Hombre

Sobre los prados, pero no sobre los cielos, hay una casa. Y en ella un hombre. Que es azul. Azul porque añora la mar ahora que la tiene lejos. Porque la tuvo a sus pies, a su alrededor mientras estaba sumergido en ella. Y como ahora es todo verde y el verde es muy crudo para él, que anhela el azul del mar, se refugia en la casa apenas reúne el valor de salir a pisar el verde. Dentro de la casa, se dedica a observar con aire embelesado un grandísimo montón de baldosas que, apiladas como están, ocupan más de la mitad de toda la estancia. Las mira con una mirada que parece sustancia, y da la sensación de que algo ha cambiado en el montón cuando, al cabo de muchas horas, deja de mirarlo. De vez en cuando se levanta, mientras su mirada continúa retocando la pila, y se acerca para tomar una baldosa, una cualquiera. Sin importarle cuál, coge una cualquiera en especial. Y a veces la mira mucho y después la estrella contra el suelo. Cuando lo hace no mira los pedazos esparcidos. Ni los recoge casi nunca y por eso tiene su mitad de la estancia plagada de trozos. El suelo no se ve desde hace mucho, y el hombre acumula más años sobre sus años sin recordar el suelo. Que ya no es arena, ni transparencia de azul, sino trocitos con forma de sinforma y el verde.

A la noche de cada día el negro brota de la campiña y se extiende y se extiende hasta alcanzar la casa, y las manos, y el resto del cuerpo del hombre. El negro cansa la vista del hombre y su mirada parece en la noche un espejo de dos caras, que da la realidad a cada una de sus superficies, ignorando la otra por completo. El negro de los ojos para afuera impide al hombre salir de la realidad que anida en su calavera. Allí todo es de azul. Allí todo está roto, como una pequeña inmensa parte del montón de azulejos, en trozos sin intención desiguales.

Pasar toda la noche mirando el hombre de la casa del campo los trocitos azules de su interior le deja agotado para pasear durante el día de luz y de verde. Verde crudo como carne verde cubierta de baba de carne.

Hace mucho que no ve a nadie, el hombre, y como le cuesta tanto pasear tras la cadanoche, no sale a ver lo verde, ni siquiera a mirar el cielo, que le dicen que también es azul.

Porque dice y dice y dice y dice y dice que azul muy azul, como nunca pareció darse cuenta era su mar, y ya no la tiene aunque está, y piensa y piensa y piensa y piensa que el azul del cielo al que nunca llegará la casa ni quién en ella more, será miazul en otro, y en otr… como sucede con su mar tan rememorada que queda cada día tan lejana y más allá y atrás.

Cómo rompe otra baldosa, siguiendo separados, con la vista perdida en la pila.

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