Requiem

Una bandera, considerada de otra nación, pende con orgullo, sucio y agujereado, coronando un mástil y, junto a unos tanques amostrencados, forma parte de la conjura que escribe con renglones de sangre, una vez más, otra, las que por lo visto hagan falta, la historia de la pequeña ciudad de Laviat.

Sobre el crepúsculo escarlata y negro que atormenta el valle se reflejan, una vez más una vez más, las miserias de la guerra, otra guerra, otra más, muy presentes para todos los actores que, a sueldo o por cojones,  animan la farsa que otros, unos pocos, la elite, han orquestado con maestría. El arte de la guerra: planificado beneficio propio e irreversible desgracia ajena. Precio más bajo imposible.

Serpeando por los caminos que deshilachan las colinas, se encuentran los patriotas ulatchos, por fuerza desparramados pero tozudamente empeñados en retomar la población para su bando. La desesperada guarnición lafasunia que permanece en ella resiste y se fortifica, alerta en todo momento, sin otro remedio que prepararse para encarar el sangriento advenimiento de la noche, triste destino de los sitiados, mientras no lleguen los refuerzos y espanten a los sitiadores.

Fue el eco de un disparo, la señal que da la salida a cada bala ciega en busca de carne, lo que despertó a Vortep y lo arrancó por la fuerza de la breve siesta. Harto de cansancio, se había quedado dormido haciendo guardia, recostado contra el tronco de un avellano, frente a su camarada Vechilay.

-Te has quedado dormido, amigo, ¿con qué coño soñabas, tú?- murmuró éste con sorna, por si el otro, aún medio dormido, no había captado el doble sentido de sus palabras, mientras continuaba mirando, a la vez indiferente, hacia las casas de los arrabales de la pequeña población, allí abajo, en el fondo del hermoso valle. Hermoso en primavera, en verano, en otoño, en invierno, hermoso incluso en la guerra. Vechilay permanecía hipnotizado mientras contemplaba cómo los edificios se iban desdibujando en la negra noche sin luna, tan propicia para la emboscada. El firmamento es gélido, pronto será también negro y estrellado, luego las balas trazadoras, las explosiones, los fuegos, las órdenes, los gritos, los alaridos lo convertirán en una fiesta salvaje de la que no regresarán todos a casa para vivir la resaca.

Durante un instante, justo lo que ha durado el sobresalto por el estampido que lo despertó, Vortep ha creído estar donde no está, sentado en su pequeño negocio, muchos kilómetros, cientos, al sur de estas colinas, estos bosques y este valle que desconocía hasta ayer mismo. Ha estado soñando, y en su sueño se encontraba sentado de nuevo, como si nunca hubiese dejado de hacerlo, en la cocina de su restaurante, disfrutando, como cada mañana, frente a las grandes cazuelas y fuentes, aún vacías, dispuesto a servir en ellas todo aquello que sus manos preparaban con tanto amor y dedicación, como siempre, con la esperanza de verlas regresar del comedor vacías de nuevo.

Escuchó, y entendió, la pregunta, pícara, masculina e infantil, que su compañero le había hecho hacía un instante, pero no sonrió, se limitó a quedarse como estaba, sin hacer un gesto, manteniendo la postura como un cadáver, permitiendo que su mente paladeara, tristemente, su añoranza. La placidez del sueño se había desvanecido por completo, como el sol. Todo lo que quedó fue una amarga resignación. Nada más.

-Antes de la guerra…-, comenzó a decir, -se comía muy bien en mi ciudad-. Calló, y sin decir nada más, apenas desembarazado del susurro de su voz, bajó la cabeza intuyendo sus manos en la oscuridad. Sus manos, sus queridas herramientas, junto con su cabeza, instintivamente llevó una de ellas sobre el arma que le habían asignado, recostada también en la negrura del suelo en mitad de aquella espesura.

-Sí- murmuró Vechilay secamente, distrayendo su atención momentáneamente de aquellas casas a las que le habían ordenado no quitar ojo. -Se comía muy muy bien, en la mía también, ¿sabes?. No sé qué cojones- continuó- hacemos aquí, yo tocaba el acordeón-. Calló. -Mi ilusión- continuó -fue siempre la de tocar el piano-. Calló. -Mis padres no tenían dinero para pagarme las clases- continuó -y yo no tuve la suficiente fuerza de voluntad-. Calló. -Mi preferido- continuó- ha sido siempre Tchaikovsky-. Calló. -Qué se yó- continuó -, a veces fantaseo y me dejo llevar imaginando en quién habría podido haberme convertido de haber sido todo de otra manera, quizá sería mejor decir de haberlo hecho todo de otra manera. No se me da nada mal, ¿sabes?, la música, me refiero-. Calló. -Debí dedicarme a ello- continuó -cuando pude, cuando aún era un niño sano, alegre y muy revoltoso, que imaginaba mucho más de lo que luego hacía, de lo bueno me refiero, porque de lo malo lo hacía todo y sin pensar, era muy travieso. Ahora ya da lo mismo-. Y calló.

Allí, en mitad de aquella guerra, cuyo sentido les era imposible comprender, al pie del cañón, cuajaba en ambos una sensación de abatimiento difícil de describir, más aún de combatir, de paliar. A menudo caían, no sólo ellos, sino todos junto a los que combatían, en estados de ánimo depresivos que se empeñaban en ocultar, para algunos era más fácil que para otros, educados como hombres a reprimir sus sentimientos desde la infancia, a no mostrarse afectivos, a no llorar, sobre todo a no llorar. Patria y honor, sí, lágrimas, no, que son de maricones.

Tampoco se vivía tan mal antes, solían comentar, al menos no tan mal como para lanzarse a matar y a morir, concluían. A cientos de kilómetros del hogar. A desconocidos. La guerra es para quien le interese, o para desesperados, más que para bienintencionados y pequeños fanáticos, o simples egoístas, ingenuos y confundidos. Pocos o ninguno disentían, y los que lo hacían carecían en sus réplicas de capacidad de convicción porque, sencillamente, aquellas grandilocuentes palabras entonadas con tanta alegría camino del frente,  que animaban a cada hombre y mujer a la barbarie en nombre de tal o cual ideales, no justificaban nada por si mismas cuando no eran coreadas por la masa, carecían de razón y, en las circunstancias en que se encontraban ahora, escuchadas nuevamente, servían nada más que para describir la locura desnuda que las acuñó. Incluso cantadas en himnos, entre tanto desastre no eran otra cosa. Venceremos, pero no convenceremos.

Vortep miró una vez más su manos invisibles en la oscuridad. Pensaba. Pensaba que a todos los que quedaban después de siete semanas de combates, de dolor, y muerte, y rabia, y desesperación, y miedo, les había de inundar la misma sensación que a él. Derrota. Completa derrota. Tanto perdido en tan poco tiempo. Con una lucidez intensa y deslumbrante su ocurrencia se le presentó como una evidencia inexpugnable, absoluta, clara y universal.

-¿Sabes?-, comenzó a decir a su compañero -una vez compré un ambientador para el comedor de mi restaurante, uno que me gustaba mucho, no recuerdo el nombre de la fragancia, ni de la marca, es como si hubiese ocurrido hace muchos años, no lo recuerdo en absoluto, pero-. Calló.

Con los ojos empapados por las lágrimas, pero una sonrisa muy abierta en su cara y unas incontenibles ganas de vivir, Vortep se levantó, cogió su arma, la lanzó todo lo lejos que pudo y comenzó a ascender por la ladera. Vechilay, sorprendido por el arrebato de su camarada, lo llamó varias veces, pero Vortep no pareció, o no quiso, escuchar. Uno a uno, los soldados con los que se iba cruzando en su ascensión le llamaron por su nombre, los que lo sabían, y le advirtieron en voz baja o incluso a gritos para que se detuviese y agachase la cabeza, pero él los ignoró a todos. Tan decidido iba.

Un poco más arriba, donde el bosque clareaba y la lejana luz de las estrellas dibujaba, como siempre había sido, una maravillosa vista del universo, un francotirador hizo un disparo y acabó con su vida.

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