferran con firmeza un vendaval imposible de retener. Son tan superados por el poder que, resignados en su tarea, sueltan de repente la carga de alguna rama, deformando el blanco manto que cubre mansamente el suelo a su alrededor. De inmediato, el árbol retoma inconscientemente su labor de Sísifo resignado del reino vegetal.
Las gentes se sustituyen actuando en el limitado ángulo que elige esa persona para mirar hacia fuera. Pasan muy abrigadas, entre huellas, protegidas por sus apropiadas ropas y al calor de sus pensamientos. Cubiertas y seguras como él. Saborean su nostalgia, su ilusión o su alegría, viejos jóvenes o niños. Todos ellos parecen tan humanos y tan íntimos que Jaime les puede encontrar sin remordimientos en su propio interior. La incesante ráfaga de destellos arcoirisados arremete contra sus viejos ojos, deslumbrando su voluntad. Son sus sueños. Los que Sol siembra cada invierno para que los hombres los recojan y hagan suyos. Algunos, unos pocos, florecerán en primavera. La mayoría se pudrirán, abonados con demasiado estiércol.
Jaime ya ha recogido bastantes por hoy. Tantos que han llenado su memoria y le permiten rebosar una lágrima. Recobra una cómoda postura sobre el diván y se aísla tras los visillos de su amortajada calle de Toros. Gira la cabeza, mira a su alrededor por la habitación sin reparar en nada concreto, sin descubrir, tan sólo sintiendo la agradable percepción de las tibiezas del hogar. El calor, que parece irradiado por el viejo mobiliario, tan impregnado de vivencias. La gratificante presencia del desorden concertado, exquisita muestra de la personalidad propietaria, de las vetustas maneras de Jaime. La lágrima se seca, evaporada en tan cálido arraigo y tanto amor, se pierde como una nube viajera en los etéreos recovecos que alteran sus recuerdos.
El brasero está frente a él, apagado, y su calor de antaño tan sólo reconforta ahora su vieja memoria. La chimenea juega a deslumbrar en la penumbra del cuarto los rostros queridos de sus seres, que exhiben, desordenados, las paredes, la cómoda y la mesita. Jaime mantiene su mirada fascinada entre las instantáneas de los de su estirpe, tomadas en diversos momentos de cada persona.
Jorge, Sara, Luis, Miguel, Eva, Valeria…
Valeria… qué bello juguete. Calladita, engalanada con esa tímida sonrisa tan adorable. Con sus gestos breves y correctos. Su presencia me enternece y devana mis retorcidas cabezonerías y seniles manías. Me siento un niño entre sus brazos, admirándola. Qué suerte no ser padre  de tus nietos.
… Mercedes y él mismo.
El invierno está siendo bastante frío y los huesos de Jaime se lo recuerdan a cada movimiento. Se aleja del cómodo diván, camina sin cuidado rodeando su única compañera nocturna desde hace algunos años que enviudó, su cama. Se refugia en ella cada noche  y la comparte con las lágrimas que la sucesiva adquisición de soledades le ha impuesto la vida: la muerte de sus padres, sus abuelos antes, no tuvo hermanos, su mujer y la salida al mundo de sus  dos hijos, hasta que consigue dormir. Es una cama grande y fría, cubierta con una colcha bonita y suave.
Abandona la estancia apresurado, guiado por el inefable secreto que le llena de ilusión, hacia la escalera. Sube con cuidado, su cuerpo trallado no soportaría una caída y él lo sabe. Sus botas no pisan, acarician los escalones bruñidos por el uso de tantos años. Llega a la planta alta y espera quieto para descansar un rato del esfuerzo. Su destino trasciende los viejos e impecables dormitorios, donde el reposo volverá a ellos por esta noche. La chimenea del fondo del pasillo desordena la sombra del taquillón y bailotea por las paredes  con los cuadros y con los pomos en las puertas.
Jaime fija la vista en el escaso tramo de escaleras que aún no ha subido. Son las  que conducen a la buhardilla, su viejo desván, retocado muy de cuando en cuando por algún objeto desechado. Dentro comienza su lucha personal con la memoria y el relato del pasado. Es el momento de dudar pero, con firmeza, sigue adelante.
Sin mayor esfuerzo se planta frente a la puerta, olvidado de su edad, sereno y maduro, ansioso y recién nacido. Con cariño, introduce la llave sin pulso y gira dos vueltas. Una nube de polvorienta oscuridad saluda su primera mirada al interior de la estancia. Mientras sus ojos se acostumbran a la escasa luz, sus otros sentidos se agudizan, entreteniendo la espera. Percibe los olores descompuestos y fundidos en el desuso, extraña mezcla de inútiles potencias. Siente el seco frío con que le reciben los objetos repudiados. Redescubre sueños que selló con muchas lágrimas para nada, y no piensa.
Con la guía ineficaz de su vista cansada dirige sus pasos hacia la luz que su corazón reclama en el estrecho ventanuco. Sobrecogido por la añoranza desprendida de las imprecisas formas oscuras, descorre los rancios visillos. Desde esa claridad, al menos, recuerda haber hecho vista en su juventud.
Los rayos rojizos del ocaso desgarran siluetas de los trastos en los que Jaime posa su vista. Se fija en las enormes arcas de nogal y en los baúles que cree reconocer, jugando a adivinar en cual de ellos se encuentra aquella muñeca de rostro de porcelana que nunca ha tenido dueño.
Caminando hacia un viejo baulón arruinado por la carcoma y casi sin herrajes, encuentra su vieja casaca, emblema de una juventud ya muerta. Los recuerdos, soporta el peso de los recuerdos que, poco a poco, ha aprendido a apreciar como lo único, por penoso que sea, que su endeble existencia es capaz de soportar sobre sí. Un anciano, piensa, es una persona que ha vivido su vida de atrás hacia delante, pero que comienza a rebobinar la cinta una y otra vez, para vivir sus últimos años en sentido inverso, hacia el pasado.
Encuentra en el suelo los restos del barquito que con tanta paciencia construyó, pieza a pieza, dentro de una botellita de vidrio. Restos de madera y otros materiales que le devuelven por un instante la imagen de aquella pequeñez. Restos de una infinita pequeñez. Más a la derecha ve amontonados contra un viejo armario de dos puertas una docena de lienzos pintados por él mismo hace mucho tiempo, testimonio todos ellos de una mágica juventud de artista y que fueron condenados al exilio en el desván por su seradulto.
Su mirada zigzaguea, muy húmeda, entre viejísimos libros de texto, algunos de ellos que guardó como recuerdo de su padre, y éste de su abuelo. Desempolva una vieja radio de baquelita de las primeras que llegaron a la ciudad, como las misioneras de la iglesia de la tecnología. La reconoce al instante, comenzó a ser suya en su mayoría de edad legal, y fue un regalo de Mercedes, su novia en aquel tiempo, su mujer más adelante, luego su pena. Pero ella ya no está y la radio cae al suelo, olvidada por Jaime que, sobresaltado por el estruendo, abre ansiosamente los brazos y retrocede unos pasos desviando la mirada del infinito. Abanicos, estuches que no contienen ni la memoria del objeto. Trapos que, agazapados, recogen el polvo con la usurera lentitud de los despreocupados carroñeros del silencio. Marcos ruinosos meditando su ceguera sin lienzo.
Tan deslumbrado entre tinieblas está a punto de hundir sus costillas contra la vieja cómoda que en tiempos contuvo la ropa de su niñez y que perdió todo su prestigio por el despreocupado uso que Jaime-niño hizo de ella. Una bocina rota, un perchero manco por tres sitios, una colección de caracolas…
Por fin se decide a buscar por voluntad y elige el arcón desplomado bajo la ventana. Con los nuevos armarios uno ya no recuerda tanto espacio horizontal, piensa Jaime mientras evoca otras circunstancias. Comienza a revolver en sus entrañas, impresionado aún por el histérico chirrido de las bisagras, cubiertas por completo de orín. Busca la muñeca que nunca le ha pertenecido, a pesar de la herencia que se la otorgó. En la insondable negrura del fondo del arca palpa una caja metálica. La saca con cuidado, preocupado por no alterar su estado lamentable y, al agitarla suavemente, una maravillosa sonería clama el estertor de sus múltiples fracturas.
-Hola, relojillo, ¿tú no estabas en la biblioteca? -saluda con profunda nostalgia, y la voz cargada de admiración.
Su seradulto había abandonado aquella pasión, la lectura, en favor de algún disfrute más contemporáneo, más aceptado entre sus amistades, aunque quizá no tan innato en él.
Devuelve la caja del reloj al fondo, junto al péndulo amputado.
-A buscar, que llegan a las nueve y se me va a echar el tiempo encima -piensa ensimismándose.

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