el policía

Es Barcelona y está a punto de entrar la primavera, hace ya varios años desde la última vez que visité este pequeño y hermoso gigante costero. Son casi las dos de la mañana, hace frío, tampoco demasiado, en la pequeña ciudad del noroeste de donde procedo hace bastante más. Mientras, espero.

A mi lado una escultura, un monumento al libro obra de un tal Brossa, cosa del gremio de libreros, tengo entendido. Es sábado y la noche no acaba sino de comenzar, pero apenas circulan los coches por la Gran Vía a mi lado ni frente a mí por el paseo de Gracia. En la encrucijada permanecemos  prácticamente solos la escultura y yo.

He quedado con un conocido mío que es de aquí, de Barcelona capital. No le he vuelto a ver desde la última vez que vine a visitar la ciudad hará más de seis años. Nos conocimos gracias a una ex de un examigo mío que ahora está casado con una miss local. Ella, la ex del ex, se lió con él al poco de mudarse a Barcelona y ponerse a trabajar en unos céntricos almacenes de mantas. Él era su jefe, me parece, no estoy seguro del todo. Solían llamarnos a mi pareja de aquel entonces, mi propia ex, y a mí para quedar a tomar algo cuando pasaban por la ciudad. Parte de la familia de él es de un pueblo cercano a la pequeña ciudad de provincias donde vivo la mayor parte del año durante, hasta el día de hoy, todos y cada uno de los años de mi vida. Los recuerdos y las ideas cruzan a toda prisa la zona débilmente iluminada de mi consciencia. Me entretienen mientras le espero.

Hace más de 6 años él jugaba al fútbol, trabajaba con una furgoneta repartiendo comida por los restaurantes de la ciudad, cuando dejó (a la fuerza) lo de las mantas, y vivía aún con sus padres en un céntrico barrio obrero plagado de delincuencia y de inmigrantes de todos los continentes, progresivamente abandonado por los descendientes de los inmigrantes españoles del llamado éxodo rural, de los que se nutrió la ciudad condal durante los años 60. Entonces me hablaba de motos robadas y vendidas por piezas, de pillarme hachís de excelente calidad a precios de risa o de electrónica robada tirada de precio, de sus amigos en el equipo, de sus trapicheos, de las putas. Me cayó bien desde un principio. Lo he considerado durante todos estos años como una persona muy tolerante y abierta, buena pero no tonta, con una gran capacidad de adaptación, como si crecer en aquel barrio le hubiese granjeado ciertas destrezas y privado de ciertos prejuicios muy comunes entre gente de provincias como yo. De los prejuicios heredados se libra uno mal mal. Respecto a las destrezas, bueno, se hace lo que puede dentro de lo posible. Tampoco he pensado de él que fuera ambicioso en exceso.

Cuando decidí volver a Barcelona lo primero que se me ocurrió fue darle un toque para saber de su vida, qué menos. Le llamé el Martes la primera vez que lo hice. Estuve un buen rato rebuscando en mis discos duros hasta dar con una copia de seguridad, que estaba seguro de que aún existía, de mi vieja agenda de teléfonos, la que se gestó en aquel viejo ladrillo que salió tan bueno, un Nokia 5110 de los de entonces que había heredado (reciclado, diría alguno). No me contestó en esa ocasión, a pesar de que hice 3 o 4 llamadas que acabaron siendo perdidas. Ni me contestó ni me las devolvió. Vaya. El jueves, justo antes de tomar el tren nocturno en el que viajé durante toda la noche hasta llegar a Sants, llamé otro par de veces. Tampoco supe nada. Vaya vaya. El viernes, a mi llegada, estuve llamando durante  buena parte de la mañana, ni demasiado pronto para no hacerle madrugar innecesariamente en caso de que aún durmiese, ni demasiado tarde porque me cansé. En ese momento no estaba al tanto de sus horarios y preferí ser cauto como muestra de consideración hacia él. A la tarde, por fin, recibí una llamada de un teléfono que no figuraba en mi agenda, era él. Llamaba desde el teléfono de la ex de mi examigo para pillarme por sorpresa. Vaya vaya vaya.

Su tono de voz caía cordial desde el satélite y rápidamente me puso al tanto de su vida. Trabaja como, bueno, puntualizo, es mozo de escuadra, policía de la Generalidad de Cataluña. Está casado con la ex de mi examigo y ha tenido una hija con ella. Trabaja por la noche, cuida de la nena por las mañanas mientras ella va a trabajar al aeropuerto y duerme el resto del día hasta la hora de volver al curro. Yo tomaré el tren de vuelta el domingo por la mañana. Vi peligrar este pequeño reencuentro en nombre de los viejos tiempos que se me hacía tan emocionante y grato. No había compromiso en cualquier caso, por supuesto, tan sólo intención y una buena dosis de curiosidad de la que mató al gato. Aún así prefería verle ya de estar aquí, una vez en tantos años.

Al final quedamos en vernos durante su horario de trabajo. Se le ocurrió que me acercara después de cenar, si me apetecía, hasta donde él patrulla esta noche. Como va de paisano en el coche camuflado puede acercarse hasta donde yo le diga, vernos y tomar algo. No puse pegas. Además, como de pasada, me reprochó el no haberle llamado con un poco más de antelación para poder haber organizado mejor el reencuentro. Le conté lo de las llamadas desde el martes, negó haberlas recibido. Casualidad.

Tengo sueño, llevo todo el día andando de aquí para allá por la superficie de la ciudad y por los túneles del metro, recorriéndola de cabo a rabo para visitar y revisitar obras de Gaudí, calles, museos y restaurantes. El coche camuflado ha debido pasar junto a mí sin que me diese cuenta, porque me están silbando desde la acera de la esquina con Gran Vía, a mi derecha, junto al semáforo. Cruzo yo. No le he visto llegar pero ahí está. Sonrío.

Estrechamos la mano, qué pasa tío, ¿no me has visto pasar?, ¡cuánto tiempo!, blablá. Me cuenta de nuevo su pequeña historia, la gran historia: que está casado con ella, que tienen una hija de año y pico, su horario de trabajo, que sigue jugando al fútbol y acude a entrenar y que por eso ha sido imposible quedar a otra hora, que siguen visitando la ciudad donde yo vivo de vez en cuando porque, al fin y al cabo, los abuelos de la pequeña viven allí. Le interrumpo mientras continúo sonriendo, le pido que la próxima vez me avise, que me llame, podemos organizar una visita y podemos cenar juntos, yo invito. Sí, sí, no hay problema, me contesta, la próxima vez te doy un toque y te digo oye tío, estoy por aquí por el Corte Inglés o por donde sea y tomamos un café. Suelto el aliento contenido. Claro hombre.

Seguimos hablando de su niña, del carácter que tiene, a quién saldrá, de que la abuela le aconseja que lo que tiene que hacer con ella es lo que ella hacía con él, darle una torta a tiempo. El árbol se endereza de pequeño, que decía mi abuelo. Va no es plan. Sí, supongo. Como ambos sabemos que no tenemos demasiado tiempo la conversación va dando botes.

Trabaja de noche. Barcelona es una gran ciudad: inmigración, prostitución, descuideros, etcétera. Le pregunto qué tal lleva el curro. Bien, bien, es lo que hay, zanja. Hay mucho carterista, me dice, tenemos mucho curro porque además de la plantilla habitual los días de partido de fútbol acuden en masa los moros de otros lugares para hacerse dos o tres carteras aprovechando el barullo de la capital y largarse. También me habla de los inmigrantes que venden ilegalmente comida y bebida en la calle durante la noche mientras me señala uno que pasa a unos metros por detrás de nosotros con una bolsa grande bien agarrada en la mano. Lo esconden en las papeleras y están todo el día así, me explica. Parece contrariado. El dinero no se queda aquí, continúa, no sé si se refiere a España o a Cataluña en concreto, se va pa Pakistán o vete tú a saber dónde. Parece ser que hoy mismo ha estado hablando con uno de ellos que le ha especificado cómo de los 1500 euros que gana aquí en España trabajando como un burro en trabajos de mierda, él se queda con 500 para vivir miserablemente y el resto, los otros 1000, detalla a pesar de que la resta es sencilla de hacer, se los envía a su familia en su país. La prueba irrefutable. Bueno, le digo en un momento que creo oportuno y sin poder evitarlo, a su manera están recuperando algo de la riqueza que extraen los países del primer mundo en sus países de origen sin dar apenas nada a cambio, ¿no? Sí, está claro, me dice desviando la mirada hacia uno de los escasos coches que cruzan la Gran Vía a velocidad moderada. Sí que está claro, sí.

De vez en cuando monta en el coche camuflado a alguno de sus colegas del barrio y lo pasea por las zonas que él patrulla (es lo que hay) noche sí noche también. Autosuficiencia, orgullo, hasta un poquito de desprecio, manteniendo la mirada con mucha fuerza: convicción, mientras me relata cómo no les quedan ganas de repetir el paseo cuando ven lo que ven. No sé, pero me da la sensación de que con poco disimulo me la está lanzando como si nada, puede que sea cosa mía pero creo que, sin argumentar por supuesto, acaba de exponerme a una tesis rotunda sobre la deuda contraída por la sociedad civil con los nosemuybienporquiéndenominados vigilantes o veladores de la ley y el orden. La mierda inunda las calles y ellos cuidan de que no se cuele bajo la puerta de nuestros confortables hogares (a medio pagar) y ensucie nuestro salón de madera contrachapada y aparte nuestra atención de la pantalla plana de un trillón de pulgadas.

Nota mental (que olvidaré): pedirle su dirección de correo electrónico y enviarle un enlace de descarga de Watchmen, de Alan Moore, el cómic.

La verdad es que tras estos años y en el tiempo de nuestra conversación me voy dando cuenta de que él no habla como hablaba, de que estoy frente a un desconocido. Debería haberlo previsto. Por expresarlo de alguna manera, creo que conversando con él esta noche me siento como alguien que regresa a su hogar y encuentra todas las puertas de la casa en una disposición diferente a la que recordaba, lo que le obliga a explorar de nuevo lo cotidiano y le cuesta atizarse algún batacazo que otro a la que se descuida dentro de su propio recibidor. Dudando del recuerdo, sinceramente, no sé si alguna vez estuvieron ahí o no las dichosas puertas.

Como estoy verdaderamente cansado, el sueño me está distanciando un poco de todo lo demás y cada vez hace más frío, apenas hablo. Él menciona, no sé muy bien a cuento de qué, que van a repetir, él ella y la nena, la nena ella y él, un viaje por los Estados Unidos, el Gran Cañón, un crucero por la costa oeste. Una pasada, tío.

Bueno, que si vas ya sabes, me das un toque y venís a cenar. Sisí yo si voy te digo estoy por aquí y lo dicho. Pues nada, saluda a tu mujer y dale mi enhorabuena por la pequeña. Sisí, de tu parte, tengo que seguir trabajando, que tengo al compañero esperando en el coche ahí delante. Yo me voy a dormir que es tarde y ahora soy abstemio total. ¿Ah sí? Parece muy sorprendido, más afectado que en el momento en que por primera vez en más de 6 años nos volvíamos a mirar a los ojos.

Nos damos la mano enérgicamente pero no de la manera tradicional, abajo, con el codo extendido, sino a la altura del pecho, con él doblado y las manos entrelazadas como para echar un pulso, a lo rapero, a lo barrio. Está en forma, no como yo.

Venga, nos vemos.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s