a las doce menos cuarto en Roxy

Desde que somos novios, aunque a estas alturas debería decir éramos, no ha sido puntual ni una sola vez el tío. Ni una. Desde el comienzo, cuando empezamos a salir, yo llegaba entre cinco y diez minutos antes y él entre quince y treinta después de la hora de la cita.

Lo que comenzaba siendo un placentero momento de soledad en el que discutir pausadamente asuntos pendientes conmigo misma se transformaba en inquietud y disgusto conforme se iban sucediendo los minutos a ritmo cada vez más lento. Tras los cinco primeros, nada; tras los diez, dudas, de si la cita sería aquí y ahora; luego más y más dudas, en parte incontrolables y compulsivas dudas irracionales de si realmente él quería venir o me habría mentido conscientemente para que le dejase en paz. De los veinte a los cuarenta auténticas paranoias, complejas conspiraciones y miedos, terribles miedos que digerir en silencio frente a la gente, algunos incluso conocidos que me saludaban, que pasaban por allí ajenos a mis delirios. La certeza de tener que volverme sola a casa, la indignación para con él y su desconsideración, la pena por mí misma, sustituían las trivialidades en que pensaba al comienzo de la espera. Entonces él llegaba más chulo que un ocho.

He llegado al punto de casi mearme encima, de hacérmelo todo en mitad de la calle, de sentir que iba a desmayarme o incluso de pensar en caer muerta delante de los que pasasen en ese momento por allí. Así de exageradamente mal lo paso yo cuando alguien se retrasa.

En una ocasión ocurrió que yo, desesperada, le estuve esperando cerca de una hora y cuarto sin que me diera ninguna explicación convincente o simplemente considerada de por qué llegaba tan tarde cuando por fin lo hizo. Tonta de mí, en lugar de reprochárselo no pude sino sentirme avergonzada de mi pensamiento. Como una loca, pensé, te inventas historias como una loca para simplificar un mundo que no entiendes y que no tienes las narices de afrontar. Aquel día me di cuenta lo difícil que es para mí encarar situaciones sencillas con personas conocidas. Con un desconocido nada de eso hubiera ocurrido. También eran otros tiempos.

En aquella época yo no usaba teléfono móvil ni sabía de nadie que lo tuviese. Eran los 80, los días en que aquellos desconsiderados triunfadores modelo baby rigan del otro lado del atlántico al estilo del protagonista de american psaico, se pasaban todo el día jugando con los telefonitos y movían el mundo a su antojo mientras se forraban en conversaciones a tres bandas. Pero lo que es yo ya podía organizarlo todo bien antes de salir a una cita y lograr coordinarme con la otra persona. Todo solía salir bien, no como ahora, aún así de vez en cuando tocaba buscar una cabina, o volver a casa, encontrar al otro, pedir o dar las explicaciones pertinentes, quedar de nuevo o quedar otro día. Lo que fuese. Todo eso lo conocemos bien y tampoco nos importaba demasiado los que no hemos nacido con la necesidad creada del puñetero artilugio. Lo añoramos, incluso…

Aquel día decidí volver a casa y llamarle, ya había confianza, le iba a poner a caldo.

Cuando llegaba a la altura del parque, al encontrarme casualmente con unos amigos suyos, decidí ponerme a imaginar sin poder remediarlo. Yo saludaba, pero ellos traían la cara descompuesta y una mirada triste y extraña, de miedo, como de estar a punto de toser con tres costillas rotas. Me miraban durante un lapso de tiempo que a mí se me hacía demasiado largo sin decir nada en absoluto. Yo les preguntaba que si les ocurría algo, que si podía saberse que pasaba. Ellos no me daban tiempo a preguntar nada más. Me contaban que él había tenido un accidente, iban soltándolo poco a poco, como anticipando y previniéndose de un eventual ataque de nervios por mi parte. No era así. Él estaba muerto y yo comenzaba a sentir una plácida sensación de consciencia. Todo tenía sentido de nuevo.

¡Adiós Lara!

Adiós, adiós…

A veces creo que soy una enferma. Nunca se lo he dicho a nadie, nunca le he contado a nadie lo que pasa por mi cabeza cuando pierdo el equilibrio de mi pensamiento, cuando me pierdo en la vida y me siento más sola y desamparada que nunca. Nunca me he atrevido a reconocerlo, menuda rayada.

Ayer me enteré que el muy cabrón se está follando a una de mis hermanas, a una de mis amigas, a una de mis enemigas declaradas y a una camarera que ha debido conocer en alguna de sus innumerables escapadas nocturnas de las que nunca me ha hablado. A cuántas más se follará el hijoputa no lo sé, pero no lo puedo soportar. Es algo que se me clava y se me clava, que se me hunde no en la piel, sino en la cabeza. Porque, aunque tengo amigas que le hacen eso y mucho más a sus novios, yo nunca le he sido infiel. Ambos nos contratamos en exclusiva desde el comienzo, o eso me decía, y desde entonces nos hemos permitido incluso el lujo de mantener conversaciones enteras juzgando a otras parejas por lo que hacían o dejaban de hacer. Como hace todo el mundo, vamos. Como harán los demás con nosotros.

Lo de los cuernos: si yo no se los pongo a él, él no puede ponérmelos a mí. Así de simple.

No me lo esperaba y enterarme ha sido lo más doloroso que me ha ocurrido en la vida hasta el momento. Me cago en la madre que lo parió.

Cabrón.

No quiero saber más de él ni de sus tardanzas ni de sus chistes ni de su barba ni de su aliento ni de sus ojos ni de sus pedos ni de su cinismo ni de su mala leche ni de sus putas mentiras.

Justo antes de enterarme de la jugada, esa misma mañana que me lo contaron pero antes de que lo hicieran, le estuve chupando la polla al muy hijoputa durante casi una hora, hasta que entró a trabajar. Mientras se corría en mi boca yo continuaba lamiendo suavemente, para que el orgasmo descendiese planeando, luego volvía a chupar hasta que se corría de nuevo atrapado por mis labios de lo excitado que estaba. El muy cabrón se corrió tres veces y yo, tocándome como podía, cuatro o cinco. Me encantó que se corriese en mi boca una y otra vez. ¡Qué sensación de control! Hasta ese día por la mañana nunca se la había chupado, debió alucinar el muy cabrón. A mí esas cosas siempre me han dado mucho corte y un poco de asco, a pesar de que a veces me masturbaba por la noche, en mi habitación, imaginando que los chicos con los que salía se ponían tan pesados que tenía que hacérselo en cualquier lugar, incluso en sitios públicos, amenazada por la posibilidad de que nos pillasen y me viese cualquiera. Siempre acababan corriéndose en mi boca y yo chupaba y chupaba ese néctar que no sabía ni qué gusto tenía pero que en esos momentos imaginaba delicioso y embriagador, excitándome hasta provocar un orgasmo intenso, casi doloroso, inacabable, que acababa dejándome exhausta y avergonzada. Lo que está claro es que ayer comprobé que el semen no sabe en la realidad como en mi imaginación. Qué se le va a hacer.

Como cuatro horas después del lanzarme en picado sobre su rabo me entero de que ni chupo esa polla en exclusiva ni de que, muy probablemente, soy la única en tragar su puto y amargo semen. De ganas no volvía a chupar una polla en mi puta vida. No, mejor, de ganas me ponía a chupársela a todos los peregrinos del Camino de Santiago para que aprendiese, pero haciendo la ruta en sentido inverso para encontrarme con más tíos a los que chupársela. De ganas… Yo que sé lo que hacía de ganas… ¿Por qué tiene una que joderse así? Cerdo cabrón… Tonta del culo…

Hoy llego yo tarde, hoy me toca a mí hacerle esperar. La que le va a caer… ¡Que se joda el muy cabrón!

Lo más jodido es que llevamos un mes viviendo juntos aunque apenas nos vemos por culpa del trabajo… y lo que no es el trabajo. Hace un mes les dije a mis padres que me iba a vivir con él les gustase o no. Casi ni les dije adiós. Casi ni les he visto desde entonces. Tenía muchas ilusiones, imaginaba estando sola en el piso. Que si casarnos, no por la iglesia, por supuesto, pero casarnos, que si tener un hijo, que si clavarle un cuchillo en los cojones. Yo que nos veía a los tres de vacaciones tomando un avión y yéndonos a cualquier sitio a tomar el sol en la playa todo el día… como una reina. Como la reina de las cornudas, me cago en la puta.

Pero es que me ha enseñado tantas cosas. Me ha ayudado, directa o indirectamente, a darme cuenta un poco mejor del mundo en el que vivo, de cómo es la gente, cómo somos las personas. La condición humana, dice él. Claro que, se ha lucido el cabronazo. En el fondo es un hipócrita que hace lo que le da la gana y encima va de bueno, dándoselas de santo. Él es diferente, no como los otros…

Mierda.

Vaya.

Ahí está, esperando como un gilipollas. No parece muy contento, será que le jode esperar.

¡Jódete cabrón!

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