Otriverso | Parte Dos: La llanura

Parte Dos: La llanura

Dei abría la boca para saludar cuando advirtió el gesto de su colega, extraño, impropia reacción, nada habitual. Lo vio cerrando los ojos con fuerza tras haberse quedado embobado unos instantes.

Y a éste qué le pasa.

Manu permanecía con los ojos cerrados, muy apretados los párpados mientras un gesto como de nausea desfiguraba poco a poco su cara al irse pronunciando. A pesar de que Dei había comenzado a llamarle por su nombre éste parecía no reaccionar, seguía así, ausente, atacado por algún mal repentino, pensó, quizás. Cuando llegó a su lado, en el punto exacto en que su cerebro se debatía para resolver la indeterminación de si todo aquello era tan sólo una broma o si acaso era algo más serio, un ataque o algo así, Manu abrió los ojos de golpe y se quedó mirándolo fijamente, tanto como una estatua a través de su fotografía. Se asustó.

Estaba pálido, muy pálido. En su rostro se había renderizado el miedo en cuestión de milisegundos, un miedo como nunca había visto Dei en rostro alguno. Sin querer imitarlo lo hizo, lo imitó en su propia cara y su gesto reflejó de esta manera una réplica casi exacta de la expresión facial de su amigo. El miedo es muy contagioso.

Bruscamente Manu giró todo su cuerpo, revolviéndose como un animal herido. Fue un espasmo que fue a dar consigo contra un hombre de bigote que caminaba con determinación, la cabeza gacha y ensimismado y que acertaba a pasar junto a él en ese momento, preciso o no.

El hombre se giró, miró con desconcierto hacia el motivo de su vuelta al mundo real y retomó su camino y su actitud al darse cuenta de que aquel chico que le había golpeado no parecía muy normal. No había más que mirarlo. Quizá la actitud correcta en este caso hubiera sido la de interesarse por él, haberle preguntado si se encuentra mal, si hay algo que uno pueda hacer, haberle ayudado. Pero el hombre quizá pensó que haciendo todo eso probablemente se metería en problemas, que al fin y al cabo a él la vida de aquel desconocido ni le iba ni le venía y que, en todo caso, metiendo las narices donde nadie le llamaba se entretendría y llegaría tarde a casa, causándose una molestia evidente e innecesaria. Justo castigo a la falta de sentido común. Quizá no.

Mientras aquel hombre se alejaba como si nada hubiese sucedido, Manu, para el que ciertamente nada había sucedido, pues no se había dado ni cuenta del encontronazo, comenzó a mirar alternativamente hacia los chicos, que seguían en la esquina con el balón, y hacia Dei, cada vez más perplejo apenas a un par de metros de donde él se encontraba.

Perplejo, por momentos helado de miedo, desorientado en todo caso y completamente dominado por la curiosidad se sentía Dei.

Pero Manu, ¿qué te ocurre, tío?

Entretanto, la mirada de Manu recorría un paisaje que su cerebro se empeñaba en considerar simple y absolutamente como imposible. Aquello no podía estar sucediendo, se dice.

No creo lo que veo. Loco, loco, locura, esto es una locura, esto es una puta locura, estoy loco, no puedo estar loco, es imposible, imposible, imposible, esto no puede estar sucediendo, yo no estoy loco, esto qué es, por qué me tiene que estar pasando esto a mí, quién me ha hecho esto, de quién es la culpa, que se acabe ya, que se acabe todo esto de una vez, basta, basta de una vez, basta, basta, basta, basta, por favor, por favor, por favor. Por favor.

El parque, los chicos, la pastelería, todo seguía allí, allí en su lugar, allí donde debían estar, allí donde siempre habían estado, donde su mente recordaba que habían estado el instante anterior cuando, a punto de cruzar la calle hasta el portal de su casa para ver aquel partido ya empezado, tumbarse plácidamente en su sofá y apurar un par de cervezas o tres hasta la última gota, Dei le llamó.

Todo permanecía. Era la pura realidad. Él, él, nunca se había detenido en sutilezas cursis, nunca se había parado a pensar qué complicada ley natural o extraña ley divina era la garante de que el universo se comportase de aquella manera siempre, siempre sin excepción, su dignidad quedaba por encima de todo aquello. Que las personas, los coches, las casas, todo en su sentido más absoluto, no se desvanecieran de un instante para el siguiente, desapareciendo, como devorados por agujeros negros invisibles, teletransportados por genios todopoderosos y sumisos o fulminados por la ira de algún Dios iracundo, pendenciero y cruel. Manu no solía complicarse la vida ensuciandose las manos con problemas relativos a matices filosóficos tan poco prácticos como irresolubles. A tomar por culo con la filosofía y la mecánica cuántica ¡por el amor de Dios! Él, en el peor de los casos, vivía bajo los designios de un Dios indiferente que no andaba poniendolo todo patas arriba cuando le daba por ahí.

Un paisaje imposible. Sin casas, ni gente, ni límites definidos que mediasen entre lo que había sido y lo que era. Las aceras por donde caminaba los transeuntes, las señales de tráfico, los coches que circulaban, los que estaban aparcados, el asfalto, los charcos, habían desaparecido. Todas las cosas del mundo, a partir de un metro por delante de su amigo habían sido sustituidas. Dei se mostraba ante los ojos de Manu incrustado hasta las rodillas en algo semejante a un suelo aparentemente sólido pero que no le impedía moverse ignorando el relieve, algo que no podía ser. En su lugar, en lugar de aquel mundo real indiscutible hasta hacía tan sólo unos instantes, abarcando casi la totalidad de su visión y hasta donde alcanzaba la mirada, se extendía una llanura suavemente iluminada y vacía, de ligera pendiente y apariencia sintética, artificial.

En un momento, la pandilla de chicos de la esquina, que aún se encontraban en lo que Manu consideraba el mundo, el mundo real, su mundo, se despidieron y se fueron distanciando unos de otros. Algunos atravesaron la zona difusa y se adentraron en la llanura que conformaba el otro lado para desaparecer poco después.

Los límites entre ambos mundos, el real y el otro, eran del todo incomprensibles para Manu, ni siquiera hubiera podido haberlo descrito si alguien se lo hubiese pedido. No obstante, nadie lo hacía, todo el mundo se comportaba con naturalidad, como si tal cosa. La gente aparecía o desaparecía en su devenir, bien en la zona límite, más allá o más acá, caminaba por la acera sobre el suelo o atravesaba la llanura, incrustándose en ella o sobrevolándola, sin expresar la menor sorpresa y sin dar la menor sensación de ser conscientes en modo alguno de aquella locura que se suponía estaba sucediendo.

De algunas personas Manu sólo percibía una parte, medios cuerpos, miembros amputados, ausencia de manos o de cuello, pero nadie reaccionaba mas que él, nadie lo hacía. Esto había de ser locura por fuerza, una alucinación, pensó y pensó, aferrándose a la enfermedad, curable en todo caso, para hallar una explicación.

Uno de aquellos chicos del parque, sin cuerpo de cintura para arriba, pasó junto a él aterrorizándolo. Aquellas piernas continuaron caminando, parecía que dotadas de vida propia, sin cabeza que las gobernase. Instintivamente Manu comenzó a respirar con profundidad para calmar el pulso acelerado de su corazón. A partir de ese momento se sintió solo, muy solo, como si la realidad lo repudiase, como si el mundo ya no quisiese saber más de él y lo arrojase lejos, muy lejos de todo lo soportable.

Un instante después el otro lado había tomado el control, casi totalmente, de lo percibido. Él aún podía escuchar sonidos, voces, motores, pasos de aquella tarde y aquella calle de las que ya no quedaba nada visible. Sobresaltado miró hacia sus pies, estaban posados sobre aquella superficie cenicienta y mate, exactamente igual que lo habían estado hacía unos momentos sobre la acera. Por decirlo de alguna manera, eso le tranquilizó pues, al fin y al cabo, era un retroceso en la ilógica idiosincrasia de aquella visión. Posarse gravemente sobre el firme es lo que cualquiera hubiera esperado que sucediese.

Dei aún permanecía, junto a él, viviendo su propia y desconcertada versión de aquel minuto, pues éste aún se encontraba en la calle, mojado, junto a su amigo Manu, sin comprender muy bien qué estaba sucediendo aunque, de hecho, no había sucedido demasiado.

Lo que para uno era el barrio, la calle, casas, personas y coches para el otro era la llanura, leves dunas que brotaban de aquella indefinible superficie cubriéndolo todo hasta el horizonte y que no ayudaban mucho a delimitar aquel yermo.

Llegado a este punto, solo ante lo inextricable, a Manu no le quedó otra opción que la más obvia, comunicarse con Dei.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s