Otriverso | Parte Uno: Hasta allí

Parte Uno: Hasta allí

Llovía. Sería hacia la  media tarde, larga, estática y llena de calor y vacía de oxígeno de un verano monzónico. La semana había empezado hacía ya tres días, bochornosa y tremendamente ajetreada. El martes cubrió la ciudad un frente de nubarrones tormentosos oscuro e inquietante. Aquellas nubes grises parecían tan cargadas que a nadie le hubiera extrañado ver desplomarse sobre su sombra alguna de aquellas enormes coliflores putrefactas. El mismo día comenzó a llover persistentemente durante toda la tarde. Aún llovía. A pesar de la lluvia las temperaturas no descendieron y la sensación de calor se hizo tan intensa con la humedad que la ciudad entera estaba a punto de transformarse en una inmensa sauna a cielo abierto.

Para Manu era un verdadero esfuerzo y casi un ejercicio de adivinación ver a través de los cristales de sus gafas, mojados por las gotas derramadas por aquel testarudo cielo que no dejaba de manar sobre su cabeza y su ciudad. Sobre su mundo. Regresaba a casa. Pasaba el dedo por ellos una y otra vez como un inquieto parabrisas, con lo que sólo conseguía empeorar la situación. Se encontraba molesto con todo, con la lluvia, con su miopía… la tormenta había surgido de la nada para empaparlo. Algo en efecto previsible debido a la brevedad de los momentos en que escampaba. Los coches habían encendido sus luces porque en un cuarto de hora la oscuridad lo habría cubierto todo y sus destellos se reflejaban en los cristales mojados de sus gafas creando una ilusión incómoda que apenas le permitía ver.

Conforme se acercaba el verdadero anochecer la lluvia fue cesando y la gente comenzó a salir a la calle, incapaz de soportar el calor en el interior de sus casas. En la ciudad no abundaban los sistemas climatizadores, los veranos solían venir cortos y secos y la mayor preocupación era paliar el frío del invierno, mucho más largo y, hasta hacía pocos años, muy riguroso. La opinión generalizada entre los ciudadanos era que el cambio climático lo estaba trastocando todo. Ahora las estaciones eran mucho más parecidas entre sí y llovía sin previo aviso en cualquier época del año, eran más templadas, salvo en años de especial frío o calor, creando una sensación de desorden en el clima que era motivo de conversación más allá de los tópicos sobre el tiempo con los que se rompen los silencios.

Casi había dejado de llover y los pensamientos de Manu se desataban con rabia.

A la gente le jode mojarse… ¡que se vayan al puto desierto!

Nunca le había incomodado que lloviese en verano, grandes gotas cálidas, pero el pequeño diluvio había hecho que su ropa se pegase incómodamente a su cuerpo dificultándole el paso. Además  estaba la cuestión de sus vacaciones. Sabía muy bien que era la economía familiar la que tenía la culpa de que en lugar de pasar estas semanas vagabundeando entre bikinis por la playa se hubiese tenido que quedar en la ciudad a sufrir este verano perverso y desequilibrado. Ni se molestaba en esquivar los charcos más profundos.

Buscó la hora en su reloj, pero la suma del agua de lluvia en forma de gotas que cubría los cristales de sus gafas con la que empapaba el cristal de la pantalla le impidieron leer las agujas. Mezcló la humedad del vidrio con la de la pernera de su pantalón y miró de nuevo.

Ostia -se dijo con suficiente volumen para oírse-, pero si el partido ya empezó. Y estiró sus zancadas y aumentó la cadencia de sus pasos con el cómico resultado de parecer al caminar un espástico marinero de cine mudo.

Se acercaba a la pastelería de la esquina frente al parque, deseaba echar a correr ante la proximidad de su casa, el optimismo le invadió a medida que imaginaba la comodidad durante las próximas dos horas. Su sofá, su cerveza, su equipo jugando y previsiblemente ganando, el refugio absoluto y seguro de sus tópicos.

Miró instintivamente hacia la esquina del parque, donde solían quedar todos los colegas para verse y salir o donde acudían cuando no sabían qué hacer y donde siempre se encontraban con alguien o pasaba algo que hacía que hubiese merecido la pena haber ido hasta allí sin un motivo en concreto.

Nidiós.

Reparó sin apenas darse cuenta en un grupo de chicos que estaban cerca de la esquina a la que sin egoísmo alguno consideraba suya y que interrumpían cada poco a los viandantes con bromas y baladronadas sin malicia. No le sonaban sus caras pero debían ser del barrio, quizá un poco menores que él, pero dentro de ese rango de edades en el que tres años representan en la conciencia un cambio de generación. Jugueteaban con sus teléfonos móviles y con un balón de baloncesto también. Reían y voceaban empapados y sucios como sus propios calcetines. Más aún, quizá.

Del interior de la pastelería emanaba un aroma caliente, dulce y mezclado que distrajo su atención de aquella pandilla. Se encontraba en la esquina, a punto de cruzar la última calle que le separaba de poder entrar al fin en el portal de su casa, cuando oyó que una voz familiar le llamaba por su nombre. Era Dei.

Dei siempre caminaba con grandes pasos y se le acercaba por su derecha, la cara abierta por la sonrisa y los ojos, iluminándola, proyectados sobre él. Manu comenzó a sonreír sin poder evitar una pizca de amargo remordimiento al darse cuenta de que, justo en ese momento, se estaba plantando un obstáculo grato, pero obstáculo al fin y al cabo, entre él y sus planes para ver el partido y beber cerveza tranquilamente. Sin llegar a ser consciente de pensarlo, sin caer en la cuenta de lo maravilloso y agradable que es el encuentro con alguien a quien se considere amigo por el motivo que sea, se transformó en pura intención de saludar al camarada.

No pudo. La curva de sus labios se deshizo bruscamente. Su mandíbula inferior cayó fulminada y sus ojos se dilataron como si quisieran huir a través de las cuencas y arrojarse al vacío. Aún así le servían para reflejar sobre aquel chico que se le acercaba un haz consistente de incredulidad y pánico. En su cara se dibujó, como en la mansa superficie de un lago de montaña, un perfil abrupto y escarpado. Sin duda no podía creer lo que estaba viendo en ese momento.

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