Casa Beni post merídiem

La noche había llegado y estaba sentado en la terraza del Casa Beni, empalagado por el ambiente de patio trasero y megabraga secándose al sol que hacían de aquel rincón uno de mis favoritos para tomar una cerveza fresca en pleno verano. Llevaba ya un rato solo entre las mesas rojas de Mahou en completo desorden a mi alrededor. Entraron dos chicas y las miré sin titubeos; ellas apenas repararon en mí, no me extrañó, hacía ya tiempo que no despertaba demasiado interés entre las hembras heterosexuales con las que me cruzaba, de modo que seguí observándolas con descaro mientras padecía una grave y madura sensación de pertinencia en la obcecada mirada que les dirigía y que estaba dispuesto a mantener hasta cansarme de sus caras, pelo, vestidos, brazos, piernas, pies, sandalias, pelillos mal depilados, cruces y descruces de piernas, miradas, miraditas, manchas de sudor, gotitas de sudor, eventuales bragas bajo la mesa, anillos, pulseras, móviles, pendientes, agujeros de pendientes, tatuajes tribales horteras, tatuajes que no son tribales, tatuajes que no son horteras, hebillas y cinturones, uñas largas, color de uñas, uñas mordidas, padrastros, lunares, verrugas, verrugas y lunares con pelazos negros, gafas, rosácea, acné, granos con pus en abundancia, heridas abiertas o secas o el chumino que sacasen al aire para tocárselo delante de mí, que una vez me ha pasado.

Las chicas:

-Mira tía es superfueeeerte, de verdad te lo digo…

-Sí, sí… yo ya te dije…

-No Yes, es que me lo está haciendo mi propia hermana a mi puta jeta… ¿por qué tengo yo que aguantar? Bfff…

-Es que creo que tú…

-Yo ya me cansé, te lo digo de verdad, no, no, no, no… conmigo se ha terminado y si digo que se ha terminado es que se ha terminado, hombre…

-Bueno, la última vez…

-Nada, Yes, que no, que no hay tu tía y de ésta ya no paso, YA-NO-PA-SO. La última.

Imposible dejar de escuchar, habla demasiado alto para ignorarla. No hay esfuerzo que valga… Estas dos me van a dar la noche, ya lo veo.

-Mira Salomé, lo que yo pienso es que…

-Oye, ¿puedes esperar un segundo? Es que prometí llamar a Miguel antes de las ocho y media y sé que se me pasa. Ahora vengo ¿eh? Luego te cuento.

La chica que quedó sentada junto a mí cuando la otra se piró a darle un toque al móvil al tal Miguel parecía pensativa, ausente, sonreía entre dientes con la mirada perdida en las burbujas de su bebida:

-(Ahora se pira. No, si quedar con ella ya sé yo para lo que es: ella desahoga raja que te raja y yo intento meter baza sin que sirva de nada… la mitad del tiempo se lo pasa hablando por teléfono… ¡y eso que soy su mejor amiga! Anda que si no… Ahora me pegará la paliza con Miguel y con lo del novio de su hermana, o su familia y con lo de que si se casa o sólo es estrategia para llevarse bien con ellos y que si venden el piso de él y si se compran otro más grande por si los niños y que si aquella amiga que se enrolló con él antes les está volviendo a molestar, ¡siempre lo mismo, joder!)

Dios qué buena estaba la condenada…

-(Y ése qué mirará… que lleva pillado mirando para nosotras desde que llegamos, lo mismo se cree que porque lleva las gafas de sol puestas no se nota… ¡gilipollas! Le salva que está como un pan el condenao, menudo torazo… A ver si vuelve la otra de una puñetera vez que me está entrando sueño y paso de que me tenga aquí liada con sus rollos de siempre. Si lo sé no quedo. Me dan ganas de pirarme ahora que está en el baño…)

-Pa, pa, ra, pa, pa, papará, papa, pa… (ahí está)

-¡Anda Yes, si ves lo que me ha dicho!

-¿Sí?, ¿qué te ha dicho?

-Pues mira va y me salta con lo de…

-(Se acabó, no te aguanto más, ¡que te aguante tu tía la del pueblo!)

-Oye, que me piro tía, que acabo de acordarme de que Ricardo se queda solo esta noche y le dije que pasaba por el chalé… ¡hace media hora! Voy al servicio y me piro… ya te llamo otro día y me sigues contando… ¡un beso guapa!

-Pero… dale un toque y te acompaño… esto… venga, chao Yes, y dale recuerdos de mi parte, un besazo tía… ¡muak!

Hasta el beso se oyó.

* * *

¡Aivalaostia!, se pira la que está buena y se deja al candao… y encima está mirando paquí, la muy gocha… ¡que lacha! Lo que me faltaba a mí era la porretuda ésta… Menos mal que se ha dao por aludida la hija puta.

La tía-loro cogió el móvil, llamó a no sé quién y luego a no sé quién y luego a otro no sé quien y luego a otro, cosa de hora, hora y media y, mientras el garito se llenaba, ella siguió pegando el móvil a la oreja y perdiéndose entre el bullicio de las mesas que se iban ocupando y desocupando. Grupos de veinteañeros estrafalarios a la moda que vienen a este tipo de garitos a tomarse unas cervezas, fumarse unos petas y divagar sobre pijadas hasta bien entrada la noche.

Por mi parte, aprovechando las ventajas de la edad, es decir, de mi poco pelo, de mi sempiterna cara de mala ostia, de mi fama de alternativo, de personaje, de poco convencional, de mala ostia de verdad, de mis ojos azul-láser al quitarme las gafas de sol clavados en los de cualquiera, no me importa convertirme en tema de conversación para algunos que, de tan aburridos, reparan en mí, solo y taciturno. Sí, es verdad que de cuando en cuando escupo algún saludo que otro por puro compromiso y que también intercambio algunas palabras con ciertas personas que no me caen mal del todo, pero lo hago con tan poca inspiración que en estas esporádicas interpretaciones mi papel roza el de un retrasado. Me doy cuenta, demasiado a menudo, de que cuando más cómodo me siento es cuando me agazapo como un chucho en cualquier rincón y me quedo ahí, enroscado sin hacer nada. No necesito más.

En la mesa que quedaba entre la mía y la barandilla de la terraza estaba sentada una chica rubia, sola también, jovencita, como de veintitrés o veinticuatro años, monilla, demasiado delgada para ponerme instantáneamente aunque no lo suficiente para no planteármelo conscientemente. Ésta tampoco soltaba el teléfono mientras jugaba con el dedo sobre el borde de la jarra donde se le calentaba la cerveza que había pedido, prácticamente entera.

La chica solitaria:

-Escucha… ¿te acuerdas de aquel chico del trabajo que te dije que me molaba? No, ese no, ese era el del curso y ya te dije que sólo fue un rollo y punto… ¿sabes quién te digo o no? ¡Ése, sí, ése! ¡Tiene veinticinco! ¿Cómo que y qué? ¡Joder Silvia, pareces tonta! ¡Síiiiiiii! ¡Claro, éste no es pequeño! No sé… ¡¿pero a qué me preguntas ahora eso del portátil, tía? Mira si lo quiero con Windows a ti qué más te da… ¡además el proyecto lo hago con un compañero, ¿te enteras?! Que sí, que luego ya le pondré Linux. ¡Qué pesada! Oye, ¿sabes lo que le pasó el otro día a la gata de la otra…?

* * *

No estaba tan anonadado de lo esperpéntica que puede llegar a ser la realidad desde que leí aquella ocurrencia de Günter Grass sobre un puto niño que se pasaba el día tocando un tambor de hojalata y se negó a crecer. Supongo que si hubiese escrito aquella novela en estos días bien la podía haber llamado algo así como “El móvil 3G” o alguna pollada parecida. O no, claro, pero a mí aquella chica me dio la sensación de que se negaba a crecer también. Cosas mías, supongo.

Intenté con toda mi voluntad desviar la atención de aquel cúmulo de banalidades vía satélite pero no pude evitar, al desviar la mirada, fijarme en una pareja que se sentaba un par de mesas a mi derecha, junto a la pared de la casa contigua que cerraba la terraza por ese lado. Estaban sentados uno junto al otro con las manos entrelazadas, pero apenas les vi dirigirse la palabra o incluso mirarse en todo el tiempo que pasaron en la terracita del Casa Beni; estuvieron todo el rato hablando por el móvil. ¡No daba crédito! Al principio no les escuchaba, había demasiado ambiente, pero conforme nos íbamos adentrando en la noche la terraza se fue despejando y, una vez más, me tuve que enterar de lo que decían.

La parejita:

-Me ha dicho Juanjo que hemos quedado con Helena, recuerdos de Helena (ah, sí), y con Víctor y los otros, y con su hermana a las once en el Debacle…

-Sí, oye Patri no estaba y se ha puesto su hermano pero no me ha dicho nada. Además he llamado a Alex y ha estado vacilándome un montón para nada (¡Alex es un vacilón de la ostia!), sí, y Beti pasa.

-Que pase, que pase de todo… Mireya me dijo lo de que fuésemos pero le dije que si tal que le daba un toque, ¿se lo damos? (sí quieres, pero yo es que paso) Vale, pero entonces tienes que llamar tú a Jose y decirle que no diga nada de lo otro.

-¡Ah!, antes de que se me olvide me llamó Jose, el otro Jose, ¿sabes quien te digo? (sí, sí) y no se lo cogí así que…

Entonces le dijo ella a él:

-Oye ¿piramos?, ¡es que este sitio ya cansa!

-Vale, vamos tira… espera… es Luli que me está llamando… ¿y a éste qué tripa se le habrá roto ahora?

* * *

Y se marcharon como si tal cosa, él delante, hablando por teléfono, y ella detrás, mirando con gesto ausente pero atento el móvil pijiguay que parecía el vibrador de la mamá del inspector Gadget.

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