¿Puedo? Es inevitable, es ley o algo así

Todos los pasos que he dado en toda mi vida me han depositado, al fin, en este banco. Parece un banco, pero es tan solo una recreación a la que todos los procesos de mi existencia han guiado hasta mi culo.

Todas las vivencias de esa sucia señora del kiosco han terminado en que dirija su mirada hacia mí, como si ello conllevase alguna trascendencia.

Todos los instintos de ese perro, viejo de tratos y maltrecho de vida, todos, le han conducido, como si ello me importara lo más mínimo, a mear junto al árbol de mi derecha.

Y todas no, pero algunas de las moscas que vuelan impulsadas por sus perfectos conversores de la luz del sol que decolora las superficies, se posan, al final de este tramo, en mis hombros, en mi pernera, con sus patitas peludas enmascaradas por los restos de otra caca que colonizaron hará menos de treinta segundos. Supongo.

Me tengo que levantar, si no nunca romperé este fin de trayecto y la agonía se apoderará de nuevo de mí, encajándose como pueda entre mis vísceras, rompiéndome las entrañas, cortándolas ansiosa mientras se preocupa tan sólo por capturarme como a un buen atún y sacarme del agua en la red, y de la red mientras me asfixio sin miramientos.

No simpatizo con personificar ni la agonía ni nada, pero así me incorporo antes.

Ahora, ya en movimiento, todo parece menos determinista, más caótico, no aleatorio sino caótico, un pensamiento inspirado por algo que seguro he leído en algún libro de divulgación. Matemáticas o física cuántica o fractales o la cuadratura de mis huevos.

El mundo es cuántico, si señor, un cuántico al amor y la paz, un cuantico cojonudo. El universo ya no gira a mi alrededor, estamos ambos más bien en movimiento conjunto, tenemos ambos cierto ramalazo a Relatividad Especial by Einstein otrora. A supercuerdas o de vez en cuando a supercerdas. Otra lectura con regusto a maratón cognitivo.

Ahora (digo ahora mismo, ya no) todos nos movemos inevitablemente y tal y como parece que debe ser, por fin. Bueno, quizá no tan absolutamente así, es como si notara a mi alrededor una cierta aceleración, una precipitación en los acontecimientos. Es curioso, antes el entorno me resultaba excesivamente promiscuo, todo se me iba enredando mientras sucedía, ahora ya no. Me siento de otro modo, quizá mejor, me siento un ser inmutable, más inmutable que la roca más dura que se me ocurra imaginar, más inmutable que el reflejo en un espejo del aire que respiro, y como si todo deviniera en sentido contrario al natural, como si devolviera o se defuera o vete tú a saber.

El paisano que pronto me cruzaré, por ejemplo, no me atrevería a predecir que me lo voy a cruzar en algún momento durante los próximos diez segundos, que sería lo normal, no lo más normal sino lo absolutamente normal, lo ineludiblemente normal. El tipo da la sensación de expandirse, ya digo, ilógicamente anormal, pero letalmente real. Juraría que toda su estructura se desmorona y vuelve –vuelve hacia una estrella, o a la nube de gas interestelar que la parió, billete de vuelta destino la Gran Explosión-.

Y aquel niño, con su globo. Y las tetas de su madre. Vaya mazas.

Ya no hay globo…

¿Qué está pasando? Mirándome las palmas de las manos juraría que no pasa nada, que nada sucede de lo que creo que sucede. Pero ahí fuera, al otro lado de mi puta calavera casi no queda nadie, ¡fuera de mí, quiero decir! Supongo que todo esto no se entiende. Supongo que yo no tengo la culpa aunque la verdad es que si así fuese me daría igual. Yo no puedo ser el causante y aunque tienda a creer que sí no puedo ser yo la causa, el espectador único, el ser supremo, el loco. Yo sólo puedo construir esto o lo otro para mí pero destruir… Tampoco puedo. Reflexión inconsciente.

Es que casi no veo ya ni las casas, todo estrambóticamente arrastrado por una incertidumbre incapaz de alterar mi clausura sensitiva. Y siento ausencia de dolores por la nostalgia de lo que no está y debería echar de menos. Menos mal, nada es más que algo. O así me lo parece aquí, ahora, en este caso.

Ya ni suelo ni blanco ni negro, ni alrededor, ni entorno, ni circunstancia ni gaitas; yo solo, sólo yo solo. Exclusivo pero obligado a ello. La dicha de la ignorancia en la que también pienso.

De pronto alguien me sacude y al ver que reacciono se dirige a mí con cierta violencia condescendiente, si eso puede ser posible, y me dice: perohombrededios quehace hombrededios quehace. Así, un par de veces. Mamarracho, no puedo evitar pensar. Y todo vuelve a estar en su sitio –lo primero en lo que me fijo es en las tetas de la madre del muchacho, vaya mazas, ya digo-.

¡Qué gracia! Al individuo que me mira mientras me increpa furibundo lo voy recomponiendo poco a poco, es un modo de hablar, un brazo por aquí una oreja por allá, y mi actitud, extraña para él que no puede echarle una ojeada a mis pensamientos ni de coña, hace que se quede apijotado mirándome cada vez más extrañado. Para mí su mirada es de por sí bastante extraña pues es la primera vez que lo veo en mi vida y yo tampoco poseo ninguna capacidad para saber lo que piensa.

Y le digo:

Yo devaneo me desmayo o me aturdo porque quiero y no lo hago como lo haces tú, que me parece comprender que eso es lo que pretendes.

Déjale, le dicen, que está como una puta cabra.

Déjame, le digo, que siga siendo yo.

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