un sueño de amor kraftiano

El aire parece al mirar a su través de virutilla áspera, pero apenas lo noto en mis inhalaciones. Mis ojos proyectan una realidad microfilmada en un presente subjetivo. Mis órganos, estoy seguro que no funcionan como debieran: siento en los pulmones, en el hígado, en el páncreas, y mis sensaciones, el único yo que percibo, son austeras y poco interpretables. Todo lo que veo lo siento a un nivel muy profundo quizá. Puedo sentir aunque no codificar la traba en el proceso de pensar.

Ahora retengo bien, por fin, y un carro tremendamente ornamentado se deposita en mi memoria, un carro con enormes ruedas, ruedas de madera con radios que se unen en el eje engrasado con tocino. Un carro que seguro fue tirado por yeguas y mulas, de los que servían para recoger las cosechas antaño. Puedo verlo y fijarlo, comprenderlo y describirlo. Creo que un carro delante de mí.

Sobre todo, un cielo de pálido azul, irreal, transitorio. Parece un cielo subliminal.

Bajo todo, un prado que me fija reteniéndome en esta composición. Verde y piedras disputan una hacienda que seguro que continúa más allá del horizonte. Una finca de hechura ciclópea, simplemente desproporcionada.

Los edificios; que los percibo a mis espaldas, como si la familiaridad con el solar por fin fuese invadiéndolo todo. Estos edificios no parecen sólidos, no están definidos, pero escapan a una critica coherente de mi yo.

Los despojos labran incoherentemente la tierra: la chatarra, enormes troncos multiédricos de concepción subconsciente, muchos objetos esparcidos, identificables en una realidad cotidiana, que aquí encuentro caprichosamente mutilados, mostrando sus obscenos nuevos ángulos.

Por allí transcurre el pequeño perro -la mastina-, que transcurre porque es el único ser al que achacarle esa propiedad, ya que nada de lo que percibo muestra ningún tinte de ese subjetivo fluido temporal. Transcurre –corre y corre- por entre los estáticos y artificiosos relieves que carecen de color alguno, sólo son tonos ajenos al universo fotónico. Son algunos tonos de ningún color. Y todo esto no cambia.

Llamo por su nombre a la mastina de boca parabólica que apunta al suelo. Su nombre es silábico pero no registro ningún proceso fónico al llamarla, ¿soy un sentimiento autómata?.

Describe ágilmente tres círculos y está ante mí.

A un metro de distancia aproximadamente, y su transcurrir la deposita en una imagen de una madura mastina gigante, una mastina de fieras proporciones, como si también acusara el degenerado ambiente que me rodea. Pronuncio sin reparar en ello su nombre de nuevo y ahora su generación y mutación la transforman.

En una agradable adolescente de cabello corto y oscuro que nunca parece haber sido peinado, y que luce junto a su rostro como una cabeza masculina. Hay más brillo en su mirada, más intriga en sus ademanes y más ternura y dependencia en toda ella de lo que puedo creer en ese momento.

No puedo hablar, no sé. Sigo siendo víctima de la falta de procesos interiores y, esto es nuevo, de un calmo rezumar en todas mis sensaciones que, poco a poco, van transformándose en un aerosol que me rodea como una atmósfera.
Ella sí habla. Ella me explica su existencia original. Según su versión, la causa de sus mutaciones, dice, es que comparte como padres a un enorme mastín y a mí. Lo dice claramente, envolviendo sus palabras sin emoción en una desgarradora sensualidad.

Ser generador de este ser me tensa esos órganos que parece que no tengo y estrangula mi fisonomía. Se expanden a velocidad de vértigo por todo mi yo unos confusos sentimientos rellenos intersticialmente de un indecoroso paternalismo.

El ser, ella, -mi hija- me confiesa su ansia, su terrible necesidad de ser amada, su irracional deseo de cariño, de consideración y algo más. Al tiempo me muestra unos poemas. Todos de amor. Leo uno. Las sensaciones se hacen subreales en un entorno ya de por sí subreal. Leo otro y mientras lo estoy acabando y al acabarlo, emerjo en una burbuja de euforia sin límites, sin superficie líquida en la que reventar, que me descontrola y que me aleja de ella,

y de las mansas e insubstanciales estructuras.

Una euforia que me aleja para siempre y me despierta.

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